Marta Sanz: «La equidistancia es el discurso que arma el poder para expiar culpas»

«La lengua no es inocente, ni puede desinfectarse con lejía», reflexiona la escritora, que pone punto final a su trilogía negra del detective Arturo Zarco

La escritora Marta Sanz publicó «pequeñas mujeres rojas» antes del estado de alarma
La escritora Marta Sanz publicó «pequeñas mujeres rojas» antes del estado de alarma

En la «vida nueva que llevamos, teletrabajada», responde al otro lado de la línea Marta Sanz, que lanzó días antes del estado de alarma pequeñas mujeres rojas, la novela (con p minúscula inicial) que cierra la trilogía del detective Arturo Zarco. El sentido del humor de Sanz es como un corredor de fondo que parte de la tristeza por la injusticia sin saber si alcanzará la meta. Pero no detiene la marcha. «Yo soy optimista y voluntariosa en la acción», afirma la autora.

-¿Es, entonces, el adiós de Arturo Zarco?

-Sí. Decidí muy pronto que la serie se tenía que cerrar como una trilogía para no caer en inercias y rutinas literarias. Hay tres personajes importantes, Arturo Zarco, Luz Arranz y Paula Quiñones, y quería equilibrar sus voces en los relatos. Cada novela tiene un sentido completo en sí misma, pero a la vez si superpones los tres libros (Black, black, black; Un buen detective no se casa jamás, y pequeñas mujeres rojas) tienes una visión panorámica y puedes ver otro dibujo en la alfombra, por utilizar la metáfora de Henry James.

­-Cuesta tirar de la rutina para clasificar esta novela. ¿Policíaca, negra, política?

-Pequeñas mujeres rojas utiliza elementos de distintos géneros: de wéstern expresionista, de cuento de hadas, de novela negra y de relato de la memoria, y desde luego elementos del género de terror. Cuando Paula Quiñones llega a Azafrán y Azafrán se convierte en Azufrón es como una bajada a los infiernos. Toda la atmósfera es opresiva, y la realidad se convierte en un lugar extraño. Esta es una novela, creo, poética, tiene un lenguaje que la aproxima más a la poesía que al ritmo de las narraciones trepidantes; pide a los lectores un pacto de lectura que tiene que ver con la espeleología: con la capacidad de mirar por debajo de la piel de las palabras. He tratado de mostrar cómo la violencia estructural se cuela en nuestra vida cotidiana, en pequeñas violencias particulares. Lo personal es político. Y los relatos forman parte de la violencia de la realidad. Hay formas de contar la realidad que son violentas. En pequeñas mujeres rojas se cuestionan procedimientos del relato de la memoria. Y en ese cuestionamiento se opta por un discurso humorístico, negro, insecticida. Las combinaciones excéntricas de palabras son una manera de alumbrar la realidad, como hacían los barrocos, como Quevedo.

­-¿Hay una inteligencia de lo grotesco?

-Con la capacidad de jugar con las palabras se pueden llegar a ver los ángulos muertos de la realidad, eso que habitualmente no queremos ver.

-¿El humor es la forma menos violenta de denuncia?

-Es la forma aparentemente menos violenta de denuncia, pero termina siendo muy urticante. A la gente el sentido del humor le pica mucho. En estos tiempos de corrección política, el sentido del humor es peligroso, pero no debemos renunciar a él. Hemos perdido la conciencia de que el pasado no es un lugar exótico, sino algo que se filtra en el presente, porque esos relatos con que se recupera el pasado suenan a música de ascensor, a nada.

«En la Transición no se cerraron heridas que deberían haberse cerrado. Y se propició una idea de la equidistancia perversa»

-¿Ha querido exhumar la memoria?

-Sí, y hay un elemento de denuncia: el óxido del franquismo sigue formando parte de la médula espinal del país. En la historia de España unos han tenido la palabra; otros, el privilegio del silencio.

-Quizá en el pasado se encuentra un refugio mejor que el porvenir.

-Quizá nos hemos dejado robar el lenguaje. En la Transición no se cerraron heridas que deberían haberse cerrado. Por ejemplo, se propició una idea de la equidistancia perversa. La equidistancia es un discurso que se arma desde el poder para expiar las culpas. Esto nos hace tener una visión perturbada del pasado y perder sentido crítico. Hay una entrevista de Marguerite Duras a Francis Bacon que está dentro del libro; él señala que en el arte, más que el tema, lo importante es el modo de representarlo. La violencia contra el cuerpo de la mujer es uno de los temas de la novela, un tema que a lo largo de la historia se ha representado de manera dulce. Las mujeres debemos preguntarnos cuál es el origen de nuestros deseos, hasta qué punto responden a expectativas y un imaginario masculinos.

-¿La literatura puede ser neutral?

-La literatura tiene que hablar de lo difícil, indagar en los terrenos pantanosos. La lucidez es incómoda. No me gustan los relatos que dejan a los lectores en un espacio de comodidad anestésica. La buena literatura construye la realidad. El lenguaje nos puede ayudar a ver mejor, agrandarnos los ojos como al lobo disfrazado de abuelita, o emborronar la realidad. Pero en el lenguaje está el corazón de la posibilidad de la felicidad y de la transformación de lo que nos duele. Como decía Antonio Gramsci, hay que ser pesimistas en el pensamiento, pero positivos y voluntariosos en la acción.

-En «pequeñas mujeres rojas» hay ecos literarios. Estamos oyendo a Juan Rulfo...

-A lo largo de la novela hay cuatro referencias fundamentales. Una es la de Francis Bacon, esa deformación y esa violencia del color que utiliza para hablar de cómo los cuerpos humanos están retorcidos por la represión y por la violencia social. Por otra parte está la referencia a Manolo Vázquez Montalbán, al que apelo no tanto como novelista negro sino como poeta. Fue uno de los Nueve novísimos españoles y empieza a plantear la idea de que quizá el realismo decimonónico no sirva para dar cuenta de la realidad, que hay que indagar en otras vías lingüísticas más allá del estilo realista para dar cuenta de la complejidad de las cosas que pasan en el mundo. El Dashiell Hammett de Cosecha roja es otra referencia fundamental: cuando llega a la ciudad de Personville, y cuidado, que es «Poisonville», no «Personville», jugando con 'veneno' y 'persona'. Y luego la referencia a Pedro Páramo, de Rulfo, al comienzo: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo...», porque esta es una novela donde la presencia fantasmagórica de las voces del pasado en el presente es algo que tiene mucho peso. Y es importante la ausencia de Zarco. Porque hay personajes que, por omisión, por no actuar, acaban desencadendo catástrofes.

«De la lectura de los buenos libros no salimos indemnes, no nos llevan a Jauja»

-«El puño se me levanta solo», escribe en esta novela. «Ensuciaremos la literatura con panfletos y los panfletos con la literatura, porque las palabras no son un cuarto que pueda desinfectarse con lejía».

-Hay una conciencia, a través del orfeón de los niños perdidos y de las mujeres muertas, de que todos somos el resultado de una sinergia de voces que nos construyen. Nuestra singularidad tiene que ver con los relatos de nuestra madre, de las abuelas, de nuestros padres, con los estímulos de la televisión... Todos y todas somos una confluencia de relatos, y los relatos están formados de palabras y las palabras tienen una capacidad de empaparse como esponjas de diferentes significados, dependiendo, como decía Lewis Carroll en A través del espejo de quien sea el que manda. La lengua no es aséptica, no es inocente, no se puede desinfectar con lejía. Cuando decimos que la lengua no tiene culpa de nada... No, perdón, ¡la lengua tiene la culpa de todo! La lengua es un imán en el que se queda todo pegado, y nosotros a la hora de usarla podemos, como te decía antes, en un catalejo para ver mejor la realidad o podemos convertirla en un cortinón.

-La lengua puede ser también una vacuna, ¿no?

-... O puede ser todo lo contrario. No tengo una visión arcangélica de la literatura. Hay una literatura que nos sirve solo para sentirnos cómodos con el estado de cosas y sentirnos en el mundo de Jauja. De la lectura de los buenos libros no salimos indemnes. La buena literatura pone encima de la mesa nuestras debilidades, nuestras fragilidades, pero no siempre nos ayuda a paliarlas. La literatura no es la panacea. 

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