Busquen en su fondo de armario


La realidad siempre escribe las mejores historias. Por si no me gustaba leer distopías, me he puesto a vivir dentro de una. Amanece y el camión que limpia la calle pasa tercamente por una piedra que ya no pisa nadie. La ciudad vieja se ha quedado sin los orines, sin los gritos de los borrachos en la madrugada, sin vidrios cayendo al contenedor a cualquier hora. Ni rastro de los turistas preguntando: ¿la catedral, por favor? También estaba desierta la Quintana aquella noche. Aquel señor tocando el organillo para sí mismo y nosotros odiándonos en el centro de la plaza. ¿O era amándonos? Te fuiste y me crucé con el hombre, que arrastraba su tenderete y sus arrugas. Le di las gracias y 5 euros. ¿Dónde estabas?, preguntó sorprendido. Besándome con el hombre invisible.

En aquel tiempo, el roce de los labios y los músicos callejeros aún estaban permitidos.

Un pájaro canta sin ganas en el tejado de la iglesia. Va espaciando sus notas hasta que calla, contagiado por el silencio del mundo. Una alcantarilla se mueve e imagino a alguien buscando una rata para comer. En todas las novelas apocalípticas hay una escena similar. Por ahora no nos alimentamos de roedores, nos llega con el miedo, la incertidumbre y los kilos de macarrones que tenemos en la despensa después de haber asaltado el súper el día -1. De ese día nos ha quedado un arañazo de la mujer que se hizo con el último bote de garbanzos y la sensación de que nada volverá a ser lo mismo.

Por doquier se repite el mantra «quédate en casa» como si conjurara todos nuestros demonios, víricos o no. Y mientras yo estoy en pijama dando vueltas al café y al futuro, en las redes la gente cuelga fotos de los libros que recibe por mensajería. O sea, que se quede en casa todo el mundo menos los transportistas y los empleados de Jeff Bezos.

Mirar hacia nuestra biblioteca es una forma de mirarnos. Voy a la mía con trapo en ristre. Me acuerdo, mientras limpio el polvo de mi ejemplar de Pedro Páramo, de aquel personaje de O último día de Terranova que leía una y otra vez la historia inmortal de Rulfo. Como dice Rivas, hay libros que «levedan» y a la mañana siguiente son otros. Mi edición es de 1973, mis padres la habrán comprado al azar en el catálogo de Círculo de Lectores, junto a El Padrino o a aquel Verano del 43 que fueron mis primeras lecturas de adulta a los 12 o 13 años. En la edición de Rayuela una tal Susana, de cuyo rostro no puedo acordarme, anotó su nombre con letra primorosa y una fecha, 20-09-86. Mi biblioteca me dice que estoy llena de pasado y que no devolví los libros que me prestaron.

Suena el teléfono. Es mi Susana del presente. Me pide una recomendación para la radio. Es fácil.

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