La rareza de los tiempos


Con la nueva normalidad los aviones están semivacíos y están más fríos que nunca y parece que solo los solitarios se atreven a ir a algún lugar lejano. Resultamos un poco tristes, uno en cada fila en medio de un silencio de motores y tal vez de miedos, quizás pensando en necesidades o en caprichos o en viajes que son huidas o esperanzas o intermedios de la vida. Delante de mí, a varios metros, iba una pareja de ancianos. El esfuerzo de caminar hasta el aparato y subir la escalerilla le hizo perder el aliento al señor. Lo vi sentarse un instante para recuperar el resuello antes de alcanzar su asiento. Hablaban italiano y me pregunté qué hacían tan lejos de su país y cómo habrían pasado estos meses de cuarentena. Y por qué. Siempre hay un porqué detrás de cada uno. Bueno, seguramente hay miles, pero uno que nunca conseguimos resolver.

La luz es tan blanca y tan potente que parece que me van a practicar una operación a corazón abierto. Si lo hicieran encontrarían un batiburrillo de dudas e inconstancias. Debo estar sobre los Monegros y quizás debería estar despertándome en mi cama escuchando el ulular de la lechuza que anida en el tejado de la iglesia de Salomé y no viajando hacia el este.

Al descender, veo los restos del imperio y las cúpulas de mil iglesias y los edificios de las barriadas donde quizás está viviendo una infancia triste la nueva Elsa Morante.

Al tomar tierra siento el calor del verano romano y la rareza de los tiempos. Y las lágrimas en los ojos de aquel hombre.

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