Woody no ha leído el Quijote y no le gusta Katherine Hepburn

Las memorias del director recogen en 720 páginas detalles íntimos de su relación con Soon-Yi y Mia Farrow, pero esa parte es la menos interesante. Me quedo con su loa a Diane Keaton


No quiero ser hipócrita. Me he divertido tanto con las memorias de Woody Allen como me he aburrido. Pero eso es algo que pasa mucho con sus películas, incluso para aquellos que somos muy fans. Los mismos que nos partimos de risa cada vez que escuchamos la palabra Constantinopla o los que sabemos que el creador del metacrilato está en el infierno no podemos con Vicky Cristina Barcelona. Allen tiene ese portento genial que consigue el mejor talento: lo adoras incluso cuando lo aborreces. A mí de las 720 páginas de A propósito de nada me ha interesado lo que yo llamo el Woody de Diane Keaton, que diferencio del Woody de Soon-Yi. Y aunque son el mismo, me pasa como a él con el cine: solo uno consigue evadirme de la realidad. El primero es el Allen maravilloso, hipnótico, entretenido, tronchante (me encanta este adjetivo porque me parece muy Annie Hall) que aparece en las primeras páginas de unas memorias que están escritas con el mismo pulso que sus películas, pero no con la misma precisión temporal: ¡720 páginas!

Claro que valen tanto la pena algunos pasajes que solo por las carcajadas espontáneas hay que leérselas. Por su humor y por mucho más. Para entender quién es este hombre menudo, de nariz grande y gafas de pasta negra que algunos se han empeñado en que pase a la historia como un gran intelectual cuando en realidad es un buscavidas, un mago que nació en Brooklyn con un don: escribir y hacer gracia. «Aprendí a escribir antes que a leer, porque ya escribía en mi cabeza historias antes de saber las letras». Él lo cuenta con más chispa y da datos concretos de unos padres que lo cuidaron, lo quisieron, y que estuvieron casados 70 años «solo por puro rencor». «Yo no sé por qué salí así, tuve una familia adorable, unas tías que me querían», se ríe.

En ese hogar judío no había ni un solo libro, por eso Allen se encarga desde las primeras líneas de borrar toda etiqueta de refinado cultureta y hacer notar que el talento es innato para quien llegó al mundo con un coeficiente superior, aunque pudorosamente no da la cifra. «Os quedaríais impresionados por todo lo que no sé, no he leído o no he visto. Jamás he visto una representación de Hamlet, no he leído el Ulises ni el Quijote ni Lolita ni 1984. Nada de las hermanas Brönte. Jamás he visto una versión de Ha nacido una estrella ni Ben-Hur», dice Woody, que despeja dudas sobre sus gustos: Hemingway y Camus sí, Chaplin por encima de Buster Keaton, y Katherine Hepburn no: ««Me resultaba artificial. Cuando se veía en apuros recurría al llanto».

¿POR QUÉ ESE NOMBRE ARTÍSTICO?

Por cierto que el director de Manhattan revela que él, Allan Stewart Konigsberg, no nació el 1 de diciembre de 1935 como aparece en todas partes, sino el 30 de noviembre, pero sus padres decidieron que era mejor que su vida arrancara el día 1. También cuenta cómo decidió ponerse su nombre artístico: Allen por su nombre, Allan, y Woody porque se le ocurrió. «Tenía un toque ligero y vagamente cómico, a diferencia de, por ejemplo, Zoltan o Ludovico».

Su profundo amor por su hermana, ocho años menor que él, queda expresado en una anécdota que cuenta con relación a los hermanos Marx. Cuando murió Harpo, Woody le escribió a Groucho, y este, agradecido, le contestó que en todos los años de vida jamás había tenido un roce con Harpo. «Eso mismo me pasa a mí con mi hermana que a día de hoy -expresa- sigue produciendo mis películas». Está en estas páginas también su prima Rita, la responsable de su amor por el cine, porque fue ella quien lo llevaba cuando era niño y quien le inculcó esa pasión: «La realidad era sofocante y te metías en esas salas, en las que en la pantalla aparecía un hombre que siempre se servía una copa en una coctelera nada más llegar a casa, tenía teléfono en la mesilla de noche y decía frases del tipo: ¿cómo que nuestro matrimonio no es legal? ¡Eso en mi casa de Brooklyn nunca sucedía!».

La radio, el jazz, la fascinación por la Gran Manzana que visitó por primera vez a los 7 años están presentes, igual que su adoración por Diane Keaton y sus dos hermanas (salió con las tres): «Es mi Estrella del Norte, la persona a la que recurro. Tú puedes cantar alabanzas de Shakespeare, pero si ella piensa que algunas obras son aburridas, no le importa lo que se venere su poesía ni lo que digan los profesores y el público».

Y sí también están Mia y Soon-Yi. Esta parte a mí me da repelús y vergüenza ajena. Porque Allen dedica 200 páginas a dar detalles de su vida íntima y, aunque entiendes que necesite explicarse, esa minuciosidad te provoca rechazo. Te causa pavor la figura de Mia Farrow, que aparece como una trastornada que maltrató a sus hijos, especialmente a los adoptados. Entre ellos Soon-Yi, una mujer fascinante que Allen pone por las nubes, después de veinte años de matrimonio y que le ha dado, por fin, la estabilidad de una familia feliz. Woody cuenta su versión de los hechos y yo me lo creo. No sé si inconscientemente o no, pero me lo creo. Quizás el mago de Brooklyn nos la ha colado como otro de sus trucos de magia.

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