Esos cafés gallegos en los que nacen las historias

Los escritores Manuel Rivas, Inma López Silva y Javier Peña nos invitan a seguir una mariola de letras. Entramos donde escriben. Estos son nuestros bares de las grandes esperanzas


La literatura está en el aire de bares y cafeterías. Galicia tiene sus propios bares de las grandes esperanzas, cafés que pueden ser una habitación con vistas, un refugio, una oficina, un cuarto a compartir con desconocidos, un paritorio donde se dan a luz historias. En los cafés la vida pide una pausa para despejarse y liberar su tiempo de la agenda de las inercias cotidianas. La soledad de un problema se disuelve en el baile de una cucharilla. En el Café La Barra, de A Coruña, escribe Manuel Rivas, cicerone en este recorrido de letras en el que nos asomamos a locales que ven nacer poemas, relatos y novelas, y a esos otros que son big bangs, lugar de creación para el artista. Inma López Silva, que publicará en febrero O libro da filla, y Javier Peña, que ha dado a los lectores un pellizco de felicidad con su novela Infelices, también nos descubren dónde se inspiran y se forman los órganos vitales de sus obras.

En una mesa en La Barra, espera y escribe el autor que nos sobrecogió hace más de veinte años con el libro de cuentos ¿Que me queres amor? En uno de los cafés que se han ganado el afecto literario de Manuel Rivas hay mesas ocupadas por señoras que agitan con ritmo los dados sobre un tablero de parchís. El batir recuerda el ruido de los dedos en las viejas máquinas de escribir, o de las máquinas de coser. Tiene algo infantil y laborioso ese sonido, de artesano obstinado. «Eu sempre escribín nos cafés. Hai unha psicoxeografía tabernícola. Nese mapa das tabernas inclúense bares, cafeterías, pubs… Recordo na adolescencia eses pubs aos que che gustaba ir pola música a escribir. Como o Dylan’s, o primeiro pub da Coruña no sentido cultural. Estaba na Cidade Vella, e non era copia. Tiña esa cousa de club secreto. De feito, pechárono varias veces! Estouche falando do ano 71 ou 72. Foi un bar pequeno que tivo un papel activo culturalmente, era un lugar fronte ao deslugar, un lugar con memoria, con emoción», recuerda Rivas de un bar en el que sonaba la rebeldía en temas de Pink Floyd, Neil Young, Paco Ibáñez, Joan Baez o Mercedes Sosa.

Un café lleva a otro café, y La Barra del 2019 lleva por un atajo de la memoria de O’Rivas al Dylan’s de los 70, el lugar bajo sospecha que vio nacer varios poemas del autor en aquellos años en los que estaba en el instituto de Monelos. Una imagina al escritor en una isla, enfrascado en el silencio, impermeable al ruido coloquial del mundo. «A min gústame o son dos cafés, resulta estimulante ese ruído, ese algo en movemento que hai nos bares e os cafés. Neles líbranse batallas simbólicas, ás veces chegánche algunhas frases que son a boca da literatura», afirma el autor de O libro dos manifestos. Algunas de sus obras se fueron naciendo con el sonido de Nick Cave, del álbum The Boatman’s Call, con los nocturnos de Chopin o el piano de Erik Satie. Pero Rivas encuentra también la música en esas «voces baixas dos cafés, nas súas conversas». El novelista fue asiduo del Dublín y del Rochester. «Os libros arden mal escribino aí! Nun recanto do Rochester ao lado da cheminea », revela Rivas, que se divide entre La Barra, el Dársena y el Macondo en función del momento. «Cada café ten a súa psicoloxía, a súa xeografía íntima. A Barra e O Faro, en San Agustín, o que teñen ademais é que son cafés de mercado, de praza, e iso nótase moito. Porque as praceiras son xente moi literaria.Teñen un falar fresco, suxestivo, son unas fontes de información moi boas! Cando se fala de líderes de opinión, eu non penso en tertulianos, senón na xente que traballa praza. Esa sinceridade que teñen no falar ten que ver co que venden, co pan, co peixe. Aí está a sinceridade do pan e a liberdade do mar».

«Os cafés son como cabanas, cápsulas nas que estás con xente e á vez ás túas cousas», dice el escritor. «O Café da Esperanza [que pueden visitar en Os libros arden mal] foi no XIX un lugar fundacional. No mundo portuario e liberal do Atlántico, este café era unha consigna. En Nova York sabían que na Coruña estaba o Café da Esperanza. Era un lugar mítico na loita pola escravitude», recuerda Manuel Rivas. El Borrazás, O Patacón, el Xornes y el Filloa, en A Coruña, están en la ruta de Rivas, que recuerda el Café Unión, el Cantón Bar («pero de noite, porque de día era de xente ben!»), el Galicia, el Compostela, y el recuperado café Marfil. También apunta al Derby, el Azul, O Gaiola y La Luna, en Santiago. En Vigo, el Bar de las Almas Perdidas, merece un brindis literario, un reencuentro.

A punto de lanzar O libro da filla, Inma López Silva nos cita en el Café Vitruvia, de Vigo. «É un sitio especial de xente vinculada á música clásica. Hai un piano de cola. Teñen unha programación permanente de música clásica e poñen jazz. É un sitio agradable, céntrico, que cadra ben», presenta. Lo primero que debe tener un café es wifi. «Logo, gústame que teña xente. Non que haxa un estrondo nin o típico bar de fútbol. Pero si xente en movemento, e mellor sen tele... Sempre me gusta tamén que teña unha decoración agradable. Para escribir, escollo ese tipo de café no que quedarías cunha amiga», revela. «Eu son moito de aproveitar os tempos. Levo o caderno e o portátil enriba e en calquera momento póñome a escribir. Se quedo contigo, ás veces chego a propósito media hora antes para ter ese tempo para min, para revisar un capítulo ou escribir un artigo», comparte la autora de Chámame señora, pero trátame coma a un señor. Encuentra inspiración en cafeterías y bares de tapas. «E abriron hai moi pouquiño o café La Manier. Esta zona na que vivo eu é moi de batalla, aquí están a facultade de Empresariais e de Peritos e tamén os xulgados. E é a zona dos astaleiros, así que hai moita diversidade, desde os de almorzo ata eses bares de viño a primera hora da mañá», relata.

FAVORITOS EN SANTIAGO

«Pero faltaba un café como La Manier, bonito, café-café, de deseño coidado». De Catro a Catro es uno de los «míticos» de Vigo, apunta López Silva. «Gústame ademais que promove a maxia. Eu teño levado ás nenas alí a espectáculos de maxia. É interesante a cultura de bar. A cultura non só se fai nos teatros, tamén medra nos bares. Lémbraste do soto do hotel Compostela? O café do hotel era o soto, e parecía doutra época. Tiña un punto de club inglés e púxose moi de moda para ir estudar cando eu estaba na universidade. Recordo que se falabas rifábante os camareiros! Por falar nun bar… Paréceme o colmo dos cafés. Era o contrapunto do que pasaba nalgunhas bibliotecas, que eran máis ben ligotecas», dice. En Santiago, entre los favoritos de Inma López Silva estaba hace unos años el Derby, «que despois se fixo moi turístico». «Non podemos esquecer os cafés dos aeroportos, que non serán inspiradores pero axudan a aproveitar os tempos », menciona.

Aterrizamos en el Mambara, rúa das Orfas. Allí pueden encontrar escribiendo por las tardes a Javier Peña, una de las revelaciones del año con Infelices, novela aparte, con una complexión sólida en el cuerpo de la trama. En Infelices hay un círculo de amigos, el Círculo de Viena, que toma su nombre del café en el que se reúnen. «El Viena no existe como tal, pero tiene su base en el que fue el Itati», cuenta Javier Peña, que dedica cuatro o cinco meses a escribir un primer borrador en casa, «solo, en silencio absoluto». La corrección, sin embargo, le pide café. «Necesito salir, sentir la vida. Me pongo jazz instrumental y corrijo. Esa parte puede llevarme años y siempre la hago en cafeterías. Me gustaría que leyesen esto las cafeterías y se explicasen, por fin, qué hacía ese señor calvo que venía, pagaba un café y se quedaba de cinco a nueve», bromea. El Blu (ahora tomado por los peregrinos) y el Mambara son sus favoritos. «Me pongo enfrente de una cristalera y veo a la gente pasar», cuenta. ¿Entonces, café con vistas? «Si me concentro, me da igual que pase la carroza real, que no levanto los ojos del ordenador. Pero me gusta descansar la vista, levantar los ojos y ver gente, ver vida. La escritura es un oficio muy solitario», plantea Peña, que además de olfato para las historias tiene ojo para detectar enchufes: «Yo soy de los que en una primera inspección veo si tienen enchufe».

¿Hay en los cafés brotes de relación social silenciosa? «Yo diría que es más un estar dentro de la vida, dentro de una pausa vital mientras escribes. Y en los cafés se escuchan conversaciones muy interesantes. De algunas he tomado notas que quiza utilice en próximas novelas. El personaje de Amara está inspirado en una niña que vi en una cafetería, e iba vestida como va ella en ese primer capítulo de Infelices», revela el escritor.

Hay libros que dan para muchos cafés y cafés que no cierran sus puertas dentro de los libros. Cafés y libros, lugares de encuentro, cómplices que dan forma y sentido al relato de la vida. Amigos.

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