El último regalo de Stefan Zweig, el europeo herido

Zweig, testigo del fin de un imperio, fue un amante fiel que no pudo soportar el desengaño europeo. El sello Acantilado ofrece sus memorias

El escritor Stefan Zweig
El escritor Stefan Zweig

Es el último libro de su legado y tal vez el más imprescindible de todos. Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, 1942) rondaba los 60 cuando empezó a escribir sus memorias en el exilio. Envió el manuscrito de El mundo de ayer (que hoy podemos leer en castellano con la edición de Acantilado) a su editor por correo un día antes de quitarse la vida junto a su segunda esposa. Era febrero de 1942 y el nazismo avanzaba imparable por lo que un día fue «su casa».

Hay que ponerse en situación. El aclamado escritor judío había sido testigo del fin de un imperio, el de los Habsburgo, «no se molesten en buscarlo en el mapa, ha sido borrado sin dejar rastro», de las consecuencias económicas del crac del 29, de dos guerras mundiales y de la persecución antisemita. Aún así, nada pudo arrancarle «el sentimiento de libertad interior» con el que el experto en biografías, desde la de María Antonieta a la de Fouché, narró su propio mundo.

«Nada más lejos de mi intención que colocarme en primer término, a no ser que se me considere como un conferenciante que relata algo sirviéndose de diapositivas; es la época la que pone las imágenes, yo tan solo me limito a ponerle las palabras». Refugiado en Brasil, sin apenas libros ni documentación, su memoria es su único recurso.

Los años más oscuros

Zweig fue el amante fiel que no pudo soportar el desengaño europeo. «Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables», porque, continúa, «nunca, jamás (y no lo digo con orgullo sino con vergüenza) sufrió una generación tal hecatombe moral».

En medio de tanta oscuridad, su escritura siempre agradable y brillante penetra como una luz cargada de inteligencia. Y, aunque la Europa de la que habla pueda parecer pasada, el lector se siente conectado a unas circunstancias y actitudes que les resultan familiares y presentes. Zweig quiere dejar una advertencia para las generaciones futuras.

«¿Es de extrañar, pues, que aquel siglo se deleitara con sus propias conquistas y considerara cada década terminada como un mero peldaño hacia otra mejor? Se creía tan poco en las recaídas en la barbarie -por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa- como en brujas y fantasmas». Desde la distancia, «me he despojado de todas las raíces, incluida la tierra que las nutre, como posiblemente, pocos han hecho a lo largo del tiempo», su crónica encierra un mensaje: «Amar la idea de libertad como la más sublime de mi corazón».

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