Kiko Veneno: «No quiero ser una vieja gloria medalleada»

Atento a todo y de vuelta de nada. Como un guerrillero hiperactivo, llega para actuar el sábado en Vigo y el domingo en Vilagarcía

Kiko Veneno actúa en Vigo y Vilagarcía este fin de semana
Kiko Veneno actúa en Vigo y Vilagarcía este fin de semana

No, no es la osadía un pecado de juventud. Hace ya tiempo que Kiko Veneno (Figueres, 1952) peina canas. Desde que aquel icónico mechón de su cabellera decidió expandirse. Pero no por ello ha perdido un ápice de arrojo. Al contrario. Quizá sea hoy más valiente que nunca. Tanto o más incluso que cuando en 1977 revolucionó al unísono el mundo del rock y del flamenco con la publicación de Veneno. Entonces tenía 25 años. Hoy, con 68, viene de firmar un trabajo, Sombrero roto, con el que de nuevo ha pillado a contrapié a quienes creían intuir su destino y que le valió el reconocimiento como mejor disco del 2019 por parte de la ya extinta pero siempre influyente Rockdelux.

Pero no es la música la única trinchera de este locuaz e impenitente guerrillero, adalid de la cultura y azote del capital. Da Kiko Veneno rienda suelta en cuanto tiene ocasión a sus inquietudes políticas y sociales, cimentadas en un profundo conocimiento de la historia. Hasta el punto de que en ocasiones resulta complicado hablar precisamente de música. Es él quien determina los giros de la conversación. «Supongo que habrá muchos gallegos orgullosos de que el rey se haya despedido de España desde Galicia», sacude nada más saludar.

­-¿Por qué lo dice? ¿Cree acaso que Galicia es más monárquica que otras regiones de España?

-Galicia ha sido monárquica como lo era España en 1868, cuando se exilió Isabel II, la tatarabuela del rey, o como cuando se exilió Alfonso XIII en 1931. Lo que espero es que a partir de esta situación los gallegos y los españoles vean la monarquía de otra forma. Claro que si hubiesen estudiado la historia ya lo habrían visto con claridad desde hace tiempo.

-¿Usted se ha tomado la salida del rey con indignación o con humor?

-Yo con indignación. A mí no me hacen gracia las guerras civiles ni que se robe mi dinero. Lo que desde Fernando VII viene haciendo la monarquía para hundir España, para desfavorecer a las clases más pobres, no tiene nombre. No, no, yo estoy súper indignado. Me duele mucho que España, siendo un país tan alegre, tan vitalista y tan creativo como somos, políticamente seamos tan poco consistentes, tan sumisos, tan… ¿Como diría yo?... ¡Tan flojos!

-Galicia, que tradicionalmente ha sido conservadora...

-Perdona que te interrumpa. Ese conservadurismo gallego lo pondría yo en solfa. Es verdad que hay una red clientelar que viene un poco del feudalismo, de la ayuda mutua, de la aldea. Pero no es el conservadurismo de los grandes terratenientes de Andalucía. Es un conservadurismo que tiene un carácter más amigable, más familiar. Y hay otra cosa que también desdice eso. Tú cuando vas a Galicia ves que la gente es muy receptiva, amable con los visitantes. Esa bonhomía es un valor muy bonito, tío. Habla de un pueblo abierto y acogedor.

-Lo que le quería decir era que Galicia había sido conservadora en lo musical, pero que, sin embargo, ahora mismo están surgiendo experiencias muy rompedoras, y lo están haciendo desde la raíz.

-Ah sí, es cierto. Hay muchas cosas que se están haciendo en Galicia que me gustan. Baiuca, Marcelo Dobode, Novedades Carminha también. Pero es que no se puede renovar nada si no se conoce la tradición. Puede parecer una tontería que yo lo diga a estas alturas, pero es que padecemos de una incuria y una decadencia cultural tan grande que aún hay gente que no lo sabe. Para ser progresista hay que ser también conservador. Hay cosas de las tradiciones que hay que saber conservar porque son muy buenas, coño. Cuando Bob Dylan empieza a romper los esquemas del folk se sabía los repertorios antiguos del blues y del rock al pie de la letra. Y Camarón pudo renovar porque conocía el flamenco, en su historia y en su evolución, extraordinariamente bien. Si no nos agarramos al conocimiento de la música tradicional no tenemos ninguna capacidad para evolucionar hacia ninguna parte.

-A usted el rupturismo no le ha ido mal. Ni hace cuatro décadas ni hace un año. «Sombrero roto» fue elegido el mejor disco español del 2019.

-Sí, el disco era una apuesta arriesgada, pero meditada. Yo quería hacer exactamente eso. Un disco contemporáneo que dejara ver mis influencias de la tradición y de las cosas que me gustan: el flamenco, el rock and roll y todo eso, pero llevarlo a sonidos más actuales. La apuesta me ha salido bien y he podido dar un disco para que la gente lo celebre. No quiero ser una vieja gloria medalleada. Quiero seguir haciendo música y emocionando a la gente. Y no solamente a la de mi generación, a la que le gustó Veneno. También quiero llegar a la gente joven de ahora. Veras tú, para mí lo bonito de la tele es que yo la veía cuando chico y en el mismo programa podían salir Gilbert Becaud, Peret y Los Brincos. Y los veía todo el mundo. Eso unificaba los criterios. A mí tener una música para toda la familia siempre me ha parecido una cosa muy bonita. Ahora ese consenso se ha roto. Las nuevas sonoridades echan mucho para atrás a la gente que se ha criado con otro tipo de música. Y lo entiendo.

"La música de Fórmula V, de Los Brincos o de Mecano no era tan infantil como la de ahora"

—Pero usted siempre ha tenido la mente abierta a los nuevos caminos sonoros.

—Mira, a mí me parece muy bien que haya gente que escuche Rock FM como única emisora y que lo único que le guste sea AC/DC. Y no lo digo con ironía. Yo cuando estaba en Conil de la Frontera veía a mucha gente que no escuchaba a Camarón ni nada de flamenco moderno. Escuchaban a Caracol y a La Niña de los Peines, que era con lo que habían crecido, y me parece muy comprensible. Yo quiero entender a todo el mundo.

—Sin embargo, ha dicho que la música actual es muy infantil. ¿A qué se refiere?

—Totalmente infantil. Tú pon la radio y escucha las melodías. Son tres notas, con un mimoserío tremendo y con una voz de champú totalmente manipulada por la tecnología. Una voz que no expresa absolutamente nada. Es una máquina, un robot cantando. Es una música para trabajar los elementos sentimentales más básicos e infantiles. Te estoy hablando de niños, pero niños con poco gusto, vamos. Es un paso atrás enorme en la música. La música de Fórmula V, de Los Brincos o de Mecano no era tan infantil, coño.

—En su último disco hay mucha tecnología.

—Sí, pero está integrada de una forma natural. Yo toco la guitarra, disparo la maquinita y lo junto. Lo que no me gusta es la música solo de máquinas. Pero mezclar eso con mi rollo de cantautor, mi rollo flamenco y mi rollo de rock and roll sí me parece oportuno e interesante.

—¿«Sombrero roto» ha sido una excentricidad puntual o tendrá continuidad?

—No, no, para nada es una excentricidad. Es más, con cuatro canciones que me habían quedado sin terminar y otras cinco o seis que le he añadido, durante el confinamiento he hecho otro disco que va en la misma dirección. No quiero abandonar todavía la sonoridad y el estilo de Sombrero roto. Me costó mucho hacer algo así, no quiero pasar página tan pronto.

—¿Qué hay de aquel proyecto de grabar un disco de flamenco con Refree?

—Sigue en pie. Lo que no tiene es una fecha, ni sabemos cuándo vamos a poder llevar eso adelante. Pero mira, hablando de este tema, en este disco nuevo tengo dos o tres cosas muy flamencas. Muy de máquinas pero basado en la tradición, los ritmos y las melodías flamencas.

—¿Cómo está llevando las canciones «electrónicas» de «Sombrero roto» a estos directos acústicos?

—Hay diferencias pero yo no te las sabría explicar. No son exactamente iguales. Pero es que ya no hacemos las canciones como las hacía yo antes cuando hacía acústicos. No llevamos ninguna máquina, ni falta que nos hace, pero de alguna forma el espíritu de las canciones se mantiene. Las llevamos al terreno de donde vienen.

—¿Canta «Hay gente», la canción que publicó durante el confinamiento, en estos directos?

—Sí, desde luego. Es una canción muy pertinente. Que para la gente que no sea muy avezada en el vocabulario español, le diré que es lo contrario de impertinente.

—Qué bonito eso de dedicar esa canción a la gente que «no necesita andar presumiendo permanentemente».

—Es que esa cultura, o mejor dicho, esa incultura de los influencers parece que es la que se nos está imponiendo. Eso y el miedo que nos tratan de inculcar constantemente.

—¿Cree que, más allá del evidente y gravísimo problema sanitario, hay en esta situación que estamos viviendo algo de esa imposición del miedo?

—No, yo no lo llevaría ahí. La imposición del miedo tiene que ver con el capitalismo financiero que lo controla todo pero que dice que no hay que controlar nada. En España vivimos en un sistema capitalista pero muy deudor del feudalismo, de la trapacería y del latrocinio. El miedo es el primo de la ignorancia. Primero hay que inculturizar a la gente, hay que llevarla al gimnasio en vez de al sindicato o a la biblioteca, hay que llevarla al centro comercial en vez de a la tienda de su vecino. Así empieza a crearse una capa social amedrentada e ignorante. Una capa social que acepta que haya fútbol cinco días a la semana. Y que encima, apuesta. El miedo es a pronunciar la gran palabra. Porque la gran palabra ya no es comunismo, ni revolución, ni robo. Eso ya lo tenemos superado.

—¿Cuál es entonces la gran palabra?

—El miedo es ahora al decrecimiento. El capitalismo es un monstruo que se basa exclusivamente en el crecimiento, en el mito de que con más dinero siempre podemos ir a mejor. Y eso lo que está haciendo es acabar con la vida en el planeta. No con la de la especie humana, que me importa un carajo. Hablo del conjunto del planeta. Yo creo que hay otras maneras de crecer. Crecer en felicidad, en hermanamiento. Pero a costa de producir menos, de ensuciar menos, de necesitar menos.

—¿Sigue entonces enamorado de la vida a pesar de que tantas veces duela?

—Claro, por dios. Si es que, aunque nos la estemos cargando, es lo único que tenemos. 

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