El  mejor alegato de Paul Newman


«Este tío es una herida ambulante». Así definía Paul Newman a Frank Galvin, el personaje que interpreta en Veredicto final. A pesar de que a lo largo de toda su carrera los papeles de perdedores alejados de los finales felices habían sido marca de la casa, en esta maravilla judicial firmada por Sidney Lumet en el año 82 retiraba cualquier atisbo de encanto basado en la belleza del actor. Y supuso un punto de inflexión en su carrera, además de su sexta nominación al Óscar al mejor actor. Pero como buen perdedor, encajó una derrota más en la entrega de premios.

Aunque poco importa la escurridiza estatuilla (que se llevaría finalmente por otro gran perdedor, el Eddie Felson de El color del dinero): su interpretación de un abogado alcóhólico, aferrado al imposible caso que puede devolverle a la vida (laboral y personal), supone una clase magistral de cómo una estrella puede hacer olvidar al espectador su legendaria belleza sin necesidad de disfraces para desnudarse ante la cámara, sacando lo peor de sí mismo. Algo que, sutilmente, le había pedido el propio director, que en sus memorias recordaba que dijo a Newman que solo él podía decidir si sacar a la luz aquellas facetas de la personalidad de Galvin y por lo tanto de la suya propia. Aquello fue un auténtico revulsivo para el actor.

Newman tenía 57 años. Tras los grandes hitos de su carrera (de Marcado por el odio a El buscavidas, pasando por La gata sobre el tejado de zinc, Dos hombres y un destino o El golpe), acaba de dejar atrás una década marcada por el llamado cine de castástrofes y cintas menos recordadas. Refugiado de alguna manera en su pasión por las carreras y sus proyectos solidarios, el año anterior Ausencia de malicia había marcado el camino para una nueva etapa en su carrera, más seria de alguna forma, que continuaría con el éxito de El color del dinero, Ni un pelo de tonto, la crepuscular Al caer el sol y su despedida de la gran pantalla, la oscurísima Camino a la perdición.

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