Paradise Lost o la dignidad del metal gótico

«Obsidian» acaba de salir del horno. Y a su manera, compendia buena parte de la inverosímil carrera de la banda y la sitúa en un justo equilibrio entre contundencia y sensibilidad


Hubo un tiempo, mediados los años 90, en el que un puñado de bandas adquirieron la condición de aspirantes al cetro que todavía hoy atesoran los grandes grupos de rock y metal surgidos y consolidados a lo largo de las dos décadas anteriores. Gente capaz de llenar estadios sin despeinarse, de colocar discos en lo más alto de las listas de ventas con la sola mención de su nombre y, en definitiva, de aportar certidumbre y dólares a un negocio que ya entonces dominaban el descreimiento y las camisas de franela a cuadros del grunge.

Una de aquellas bandas era Paradise Lost. Evolucionando desde una combinación de death y doom, especialidades del mundo de la tralla que se caracterizan por su pesadez, sus sonidos agrestes y unas dolientes gargantas cavernosas que por aquí adquirieron la elocuente etiqueta de voces podres, los cinco músicos británicos acunaron en 1991 un disco sobresaliente y esquivo a las categorizaciones. No hubo que romperse mucho la cabeza para bautizar la línea que el grupo acababa de abrir: ese trabajo se denominaba Gothic y el subgénero que inauguró se llamó metal gótico. Melancólica crudeza no exenta de melodía, en la que destellos de coros femeninos e incursiones de cuerdas y otros elementos orquestales generaban una particular atmósfera, depresiva pero indudablemente hermosa.

Una secuencia perfecta de lanzamientos de progresiva elegancia -dentro de un orden, recordemos que estamos hablando de mucha caña- pulieron su brutalidad inicial, afilaron el instinto melódico de las enormes guitarras de Greg Mackintosh y aplacaron las cuerdas vocales de Nick Holmes, de las que emergió un registro limpio. Alguien quiso ver en todo ello la semilla de unos nuevos Metallica, coincidiendo con la salida en 1995 de Draconian Times. Pero los muchachos de Halifax no estaban por la labor del encasillamiento. Desconcertaron a todo el mundo al derretirse como mantequilla al fuego e introducir la electrónica como elemento central de su música hasta acabar firmando un disco, Host, que podría figurar perfectamente entre las preferencias de David Gahan y sus Depeche Mode.

Aquello solo podía acabar mal, y mal acabó. Pero Paradise Lost fueron capaces de reencontrar el camino perdido entre un bosque de sintetizadores, y desde el 2007 han alumbrado media docena de álbumes meritorios. Obsidian acaba de salir del horno. A su manera, compendia buena parte de la inverosímil carrera de la banda y la sitúa en un justo equilibrio entre contundencia y sensibilidad. Aunque tal vez sepa a poco, reconforta comprobar que esta gente conserva su habilidad para construir paisajes de asoladora belleza con tanta dignidad 32 años después.

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