Jordi Labanda: «Woody Allen le enseñó al hombre que lo que merece la pena es el cerebro de la mujer, ¿y os lo cargáis?»

El diseñador, autor del cartel de «Rifkin's Festival», se posiciona a favor del genio de Manhattan en el punto de mira

El ilustrador Jordi Labanda, autor  del cartel de la nueva película de Woody Allen
El ilustrador Jordi Labanda, autor del cartel de la nueva película de Woody Allen

El lujo tiene una levedad refrescante en sus viñetas, humor de colorines con clase, que sabe vestir. A Jordi Labanda, que le ha puesto el punto de glamour hasta a las mascarillas (echa un vistazo a su Instagram), Woody Allen digamos que lo fue a buscar a casa. «Me contactó Mediapro, la productora, diciéndome que si me interesaba hacer el cartel de esta película, que habían hablado con Woody Allen, que le habían hecho la propuesta de que hiciese yo el cartel ilustrado y todo estaba ok. Y que solo me faltaba decir sí o no...», cuenta Labanda, el retratista de los ambientes y la gente fashion, sobre esa invitación a ilustrar Rifkin's Festival

-¿Te lo pensaste o no?

-Bueno, me lo pensé un poquito, porque el tema candente con Woody Allen al final te acaba afectando. Te afecta la opinión pública. Me tomé un par de días para reflexionar... y luego me avergoncé de mí mismo por dudar.

-¿Por qué?

-Primero, porque uno tiene que hacer lo que dé la gana al margen del peso de la opinión pública, y en segundo lugar, porque en este caso, que es controvertido, la gente que se está posicionando en masa en contra adopta un posicionamiento cien por cien emocional, no se basa en ninguna prueba policial ni en nada. Por estos dos motivos dije un sí rotundo.

-Es difícil sustraerse al juicio de la opinión pública.

-Sí, hoy en día es que no te puedes salir del guion ni medio milímetro, porque la jauría se te echa encima, ¿no?

-Si no creyeses a Woody Allen, si hubiese pruebas o una sentencia en su contra, ¿aceptarías? ¿No es independiente el valor su cine de su vida y de su calidad como persona? 

-Es una pregunta complicada de responder. Aquí sí se impondría una reflexión más profunda. No lo sé...Pongo el caso de Michael Jackson. Siempre me ha chiflado su música y ahora no puedo escuchar sus canciones. 

-Yo puedo... con reservas.

-Ya, a mí me da grima. En el caso de Michael Jackson está constatado, hubo abusos. Pero el caso Woody Allen o te pones a favor o te pones en contra basado en lo que te dicta tu corazón más que tu conciencia. Woody Allen ha ganado dos juicios, las pruebas que había en su contra son evidencias a su favor; es decir, eran pruebas falsas.

-¿Has leído sus memorias, «A propósito de nada»?

-Sí, claro... Y lees sobre el entorno del que procede Mia Farrow y se te pone la piel de gallina. Solo un detalle: Mia Farrow viene de una estirpe de actores famosos de Hollywood. Su madre es Maureen O'Sullivan, la Jane de Tarzán. Me parece que eran cinco hermanos, y los cinco sufrieron abusos del padre. Eran dos chicas y tres chicos. De los tres chicos, dos se suicidaron y el otro a día de hoy está en la cárcel por pederastia...Cuando te enteras de este tipo de cosas, dices: «Hablemos, ¿no?». Y hay otro tipo de cosas que aparecen en el libro que son ciertas, porque están constatadas, y son escalofriantes. Sobre el nivel de perversidad que pudo alcanzar esa mujer... Vamos, yo me posiciono con él.

-¿Eres fan veterano de sus pelis, de la atmósfera de sus dramas irónicos, de neuras, de sus maridos y mujeres?

-Woody Allen es el constructor de nuestra intelectualidad, nuestra ironía urbana, nuestra manera de ser modernos, nuestra manera de enfrentarnos a los grandes problemas de la vida, que además son los mismos que él plantea en sus películas: el amor, la muerte, la trascendencia..., pero con humor y con esa intelectualidad «superficial» entre comillas. Lo que ha hecho Woody Allen por varias generaciones de humanos es impagable. 

-Ver sus películas era una manera de ir al psicoanalista.

-Sí, porque realmente en ellas ves dramatizadas movidas que le pasan a mucha gente, y que te pueden pasar a ti llevadas un poco al extremo o a la caricatura.

-En realidad, vistos de cerca, sin filtros, somos todos un poco caricaturescos, ¿no?

-Totalmente, y algo que me encanta es que él se ríe de su sombra. Sus memorias parece que están escritas por un tío de 30 años. Y dices: «¡Jolines, tiene casi 85!». Es que es un hombre que está lúcido y conectado con el mundo. Lo que haces interesa cuando estás conectado, con el pulso del mundo, con lo que hay detrás. 

-¿Con qué película suya te quedas?

-Con alguien que ha hecho casi 60 películas... es difícil. Pero, si me apuntas con una pistola, Manhattan es mi gran favorita. Luego tengo Hannah y sus hermanas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan, La rosa púrpura del Cairo... Match point no tanto, no entiendo la sublimación de esa película. Me parece bien, pero no la gran obra de Woody.  Todas sus películas son estéticamente una maravilla. También esas que tienen esa especie de... no sé... dejadez... Hasta esas son bonitas.

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo, Hannah y sus hermanas, donde todo es así como bohemio, como muy effortless, esa palabra que se utiliza tanto ahora. Ves que nada está forzado. A las feministas que tanto están cargando contra él, hay que recordarles lo que ha hecho Woody Allen por el movimiento de liberación de la mujer. 

-Su psicología y su lenguaje son más femeninos que muchas mujeres.

 -Por supuesto. Lo que ha hecho él por mostrar sobre todo una belleza femenina alejada del canon, intelectual... Le ha enseñado al hombre heterosexual que lo que merece la pena es el cerebro de la mujer. ¿Y os lo cargáis? Tú le preguntas a cualquier chica feminista de, no sé, de 30 o 40 años, si se ha sentido representada por Annie Hall, si te dice que no es mentira. Es ese referente de mujer inteligente, un poco neurótica, pero con cerebro. Es que, no sé, ahora es como si Woody Allen hubiese estado haciendo películas de despedidas de soltero en Las Vegas. 

"Si eres alguien que vive en una ciudad en el siglo XXI eres neurótico, es imposible no serlo"

-¿Te reconoces en su humor, sus neuras y su ironía?

 -Sí, 200 %. Al final, ¿quién no es un poco neurótico? Si eres una persona que vive en una ciudad a estas alturas del XXI eres neurótico, porque es imposible no serlo. Y más hoy en día, con el ruido de las redes y el uso descabellado de la tecnología, que acentúa la espiral del consumo. La competencia se inicia a una edad más temprana, en los colegios... Quien no sea un neurótico ¡que me lo diga! No te podría hablar de nadie que conozca que lo tenga todo impecable de verdad. Dime tú una persona que no tenga ni una gotera.

"He dejado de seguir a gente en redes porque estaba harto de su felicidad"

-Pero hay una tendencia a instagramear la vida, mucha gente luciendo de manera compulsiva lo que es, lo que tiene, sus aniversarios, a su pareja, a sus hijos, lo bien que lo pasan...

 -Eso precisamente es lo que me chirría. La gente que tiene esa necesidad de colgar su felicidad constantemente me provoca un poco de cosita. He dejado de seguir a gente a la que seguía porque estaba harto de su felicidad, pero no por envidia... sino porque me parece forzada. Yo tengo la vergüenza ajena muy desarrollada. Por ejemplo, cuando sigo a alguien que se hace demasiados selfis lo tengo que dejar de seguir, porque me da mucha vergüenza ajena. Y eso de que se ponga filtros, con esa actitud provocadora, sensual... dices: ¡no!

-Que el covid te ha inspirado lo ve quien te sigue en Instagram, en esas viñetas que le ponen el punto cool a mascarillas y pantallas. ¿Te pasó lo del helado, eso de llevarte el helado a la boca sin quitarte la mascarilla?

 -No me ha pasado a mí, pero fui testigo de ello, jajaja. El covid es un filón para sacarle punta humorística. Hay que echarle un poquito de ironía en la medida en que se puede. Al final, eso es reflexionar.

-¿Fuiste libre para crear el cartel de «Rifkin's Festival», te lo pusieron fácil?

 -Fue extremadamente fácil. Ojalá todos los proyectos fueran como este. Cuando dije que sí, hice un Zoom con Helen Robin, que es la mano derecha de Allen, su productora ejecutiva. Me dejaron, claro, ver la película y Helen me dijo: «A Woody le apetece que salgan cuatro protagonistas y que de fondo haya algo que indique que estamos en San Sebastián y que se vea atmósfera de festival». Hice un par de bocetos, se los envié ¡y a las dos horas me había contestado! Nada, a Woody le habían encantado y se quedaba con el que ha acabado siendo. Y ya está. Me puse a trabajar sin interferencias, punto. Tengo un poco de síndrome de Estocolmo, porque estás acostumbrado a que las cosas cuesten un poquito. Y en este caso, que es uno de los pináculos de mi carrera, que algo tan importante haya sido tan fácil y tan rápido es como... ¡joder! La gente cuando te encarga cosas suele marearte un montón...

-Igual no saben lo que quieren o lo que les gusta en realidad...

 -Eso también. Y en el caso de Woody Allen sabe tanto lo que quiere... Por eso dicen que en sus rodajes es todo «pin, pan». No repite escenas, va rápido porque él lo tiene clarísimo. Este hombre está acostumbrado a anticipar desde el principio cómo va a acabar un trabajo.

"El buen gusto es algo que no tiene nada que ver con el dinero, es una elegancia interna. Si lo apuestas todo a la estética, la cosa se tambalea"

-¿Qué es el buen gusto?

-Algo que no tiene nada que ver con el dinero. Es una elegancia interna, intelectual... de verdad. Es como que te guste lo que esté bien, no sé, jajaja. Pero abro un paréntesis: ¿quién es el juez que dictamina qué es buen gusto o mal gusto? A mí el exceso de buen gusto me parece mal gusto. 

-¿Lo mejor es, como dicen, enemigo de lo bueno?

-A mí me gusta ese punto medio de que parece que las cosas no cuestan esfuerzo, pero en realidad sí cuestan un gran esfuerzo. Veo gente, sobre todo de estas que salen en la televisión y en las revistas, que piensan que tienen un gusto exquisito y dan pena. Es gente que lo apuesta todo a la estética y a la apariencia y ahí las cosas se tambalean, ¿no? Tú puedes ver un rostro maravilloso pero también ves que debajo no hay inteligencia. Igual ese rostro sirve para vender una barra de labios, pero no te irías a cenar con esa persona. 

-¿Quién te parece hoy de lo más elegante? Puede ser un artista, o un político...

-Político no te diría ninguno. Me suele gustar la elegancia de la gente mayor. Al final, la gente mayor tiene claro de qué va la cosa.

-¿Alguien joven? ¿Bárbara Lennie, por ejemplo?

-Bárbara Lennie me parece maravillosa. La conocí personalmente y es tal cual. Tiene mucha magia. Pues mira... ¡ella! Es totalmente magnética, tú ahí ves inteligencia. Tiene una cualidad que no tienen todos los actores, tiene esa cosa que ves que es una estrella. Eso se tiene o no se tiene. Tiene aura. Hay algo en ella que te remite al cine clásico, algo esencial y sofisticado.

-¿Elena Anaya? Ya que está en «Rifkin's Festival»...

-Muy elegante. Elegante hasta cuando va a comprar el pan. La elegancia es eso, la gente que tiene un aura de estilo, de clase, hasta cuando sale a pasear al perro. Eso no lo puedes comprar. Michael Fassbender también me parece un tío muy elegante, su look es relajado aunque él sea un intenso. Lo interesante del estilo es eso, que la moda te importe tres pepinos. Es ahí cuando lo que llevas dentro sale. Si eres un fashion victim o un influencer, que estás todo el rato poniéndote la ropa que te envían... eso no me transmite nada. Creo que es una fórmula caducada.

-Pero es una fórmula que aún funciona, ¿no?

-Sí, y le queda rato, porque al final queremos alpiste para pasar el día.

-¿Nos va a gustar «Rifkin's Festival?

-Yo creo que sí, ¡espero que sí! Es una peli que encierra un secreto cinéfilo que si eres amante del cine te tiene que gustar. 

Cartel de «Rifkin's Festival», diseñado por Jordi Labanda
Cartel de «Rifkin's Festival», diseñado por Jordi Labanda

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