El verano sirve para comer sandías


Los veranos sirven para comer sandía y para tener conciencia de clase. En verano se marcan todas las diferencias, empezando por la piel. De mi memoria genética de siglos de campesinos de piel lechosa lista para quemarse en las eras, arrastro mi moreno excesivo de antebrazos y escote que me delatarían en cualquier yate a los que no me subo.

En aquel barrio de mi niñez, en cuanto llegaba julio los vecinos se iban a la casa de la playa con sus internas vestidas con su pichi de rayas. Se les llamaba “muchachas” sin ningún comedimiento. Me las imagino limpiando arenas todo el día y dándole exiguas meriendas a los niños que en otras estaciones solían acabar en nuestra casa para ver si mi abuela les daba un bocadillo de chorizo o de jamón en media barra de pan.

De pequeñitos mamá nos llevaba a la playa después de la siesta. Había dejado la casa impoluta y preparado avituallamiento para cuatro fieras. Para cuando llegábamos el sol declinaba sobre las Ons y los niños bien se retiraban a sus jardines. Una vez allí éramos felices. A veces venía papá al salir del taller a darse un baño o a jugar a la pelota con nosotros. Pero la infancia y el verano son efímeros, supongo que en algún momento se cansó de llevarnos o nos cansamos nosotros de ser niños y los días estivales se convirtieron en horas pastosas como refrescos calientes que nadie quiere beber.

Quizás en alguna de aquellas tardes tediosas descubrí los libros que me liberaban del aburrimiento y que ahora me liberan de la realidad.

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