Rozalén: «Cada vez que me pasa algo bueno, yo pido perdón»

Confiesa que cuando mira hacia adentro por fin le gusta lo que ve. A su público hace tiempo que le cautiva. Y de qué manera. Acaba de publicar «Ese tren», adelanto de su nuevo disco que estará, dice, lleno de mimos, y en el que antepone lo individual frente a lo colectivo


Lo suyo es pura química sentimental. Reformulada en una descomunal capacidad de empatía que se permite adornar con una pátina poética no exenta de compromisos. Personales y colectivos. Dio muestra de ello durante el confinamiento con ese, a la vez, tierno y descarnado estriptís emocional que fue Aves enjauladas. Y reincide ahora con la vitalista Ese tren, una suerte de carpe diem que cabalga entre abrazos, ilusiones y horizontes infinitos.

—«Sube a este tren. Hay paisajes que solo verás una vez», canta en la canción que sirve de adelanto de su nuevo disco.

—Claro. Es que hay que quitarse el miedo a atreverse y a equivocarse. Siempre se está tiempo de dar un pasito atrás y volver al punto de inicio. Y no pasa nada.

—Ese «bendito error» del que habla también en ese tema.

—Es que a mí han sido los errores quienes me han hecho mejor. Los que me han hecho aprender. Y mira que estudié cosas: psicología, musicoterapia… Pero toda esa teoría la he interiorizado cada vez que he metido la pata.

—¿Hay algún error del que se arrepienta?

—Ahora, que se me ha pasado por la cabeza que podría perderlos, me estoy arrepintiendo de no haber pasado más tiempo con mis padres. Pero si volviese atrás y me pasaran las mismas cosas, seguro que volvería a hacer lo mismo. Soy así de boba.

—Anuncia ese nuevo disco para otoño, ¿tendrá un hilo conductor, como el anterior?

—Sí, el autocuidado. Esta vez hablo más de lo individual que de lo colectivo. De mí antes que de los demás. Creo que eso algo que todos deberíamos hacer. Antes de juzgar deberíamos mirarnos a nosotros mismos. Hablar desde la barrera o desde la barra de un bar es muy fácil, pero luego nadie se pone en la piel de nadie. Y deberíamos.

—¿Y qué ha visto mirando hacia adentro?

—Que soy muy obsesiva. Y que a veces mi cabeza es mi mayor enemiga. En estos últimos años ha habido momentos en los que me he preocupado porque no tenía ganas de sonreír. Me pedían una foto y en lugar de sonreír me entraban ganas de llorar. Y fue por agotamiento físico y mental. Tengo que aprender a descansar y a decir que no. Ojalá eso me lo pudiera quitar. Y disfrutar más de todo. Imagínate que todo se parase, que todos nos quitásemos las mochilas y que fuésemos libres hasta de nosotros mismos.

—¿Aún lleva consigo muchas mochilas?

—Cada vez tengo más. Hay algunas de las que espero estarme desprendiendo definitivamente. Por ejemplo, de la de la culpa. Es que cada vez que me pasa algo bueno, sobre todo en el trabajo, yo pido perdón. Y luego digo «joder, pero si es que soy una curranta y si tengo un talento natural, que es una voz parecida a la de mi madre, ¿por qué tengo que estar pidiendo perdón?». Pero me siento culpable de que me vaya bien. No lo puedo evitar. Y también me pesa mucho la responsabilidad con las canciones. He escuchado de mí cosas como que soy activista social o que hago himnos, utilizan mis canciones en los colegios… Y entonces digo, «ostras, ¿y ahora entonces qué van a esperar de mí? ¡Qué presión!». Para mí supone una carga tremenda. Pero a lo mejor si no sintiese esa carga no me metería tanta caña a la hora de trabajar. Eso a mí me pone.

—«Cuando vuelva a levantarse el telón, recuerda siempre la lección y este será un mundo mejor», decía en «Aves enjauladas». Ahora que ya se empezado a levantar ese telón, ¿cree que estamos recordando la lección?

—No, ahora ya no lo creo. Al principio sí pensaba que esto nos iba a hacer mejores pero he comprobado que a quien lleva el veneno dentro, le sale, igual ahora que antes. El que vive envenenado, da igual lo que pase. Y encima ahora como hay más vulnerabilidad la gente como que está más cabreada. Y yo quiero ser positiva, eh! Porque soy consciente de que la bondad es mayoritaria. Pero es que hay gente a la que ni una pandemia hace buena.

—Dice también en esa canción que ya nadie se atreverá a burlar lo importante. ¿Eso lo mantiene?

—Pues mira, ahí ya soy más positiva. Creo de verdad que la sanidad pública o una educación pública de calidad va a ser difícil cuestionarlas después de esto.

—La cultura nos salvó la vida durante el confinamiento. ¿Están siendo los gobiernos injustos con el mundo de la cultura?

—Sí que esperábamos un poco más de mimos, sí. Claro, es que para ser generosos o solidarios la cultura está siempre ahí, la primera. Y efectivamente el sector cultural ha sido un salvavidas para mucha gente durante el confinamiento. ¿Qué habría sido de nosotros sin entretenimiento? Estoy segura de que también se habría muerto gente, pero de tristeza. Por eso el no ver ahora una reacción por parte de los gobiernos a mí sí que me ha sorprendido. Pero bueno, por lo menos ahora veo un poco de luz al final del túnel porque parece que algún concierto va a haber. Y eso me tranquiliza. Porque yo siento mucha responsabilidad por mi equipo. A ver, hay que ser honesta, yo las espaldas las tengo cubiertas, pero estoy muy preocupada porque hay 30 familias que comen de nuestra gira. Y si no hay conciertos, ¿qué pasa con toda esa gente? Te prometo que eso no me deja dormir.

«El único lugar donde tengo clarísimo que voy a ir este verano es al Náutico de San Vicente»

—¿Qué placeres ha descubierto durante el confinamiento?

—Más que descubrirlos, los he redescubierto. Me he hinchado a leer, he vuelto a cocinar... Vivo en el campo y tengo una huerta espléndida. Y estoy disfrutando mucho de los animales. De mi perro, de mi gata. Y por primera vez he visto crecer a unos polluelos en una caja nido que tenemos en un árbol… Han sido placeres muy como de niña.

—Le he escuchado decir que ha aprendido a disfrutar de la tristeza.

—Es que la tristeza me lleva a escribir las cosas que más me gustan. La melancolía, la nostalgia, son sentimientos que a mí me conectan con cosas que me encantan. Mira que yo siempre estoy arribita. Pero si de repente un día me entra la melancolía, me lo permito porque al final eso significa que he sido feliz. Y yo que soy muy llorona, pues también me lo gozo.

—Y la pereza, ¿se la concede?

—¡Uy! Yo antes si me tiraba un día sin hacer nada, me comía la culpa. Pensaba «no estoy siendo productiva, esto no puede ser, estoy perdiendo el tiempo». Y esta vez, si me levantaba algún día así tristona, sí que me he permitido tirarme en el sofá, no hacer nada y hasta jugar con algún juego en el ordenador. Que yo, en la vida.

—Su versión junto a Perales de «Por qué te vas» en «Un país para escucharlo» me parece uno de los momentazos musicales del año.

—Es que no veas que bonico es Perales. Y cómo me trató. Es un cielo. No sé qué habré hecho en otra vida para merecerme eso. Cantar esa canción con José Luis Perales y Ariel Rot en el Parador de Cuenca… ¡Buah! Ya me puedo morir ya.

—¿Cómo es su relación con la muerte?

—Estoy hablando muchísimo últimamente de la muerte. Imagino muchas veces cómo será mi funeral. Me fascina. La muerte la tengo siempre presente. Y a mis ancestros y antepasados también. Para mí es como si no hubieran muerto de la cantidad de veces que los nombro.

—Hace un par de semanas perdimos a Pau Donés, ¿lo llegó a conocer?

—¡Qué penita! Yo es que canto canciones de Jarabe de Palo desde que toco la guitarra. Lo conocí hasta hace un par de años, que coincidimos en un evento. Me acerqué a él y le dije «simplemente quiero darte un beso». Y él tampoco me dijo nada más. Me regaló ese beso y ya está. Con eso me quedo. He tenido esa suerte.

—Hay quien pierde la vida con enorme dignidad como Pau Donés y quien pierde la cabeza ridículamente como Miguel Bosé.

—(Se ríe) ¡Madre mía! Es que yo creo que una retirada a tiempo… Miguel Bosé para mí fue un ídolo. Yo fui Morena mía por un día. Y me encanta lo que él provoca. Pero sí, hay que saber cuando ya está.

—¿Qué sueños le quedan por cumplir?

—Es que no me queda a mí mucho, ¡eh! No te puedo decir me encantaría tocar en este estadio para no sé cuántas personas. No. Yo ya estoy viajando con mis canciones. No puedo pedir mucho más. Me encantaría que nunca se me fuera la inspiración. Ojalá nunca me fallen las canciones y siempre tenga cosas que contar. Así estaría todo a salvo. Y siempre he soñado con ser madre. Lo que pasa que tampoco sé si decirte eso ahora porque estoy tan feliz con la música... Pero sí, tengo la intuición de que algún día voy a ser madre. Me molaría.

—En Galicia tiene una relación muy especial con El Náutico de San Vicente. ¿Qué encontró allí?

—Mira si es especial que el único lugar donde tengo clarísimo que voy a ir este verano es al Náutico. Porque me siento bien, porque me siento en casa. Y últimamente es como muy difícil sentirse en casa en alguna parte. Me gusta mucho Miguel. Y los lugares también los hacen las personas. Me gusta mucho la gente con la que coincido allí. Pero además del Náutico amo Galicia en general por todo lo que me provoca. Hay tierras que tienen una energía inexplicable y yo es que cuando voy a Galicia se me calma algo. Todo allí me sienta bien.

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