Por los últimos románticos


Esta mañana el mar parece un vestido de lentejuelas. Las gaviotas han tomado la playa, pasean tranquilas, incluso nadan, como si supieran que hoy es domingo y los barcos no vendrán con sus manjares. Las mareas siguen siendo muy vivas, la de anoche casi ha alcanzado el paseo. Bueno, aquí no hay paseo, aquí los coches campan a sus anchas. El progreso al estilo pontevedrés no ha llegado a este pueblo de mar y campanario.

El marinero del Bounty ha llegado con su amigo y sus bicicletas. Toman café, unos flojos. Mi tormentito salta del muro a la arena, con esa terquedad que le confiere a los niños la capacidad de repetir mil veces la misma escena. Está sola. Siempre llegamos con prisa, como esas nubes que corren empujadas por el viento que nunca falta a su cita en este lugar.

Estoy dispuesta a pasarme la mañana en este bar. Vivo el día de la marmota. Lo único que cambia es la novela que leo. Me gustaría robarle el título. Es más fácil eso que copiarle el estilo a Txani Rodríguez y construir un personaje como Irune, que no sabes si te hace reír o te hace llorar, que es lo que suele pasar con las cosas que te gustan mucho. Ni siquiera hace falta entenderlas.

Una mascarilla levanta el vuelo. Parece un pájaro azul algo torpe. La veo elevarse hasta quedarse enganchada en la rama de una palmera.

Irune tiene orfandad, sentido del humor y un trastorno obsesivo compulsivo que le hace preferir el orden sobre todas las cosas. Me cae tan bien que me cuesta comprender su soledad.

Mi padre tampoco entiende este afán de construir un relato nostálgico sobre mí. Me ha reñido por mi mirada triste, que a fuerza de repetirse parece esconder una verdad más allá de la verdad estética. Le he asegurado que mi personaje no soy yo, ni cuando escribo cartas de amor ni cuando soy una señora de provincias que besa a desconocidos en los bares. La literatura y la vida son un continuo fingimiento.

Lola viene. Me sugiere que abramos un cine aquí. O una librería. Vale, le digo, se llamará Los últimos románticos.

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