Victoria Camps: «Solo desde el Estado se puede hacer frente a algo tan grande»

«Si todo se hubiera basado en la solidaridad, la crisis habría sido mucho peor», asegura la filósofa que insta a la búsqueda de la felicidad

La filósofa Victoria Camps, en Vigo en el 2018
La filósofa Victoria Camps, en Vigo en el 2018

La felicidad no es una píldora, sino «una búsqueda, un esfuerzo que dura toda la vida», ilumina la filósofa Victoria Camps (Barcelona, 21 de febrero de 1941, que ha disfrutado, con las comillas que pondrían el pudor y el respeto, el confinamiento en el jardín de una vida pausada, que tiene sus comodidades y encuentra en los libros una suerte de conjura sencilla y feliz para el aburrimiento. La conjura contra América es una de las series que está siguiendo la autora de Las virtudes públicas, y Crisis, de Jared Diamond, una de sus lecturas más recientes, que recomienda.

 -¿Qué lectura podemos hacer de esta crisis?

 -El covid nos ha enfrentado a nuestra interdependencia. Nos ha dado una lección de humildad. Aunque la ciencia avance mucho, no podemos saberlo todo ni podremos saberlo todo nunca. Esto debe hacernos conscientes de que somos limitados, contingentes, y debemos ser humildes. Puede ser la primera lección, la humildad. Luego, el confinamiento nos ha hecho necesariamente más austeros; se nos ha impedido satisfacer los deseos a los que antes estábamos acostumbrados: salir, ir al cine, cenar en un restaurante, tomar una copa... Todo eso fuera, y a los viejos ni siquiera se nos ha permitido salir a comprar las cosas más necesarias. Esta lección de austeridad es interesante, incluso en parte necesaria, pero para la economía es fatal, porque la economía va en otro sentido...

-¿Podría girar y tomar otro rumbo?

-Sí, podría, pero tendría que cambiar mucho, dejar de ser un producir para consumir, y de pensar en un crecimiento ilimitado. Cambiar esto radicalmente es imposible, pero creo que otra lectura del covid nos sitúa en las necesidades básicas, esenciales. Lo esencial es la salud, y el miedo a perderla nos ha hecho ver lo importante, que es cuidarse y cuidarnos.

-¿Son los mayores los grandes abandonados de esta pandemia?

-Lo de las residencias de mayores hay que reformarlo. Con una emergencia como esta, se ha visto que no se estaba nada preparado, que no hay prevención. Se ha visto que hay residencias que son más negocio que otra cosa. Ha sido un doble discurso, los mayores son considerados los más vulnerables, pero a la vez se les ha dejado solos, confinados, muchos en residencias de ancianos.

-¿Saldremos transformados de este momento?

-Yo creo que una pandemia no transforma. Las cosas se van transformando más lentamente. Ahora sí tenemos clara la importancia del estado de bienestar, de unos servicios públicos que sean sólidos. Tenemos un sistema sanitario bueno, pero han fallado cosas. No se hace frente a un problema tan grande si no es desde el Estado. Ahora, en Suecia apenas han tomado medidas prácticamente y no les han ido tan mal, y la economía la han salvado.

-¿A qué se debe ese «éxito» de Suecia?

-Hay quien dice que la tradición protestante tiene que ver con la responsabilidad individual, que la ha fomentado, y con la participación cívica. Esto está muy asimilado por algunos países, que son países pequeños, controlables, pero también puede haber un ingrediente de suerte.

-¿Qué le ha sorprendido más en positivo?

-La buena reacción ciudadana, en general. Los profesionales que están en primera línea en España, profesionales médicos o de la alimentación y la limpieza, han dado la talla. Y la ciudadanía también. Por miedo, pero también por solidaridad. Y esto tiene algo que ver con las virtudes públicas...

-Pero usted apunta en ese ensayo, en el que señala que «la democracia socialiberal es una bella teoría que carece de una sensibilidad moral adecuad», que «la solidaridad es una virtud sospechosa». ¿Por qué? Explíquenos.

-Si todo se hubiera basado en la solidaridad, creo que habríamos estado mucho peor. Para que la respuesta sea justa y de verdad equitativa, tiene que venir del Estado. La solidaridad es algo individual, más subjetivo, más cercano, que se olvida de lo que no nos afecta directamente. Piensa en los refugiados: no ha habido una respuesta cívica (ni institucional) justa. Con el covid ha sido distinto, porque nos afecta a todos, y por eso se han activado la solidaridad, la compasión... todo.

-¿La solidaridad no puede ser un motor desde arriba, desde el Estado?

-A ver si parte de lo que estamos viendo ahora se mantiene para hacer frente al desempleo, a la pérdida de empresas, al descalabro económico. Ahí seguramente se pensará menos en el bien común... y más en el interés individual.

-¿Saldrán aupados de la crisis los nacionalismos y los Estados más autoritarios?

-Nacionalismos hay de muchos tipos. El nacionalismo catalán no tiene Estado y, sin embargo, da mucha guerra. El nacionalismo siempre acaba siendo excluyente, de lo que no queda dentro de la nación, de «lo nuestro». Tiene su parte positiva, porque, claro, cohesiona mejor, pero al tiempo acaba excluyendo. Cuando faltan mascarillas y respiradores, la dificultad está en llevarlos de un Estado a otro.

-¿Qué ha sido más dispar, la respuesta de la gente o de los Gobiernos de unos países y otros? El poder de los Gobiernos ahora se entiende, pero a la vez genera cierto estado de duda, de alarma interior.

-Tomar decisiones políticas en un momento como este es complicado, porque hay que atender a perspectivas distintas, cuando lo que es bueno desde un punto de vista sanitario es un desastre económico. Lo difícil aquí es tomar la decisión justa. Los griegos hablaban de la prudencia, en el sentido de tener la sabiduría de tomar la decisión justa. ¿Quién lo puede hacer? El líder político, el bueno. Quizá lo que ha faltado también es cooperación, entre los Estados, entre las distintas autonomías en nuestro caso. Cada cual ha querido decidir por cuenta sin echar mano al diálogo, escasea.

-El diálogo, la capacidad de negociación, aún es visto a veces como un síntoma de debilidad.

-Estamos aún en una situación de incertidumbre muy alta. No sabemos si nos inmunizamos por mucho tiempo o no, si habrá vacuna o cuándo, si habrá tratamientos eficaces, no llegamos a saber aún si los niños contagian o no. No hay apenas datos, sobre todo son sospechas. Esa incertidumbre hace difícil la toma de decisiones, que debe ser prudente.

-¿Es Corea del Sur el modelo?

-Habría que estudiarlo bien. Parece que es una sociedad muy comunitaria. El mundo oriental es más comunitario que el oriental, y esto implica ya una disciplina, una obediencia. Y han pasado por un virus similar a este, por lo que ya estaban preparados. Tenían la experiencia y el material para prevenirlo. Y lo han hecho mejor que los chinos, con unas medidas de control de la ciudadanía sospechosos.

-¿Está reñida la cooperación con el modelo neoliberal capitalista?

-El capitalismo está en todas partes. Es un sistema económico depredador. Entiendo que de algún modo con el covid la naturaleza se ha vengado. La diferencia está entre la comunidad y el individualismo, en ser educados en un sentimiento más comunitario, de cuidar al otro, de pensar en él. El individualismo ha sido muy característico de Occidente.

-¿Hace falta un equilibrio? Anular el espacio de lo individual tampoco...

-Sí, un equilibrio, el individualismo supone también una libertad... aparentemente. También hay que preguntarse:¿Libertad para hacer qué?

-¿Cuál es su filosofía cotidiana en este momento?

-En este momento lo tengo todo muy organizado. Paso la mayor parte del día haciendo algunas cosas de ama de casa, la vida con mi marido es muy tranquila, los dos nos dedicamos al estudio, y yo leo muchísimo. No cocino mucho... ¡Parece que la gente se ha volcado a hacer pasteles! Tengo cantidad de cosas que hacer. En el libro La búsqueda de la felicidad decía que la cultura es un recurso para buscar la felicidad y la cultura ha estado muy presente en esta cuarentena. El que las librerías hayan sido de los primeros comercios que han abierto es una gran noticia porque además tenían demanda. Es una buena noticia que la cultura haya estado tan presente, porque es un buen recurso para la vida solitaria. La otra vida, tal como la estábamos llevando, no tiene cosas tan productivas como podía creerse ni tan interesantes.

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