«Estos días no dejo de pensar en las mujeres que sufren maltrato en casa»

La gallega Elsa Veiga es una de las nuevas voces que irrumpen en la literatura en castellano con un libro que estremece sin renunciar a la belleza, «Me desperté con dos inviernos a los lados»

Elsa Veiga, autora de «Me desperté con dos inviernos a los lados»
Elsa Veiga, autora de «Me desperté con dos inviernos a los lados»

Una de las novedades editoriales que alumbra el confinamiento nos trae una nueva voz en la narrativa en castellano, la de la gallega Elsa Veiga (Santiago de Compostela, 1972). Autora de relatos, del poemario Manejemos la pena (Ediciones Torremozas, 2016) y filóloga curtida en la revisión de textos gracias a su trabajo de correctora en editoriales como Penguin Random House, Me desperté con dos inviernos a los lados (Tres Hermanas Ediciones, 2020) es su debut en la novela. «Tengo una primera, ¡que nunca llegaré a publicar!, pero ha servido como ensayo», confiesa. La historia que presenta habla de atmósferas opresivas, de maltrato, pero también de la esperanza que posibilita la huida hacia adelante.

UN MAL PANDÉMICO

Si el coronavirus no hubiese entrado en nuestras vidas, Elsa Veiga habría estado en abril presentando su novela en Galicia. Una historia que empezó a tejer hace diez años y que viaja del 2005 a 1975 y la Guerra Civil. Narradora de audiolibros, responde con su voz cadenciosa al teléfono.

­-¿Por qué estas tres épocas?

-Quería partir de la actual para contar lo que está pasando y, por otro lado, remontarme a cómo el hecho de la violencia machista es algo pandémico, histórico. Además, cambiamos con los años. Esto también es una defensa, una armadura. No somos los mismos con 18 que con 40 u 80 años, es lo que nos ayuda a sobrevivir. La memoria es importante, pero los recuerdos evolucionan sin darnos cuenta.

-Escribe sin artificios, en estilo directo y no se posiciona. Contar sin juzgar.

-Me quería distanciar. Espero que las mujeres denuncien más, pero cada persona actúa de una forma diferente ante estas situaciones y tiene que merecer todos los respetos. Hay que imaginarse lo que es coger un teléfono y tirar al traste toda tu vida, aunque sea un desastre.

«El maltrato en el confinamiento daría para otra novela»

-¿Introducirnos en un universo habitado por una Sombra es el mejor plan para el confinamiento?

-No dejo de pensar en las mujeres que sufren maltrato estos días. Encerradas con sus maltratadores. Es algo terrorífico, daría para otra novela. En esta hay una opresión, casas oscuras en las que ocurren cosas. No sé si será la mejor lectura, pero sí que creo que el libro, si algo tiene, es que te ayuda a evadirte. En realidad, ¿por qué no? Puede ser un buen libro para este momento.

-¿Qué sentirá una mujer que haya sufrido maltrato al leerlo?

-Sospecho, por comentarios privados que me han llegado, que lo van a percibir como una identificación y esto es lo mejor que me podría pasar. Que suene real. No quería caer en el dramatismo excesivo, en la violencia excesiva. Personalmente, me gusta encontrarme en los libros con cosas que me han pasado. Como una historia de amor, a la que después le das tu toque personal. Sentirte identificada con lo que otro ha vivido, darle voz, es un apoyo moral de alguna manera.

«No podemos quedarnos con lo oscuro, estaríamos todos desolados»

-¿Puede haber algo bueno en lo terrible?

-Al principio, la novela era muy oscura. Tanto, que no tenía sentido. La vida no es así, hay otras cosas, incluso en los casos más dramáticos. Lo estamos viviendo. No podemos quedarnos con lo oscuro, estaríamos todos desolados. Tenía que haber ese punto luminoso, además, para que destacara lo negro, la Sombra. Siempre tengo esa dualidad cuando escribo y no es buenísimo, en absoluto. Por ejemplo, cuando la madre de Cara, la protagonista, sale a comprar, esos ratos son puntos de luz que hacen soportable lo demás.

-Ser correctora le permite llegar la primera a muchos textos. ¿Cómo se escribe?

-Hay de todo [sonríe]. La realidad ha ocupado una parte importante de los textos, incluso en la poesía. Hay mucha autoficción, tan de moda hoy, pero ahí soy muy cautelosa. Además, observo una evolución. Muchísimos manuscritos de mujeres muy interesantes que tratan temas de los que no se hablaban en las novelas. No soy un ejemplo claro, voy a cumplir 48 años, pero vienen generaciones que se están quitando de encima esas nubes que nos pesaban. La idea de contar una historia de amor ha cambiado radicalmente. Ya no leemos solo los versos de Neruda o Darío, nos vamos a los de Alejandra Pizarnik o a los textos de Elena Ferrante. Han cambiado las lecturas y lo que las mujeres escriben. Muchos compañeros hombres me han dicho: «Tú, que siempre eres tan alegre y sonriente, ¿cómo te has metido en esto, tan duro, macabro?». Todavía hay un prejuicio, parece que tenemos que escribir cosas más suaves. Ellos lo hacen y nadie les pregunta esto.

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