Starnone nos propone un juego simple y complejo

La nueva novela de Starnone invita a reflexionar sobre la vejez, la creación artística o la complejidad y la dureza de la vida en pareja, de la vida en familia.


Un viejo cascarrabias y un niño sabelotodo se disponen a pasar 72 horas solos en el piso familiar de Nápoles mientras los padres del pequeño acuden a un congreso. Esta es la trama principal de El juego, la última novela del magnífico Domenico Starnone. Un escritor que se ha visto vinculado al nombre de la enigmática Elena Ferrante al insinuar algunos que es su mujer la que se esconde tras el seudónimo, o que incluso es él mismo o el matrimonio a dúo.

En cualquier caso, y dejando a un lado esta polémica que le persigue muy a su pesar, Starnone nos trae un cuento simple, tierno y divertido, aunque también algo angustioso (se intuye una tragedia), que esconde hilos subterráneos que nos harán reflexionar sobre la vejez, la creación artística o la complejidad y dureza de la vida en pareja, de la vida de familia. Regresa el autor a ese universo de lazos familiares, que tan bien retrató en Ataduras, para sacar a la luz su faceta más competitiva y absurda.

Pero si eso no fuera suficiente, Starnone nos invita a hacer una tercera inmersión en el relato con un componente metaliterario. El abuelo es un ilustrador afamado en horas bajas al que le han encargado unos dibujos para una nueva edición del libro El rincón feliz, de Henry James. Un cuento corto que plantea el regreso a la casa de la infancia (para encontrarla en ruinas) y la posibilidad de haber vivido la vida de diferente forma. Una historia que se entremezcla con la del abuelo y el nieto de forma sutil: «Yo había querido ser más que aquel espacio donde me había criado, había buscado la aceptación del mundo. Y ahora que me encontraba en el final y hacía balance, no soportaba que se me viera como un hombrecito histérico», dice el anciano que guarda con el niño una relación cargada de tensión. «¿En qué se convertirá este niño en esta ciudad? ¿Todo su "déjame a mí, ya lo sé hacer yo" a los cuatro años se transformará en una vacía exhibición de nociones fútiles, en destrezas inexistentes, en unas ganas agrias de revancha, en fanfarronería? ¿Cuándo dejé yo de decirme que era genial, de considerar cuanto hacía como una proeza? Tarde, creo.», dice.

Un juego para dos que engancha desde las primeras páginas. Un libro corto al que se vuelve con placer. ¿Jugamos?

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