Selma Ancira: «Saber vivir la vida es una obligación, eso es lo que quiso decirnos Tolstói»

El nuevo fenómeno literario lo firma un clásico, y es el libro con el que el maestro ruso renegó de éxitos como «Guerra y Paz» o «Ana Karenina»


Con un padre actor, en su casa los dramaturgos rusos eran como unos tíos que vivían en otro pueblo y de los que se hablaba con familiaridad. Cuando llegó el día de escoger carrera, Selma Ancira (México, 1956) determinó que había llegado el momento de conocerlos. Así llegó al ruso. Cartas del verano de 1926 la empujó a la traducción. Era una necesidad compartir con los lectores hispanohablantes aquel universo que había descubierto. La traductora de Pushkin, Dostoyevski o Pasternak, galardonada este año con el Premio Hispanoamericano de Traducción Literaria, ha hecho posible la publicación, por primera vez en español, del único libro con el que Lev Tolstói quiso ser recordado, El camino de la vida (Acantilado). De todas las citas del maestro ruso, ella ha fijado una en su muro de Twitter. «Cuanto más verdaderamente sabio es un hombre, más sencillo es el lenguaje en el que expresa su pensamiento». Trata, dice Ancira, «sobre la sencillez de la sabiduría».

­-¿Por qué es tan especial «El camino de la vida»?

-Tolstói invirtió los últimos años de su vida en reunir en un volumen los pensamientos, las sentencias, las máximas de grandes filósofos y pensadores que consideró de mayor valor para la humanidad.

­-¿Fue su último deseo?

-Quería que este libro ayudara a las personas a llevar una vida de bien, entender la vida de una forma distinta a cómo se suele entender. Le dolía mucho la manera en la que el mundo se estaba desarrollando. Como en el artículo ¡Despierten!, quiso decirnos que no se puede seguir viviendo así: ¡Abran los ojos! No podemos seguir destruyéndonos. Saber vivir la vida es una de las obligaciones del ser humano.

Lev Tosltói, precursor del naturismo, abandonó la ficción y dedicó los últimos años de su vida a esta obra, inédita hasta ahora en castellano
Lev Tosltói, precursor del naturismo, abandonó la ficción y dedicó los últimos años de su vida a esta obra, inédita hasta ahora en castellano

­-¿El libro es una llamada de atención?

-Diría que es una invitación a la reflexión, al pensamiento. Cómo estoy viviendo respecto a mí mismo, a los seres que me rodean y a la humanidad. Qué espero de mí vida, para mí y en relación con el mundo. Su idea era que se convirtiera en el libro de cabecera de muchos. Lo dividió en 31 capítulos para que cada día se lea uno y se reflexione sobre ese pensamiento. Digerirlo, polemizar con él o aceptarlo. Al día siguiente, estará listo para otro.

­-¿Funcionará un libro de Tolstói hoy?

-Estamos tan apurados que este libro es una invitación: hoy voy a reflexionar sobre el amor. Son pensamientos de una profundidad que puede parecer naíf, muy ingenua, pero, si te paras a pensar, no puedes no cuestionarte tu manera de vivir.

­-¿A usted la ha cambiado el libro?

-A mí me modificó. Tantos años traduciéndolo sí han tenido una influencia muy grande en mí. Y este es un libro valioso.

Tuvo un cisma, le pareció que había perdido el tiempo con la ficción, incluso reniega de «Ana Karenina» 
Selma Ancira es traductora de literatura rusa y de literatura griega moderna. Ha traducido a Pushkin, Dostoievski, Bunin, Bulgákov o a Pasternak, así como a Seferis, Ritsos, Kampanelis o María Iordanidu. Este año ha recibido el Premio de Traducción Literaria
Selma Ancira es traductora de literatura rusa y de literatura griega moderna. Ha traducido a Pushkin, Dostoievski, Bunin, Bulgákov o a Pasternak, así como a Seferis, Ritsos, Kampanelis o María Iordanidu. Este año ha recibido el Premio de Traducción Literaria

-¿Qué «feedback» está recibiendo?

-Nunca me había pasado en ningún libro, y llevo cuarenta años en el oficio de la traducción. Gente que comparte citas en Twitter, recomendaciones en las redes sociales... Me estoy aventurado, pero quizás la gente necesita esto ahora.

­-¿Le gustaría a Tolstói el mundo de hoy?

-Yo creo que no. Soy mexicana, si usted abre un periódico mexicano, como de cualquier país del mundo, están los feminicidios, los asesinatos, los narcos... ¡Cómo estamos viviendo! La vida es un don, un regalo maravilloso y la estamos utilizando para destruirnos.

­-¿Cómo recibieron en Rusia este giro?

-Hay un capítulo, La superstición del Estado, que estuvo prohibido en Rusia, primero, y en la Unión Soviética, después. Tolstói quería despertar al ser humano para que entendiera la vida de una forma más humana, de mayor amor al prójimo.

-Eso es muy cristiano, y muy difícil de aplicar en una sociedad tan competitiva.

-Está en nuestras manos seguirle o no el juego al mundo y, sobre lo primero, sí. Pero Tolstói, al que excomulgaron, no le dedica un capítulo a la Iglesia, sí a la fe. Dice que no hay intermediarios con Dios. Negaba la función la Iglesia. Cosas que no son fáciles de leer según para quien.

Me estoy aventurado, pero quizás la gente necesita esto ahora

Volver a empezar

-¿Tolstói predicó con el ejemplo?

-Tuvo un cisma, una ruptura en un momento dado de su vida, en el que echa por la borda toda su fama e incluso reniega de Guerra y Paz o Ana Karenina. De sus obras de ficción. Le parece que ha perdido el tiempo con eso. Se vistió de campesino y empezó a vivir de una manera distinta. El camino de la vida del propio Tolstói es impresionante. Un ejemplo de que sí se puede.

-No siempre fue así.

-El camino no fue armónico, fue muy pedregoso. Él, que fue soldado en Crimea, en un fragmento de su diario escribe algo así como que disfrutaba con el espectáculo de la guerra. Es decir, con la muerte. Cuando lo leí en ruso pensé que me había equivocado. Pero, sí, decía eso. Esa persona que se jactaba de matar faisanes, deja de comer carne y se vuelve abanderado del vegetarianismo. Esa persona que perdió su casa por deudas de juego, deja el tabaco y crea una liga antialcohólica.

-¿Por qué traducir y no escribir?

-Estoy enamorada de los autores que traduzco. Después de leer a estos grandes monstruos, pienso: «¿Y qué puedo decir más interesante, bello o importante?». Me siento muy feliz cuando puedo traducir a escritores como Tolstói y traerlos al castellano. Ojalá me dé la vida para traducir tantas novelas que aún no están en español. Lo dijo Saramago. La literatura nacional la hacen los autores de cada país, pero la internacional la hacemos los traductores. Si no fuera por mis colegas que traducen del alemán, del húngaro, del polaco o del portugués, ¿qué haríamos? No podría haber leído a Saramago.

 

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