Celso Castro: «Cuanto más puritano es el mundo, más pornografía hay»

El autor coruñés de las minúsculas vuelve a mostrar en «las brujas» una voz sensible que dispara contra la hipocresía literaria y social

El autor Celso Castro, autor de la novela «las brujas», en el 2017, en un parque infantil de A Coruña
El autor Celso Castro, autor de la novela «las brujas», en el 2017, en un parque infantil de A Coruña

Celso Castro (A Coruña, 4 de agosto de 1962) no abandona su ciudad ni pierde la voz, esa voz sensible y rebelde que suena en el cerco de beatrice (Ediciones del viento, 2007) o el afinador de habitaciones (Libros del Silencio, 2010), una forma de hablar que con los años ha seguido manteniéndose fiel a la intensidad de sus minúsculas y a su falta de cortesía con las pautas del rebaño social. «No hay nada más aburrido que las normas sociales, y ese horror absoluto al silencio», escribe en las brujas (página 98, Destino), una queimada con heridas familiares, deseos, amor, visiones y una sensibilidad difícil de clasificar. Hacer una novela tiene su edad, ¿saben? «Puedes leer a un poeta de 19 años, como Rimbaud, pero un novelista de 19 años no existe. El más joven, que yo conozca, era Raymond Radiguet», cuenta.

­-¿No hay novelistas de 20?

-No es lo normal... Lo normal es que un poeta sobre los 20 años sea un cañón, porque tienen toda esa exaltación... se comen el mundo. Pero una novela necesita experiencia. Mi salto fue así. Cuando me dije por primera vez: «Voy a escribir una novela; tenía 28 años». ¡Y fue un desastre! Yo creo que la acabé a los treinta y muchos... No te puedes imaginar el tiempo que me llevó escribir una novela de cien páginas. Esa distancia... tienes que acostumbrarte. Como una maratón, ¿sabes?

­-¿Una novela es una maratón?

-Exactamente igual. Tú pones a un corredor de cien metros, y ves que son muy altos y tienen unos brazos potentes... Tiran de la zancada, necesitan brazos fuertes. Y, en cambio, ves a los de maratón y son todos escuchimizados. Atletas enormes cuando llegan a los diez kilómetros se derrotan. Pasa lo mismo en literatura.

­-¿Es la narrativa un trabajo más duro?

-Yo nunca utilizo esa palabra, trabajo. Tengo fobia al trabajo. Me parece una condena, y me parece increíble que una especie capaz de ir a la Luna y a Marte esté condenada a la esclavitud... Ves los gorriones y andan por aquí y allá, pipipipí. Nosotros... no me entra en la cabeza tanta tecnología para trabajar tanto. ¿Por qué?

­-¿No somos libres?

-Nada libres, no solo en el pensamiento. Ya no me refiero a cuando eres un ideólogo, y tienes tu ideología, sea de izquierdas o de derechas...

-Inevitablemente, eres de algún lado...

-¿Y si no quieres?

-Quizá uno lucha entre hacerse nidos y defender su libertad.

-Pero si te metes en el grupo no eres libre. Fuera del grupo, lo puedes pasar fatal, tener problemas, pero dentro del grupo no eres libre ni de pensar. Dentro de la sociedad todos tenemos una cadena parecida, más o menos. Y luego hay un problema en España, que es el autoritarismo. Somos muy autoritarios.

-Y además uno quiere siempre que lo acepten, que lo quieran, ¿no?

-Y ahí encuentras todavía más problema. Tienes que ser riquiño, ¿no? Lo que pasa es que ser riquiño es peligroso, porque pueden pedirte cosas y acabas cediendo a lo que no te gusta, sin decir que no.

-¿Escribe como habla, igual que siente? Tiene esa frescura emocional...

-Me llegó a pasar... A veces en una cena, con unas copas, acababa hablando como mi narrador. Hace tiempo... Me quedaba cortado. Ahora estoy escribiendo un narrador distinto a los anteriores, es el hijo de los otros. Yo empleo lenguaje poético, periodístico, moralista, filosófico, una mezcla. Un párrafo es muy poético, otro está imitando el lenguaje periodístico, otro imita al filosófico que podía utilizar Séneca o Marco Aurelio.... Hay muchos lenguajes y están muy entremezclados.

-Y afinado. Hay una armonía en el tono.

-La literatura es una especie de cadencia entre párrafos, y tienes que ir siempre como modulando. A veces, mis párrafos son como una caricia, y esa caricia acaba como en un tono irónico, en un pellizco.

-O en una bofetada...

-O en una bofetada, porque no me gusta que se duerma la gente, ¿sabes? A veces hago al revés. A veces es una cosa muy dramática, terrible, y acabo con una ironía. Me gustan las vueltas, me gusta que no me controles...

-En «las brujas» encuentro poco humor.

-Las brujas se mete en sitios muy duros, sórdidos, ¿no?

-Y el final te deja helada.

-... Lo siento, lo siento mucho, jajaja.

-En sus novelas, un adolescente ahonda en una herida, gira en torno a un vacío interior que no se cura, que parece imposible de llenar.

—Es muy difícil. Yo tenía una frase..., pensaba que iba a acabar la novela con esa frase. Me dije: «Este va a ser el final». Pero nunca es el final, ¿sabes? En la página 186 de las brujas hay un diálogo que es el quid, es el deseo de normalidad que sienten los personajes...­

—Ser normal es un deseo muy común, sobre todo de pequeños.

—De pequeños, completamente. Y tus hijos, si mañana salieses a la calle con un aspecto extravagante, con una ropa llamativa, se avergonzarían.

­—Su literatura es diferente, completamente anómala.

—Completamente. Está buscado... Esta novela empieza atacando al lector.

«No tengo lectores, tengo escuchadores, que no es lo mismo que oyentes»

­—Como lectores, nos hace sentir incómodos; el narrador nos vigila, nos sacude. ¿Al escribir, con quién habla?, ¿consigo mismo o con otro?

—Yo hablo con alguien, pero podría entenderse como la voz de un alcohólico. En realidad, hablo a la persona que me escucha. No tengo lectores, tengo escuchadores. Los oyentes son otra cosa. El escuchador es el que escucha; el oyente, oye. Tú puedes oír como quien oye llover... Esa voz que uso tiene que hacerse física, y para hacerse física tienes que entender psicológicamente al narrador. No es que el narrador se explique a sí mismo, sino que él con sus dudas, sus cambios, sus puntos suspensivos, te va marcando pautas de cómo es. No estás leyendo un escrito de un escritor, estás oyendo una voz. ¿Tú sabes que cuando leemos escuchamos una voz? Tienes una voz interior. Yo quiero entrar ahí, y que esa voz interior sea la del narrador.

«En literatura, hay una ola de buenos sentimientos que me repugna porque es hipócrita»

—Su tratamiento del amor, de la dependencia de otros, de la familia, es crudo, violento, pero se parece a lo que ocurre en las relaciones y no se puede contar.

—Yo trato de entrar ahí. Todos los escritores dan una imagen de sí mismos. Es lo que busca un escritor: dar una imagen, ser una persona solvente, ecuánime. Yo estoy en el otro extremo. Sigo a Flaubert y a Joyce cuando dicen que el escritor debe estar a un lado, como limándose las uñas, que no debe entrometerse. Y es justo lo que ahora hace todo el mundo: entrometerse en la novela, dar una imagen de sí mismos y ser beligerantes con algo que a nadie le importa. Hay una ola de buenos sentimientos que me repugna, porque es muy hipócrita.

—Pero la hipocresía nos va salvando, ¿no?

—Dostoyevski escribe Crimen y castigo, y Raskólnikov se carga a dos personas al comienzo... ¡Hay que entrar ahí! Comprender eso. No puedes ser un narrador de estos buenistas de ahora y juzgar moralmente a tu narrador. La novela tiene que ir, hay que dejarla fluir. Yo nunca sé lo que voy a escribir en la siguiente página. Así debe ser, si la novela decide ir a otra parte, lo que tenías pensado se acabó. Yo hago algo muy difícil, trato de apartarme a un lado y a la vez de escribir en primera persona. Tengo que escribir fuera y, al mismo tiempo, estar involucrado en la psicología del narrador, que está incómodo en el mundo. A mí el mundo nunca me gustó, desde los 10 años... Y sigo pensando lo mismo. Yo me caigo del mundo.

—Las mujeres son los personajes más fuertes en sus novelas.

—El narrador hombrea en el vacío, pero ellas son los personajes fuertes.

—¿Somos diferentes hombres y mujeres en la intensidad, en la sensibilidad?

—Creo que no. Las mujeres son tan insensibles como los hombres. Yo soy una voz muy femenina. Los hombres suelen ser punzantes, y las mujeres más crueles, tienen una crueldad en lo doméstico... Fue algo que yo asimilé también. En España la sensibilidad está mal vista, parece una debilidad. Si eres sensible, ¡que sea lo más rudo posible!; tipo John Wayne. La sensibilidad en España está desterrada. Los hombres la tienen desterrada porque serían unas nenazas y las mujeres porque serían... mujeres. Las dos cosas. Hay un mundo en el que no hemos podido entrar... Un poco Pérez Galdós. Pero piensa en el comienzo de En busca del tiempo perdido, eso no lo escribiría un español jamás, ni una española; se avergonzaría. ¿Qué escritor español escribiría sylvia? Nadie se atrevería a mostrarse tan desvalido. Quiero que la gente viva mis novelas, que las sienta. Leer no es nada.

—¿La literatura debe provocar? En el fondo, nos gusta ver eso mismo que rechazamos, lo que no se debería...

—A la gente le encanta la incorrección. Y cuanto más encorsetada está, más le gusta. Cuanto más puritano es el mundo, más pornografía hay.

—¿De la herida de su narrador nace su valentía, el valor de decir las cosas?

—Creo que la valentía le viene de que no tiene familia. No tiene vínculos familiares, y le da igual herir a quien sea. Él está desbordado por la falta de amor, pero esa falta de vínculos también te libera.

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