Aquellos enfermos que recibían visitas


Ha llegado septiembre a mi ventana en forma de lluvias tibias y avance del gris. Un gris muy tenue que le da otra entidad a la piedra. Con el sol, el granito es capaz de tener varias caras a lo largo del día. He tenido tiempo de observarlo todas estas horas de confinamiento. A veces la fiebre no me dejaba otra opción que dejar la mirada detenida en la fachada de la iglesia, ver los destellos de la mica brillar aquí y allá y detenerme en los desperfectos de los bloques. ¿Serán originales o habrán surgido con el tiempo? Mi desperfecto se llama Covid, qué nombre más feo, tan científico, tan metálico, tan poco real. También yo me estoy convirtiendo en irreal después de tantos días encerrada, de tantos días sin piel. A veces me siento como un holograma a punto de desaparecer.

En otros tiempos los males permitían las visitas a los enfermos. Lo cuenta muy bien Vicente Valero en una bonita novela que leí en el anterior confinamiento, que no era personal y que me permitía paseos con la barra de pan bajo el brazo por los soportales de la ciudad desierta.

Aquellos Enfermos antiguos vivían en sombrías casas de la vieja Ibiza o en pisos de barrios marineros o en casas de campo donde había chocolate o limonada y adonde las visitas llegaban con caldo o macedonia de frutas, que valían para cualquier dolencia. Yo también recibo víveres y amor, pero se quedan más allá de la puerta. No sabía el autor hasta qué punto hablaba de tiempos que ya no existen.

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