Hablemos del tiempo


Hablemos del tiempo. El meteorológico me dice que el viento se ha detenido o se ha ido a revolver los cielos a otra parte. El mar, el mismo mar de siempre, es una balsa, a esta hora de un color azul plata. Los barquitos se balancean imperceptiblemente y la marea deja desnuda unas rocas cubiertas de algas. Dos hombres apoyan sus bicicletas en la barandilla de la playa y se sientan en un banco con sus ropas andrajosas. Uno tiene una melena blanca y larga, seguramente sin lavar desde hace semanas. O meses. Lo vi ayer en el otro bar, tomaba un vino blanco y de vez en cuando se atusaba la coleta como si quisiera asegurarse de que su cabello seguía allí. Imposible no fijarse en él. Podría ser un marinero amotinado del Bounty y tener doscientos cincuenta años, haber encontrado en algún lugar del Pacífico el elixir de la inmortalidad y haber recalado aquí sin más ocupación que la de vivir cada día el mismo día.

Se ha levantado una brisa repentina que ha dejado en la bahía un reguero de escamas doradas. Hace rato que no veo a mi tormentito, estará por ahí haciendo nuevas amigas o buscando tesoros en las nasas. En este instante, como si hubiera horario de apertura, empieza a llegar gente a la arena. Yo estoy deseando que lleguen las doce y pedirme algo alcohólico. No lo haré, me tumbaré en la playa, mis carnes flácidas desparramadas bajo el sol, no muy lejos de dunas majestuosas que hablan de tiempo geológico.

El tiempo emocional tiene su propia cadencia, es fugaz en las risas y lento en las esperas. Hoy se empeña en marcar ausencias.

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