Medusas y dragones

La poeta Raquel Vázquez, Premio Loewe a la Creación Joven, firma invitada en Fugas


El pasado domingo 27 no solo fue el cambio de hora. A la celebración de que comience a amanecer a las 8 en lugar de a las 9 le correspondía un contrapunto: habíamos llegado al día 300. Lo explico: el 1 de enero se me ocurrió empezar un proyecto, tan importante para mí como inútil, que consiste en fotografiar cada anochecer del 2019. Suelo decir (no tengo claro si en broma o en serio) que es un diario que llevamos a medias la luz y yo. Cada día la luz es distinta, al igual que la cifra que la acompaña. 1, 2, 3... y de repente 300, que irrumpe como si quisiera abrir la cuenta atrás para cerrar el año. Una cuenta atrás, también, para los balances.

Entre otros, el balance de lecturas. Entonces recuerdo Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar, tal vez uno de los mejores libros de poesía que he leído este año junto con Las niñas siempre dicen la verdad, de Rosa Berbel (ambos publicados en Hiperión). Y me detengo una vez más en esos versos que cierran el libro: «lo que importa de verdad sucede siempre / tan lejos de los días hábiles». La luz se marcha, y qué hemos hecho aparte de trabajar y cumplir con la rutina y demás compromisos cotidianos. Como dice Fernández Mallo en uno de sus poemas, «lo más difícil de narrar siempre es el presente». Y si es difícil advertir el instante, cuánto más si se trata de un presente alienado. Nos estamos hiriendo continuamente para encajar en un molde que casi nunca elegimos.

Y entre los días hábiles y los festivos que caen a cuentagotas, pienso en esas lecturas felizmente realizadas, así como en tantas otras pendientes, que estoy deseando leer a la espera de dar respuesta al cuándo. Como la última novela de José Ovejero, Insurrección (Galaxia Gutenberg), o el reciente libro de relatos de Andrés Neuman (Anatomía sensible, en Páginas de Espuma). Igual que las novedades de poetas excelentes (Basilio Sánchez, Javier Temprado Blanquer) que se asoman en la mesilla. Son balances y faltas extrapolables también a la música o al cine. Y a la vida. Sobre todo a la vida.

Porque pasan los días, pasan los triunfos y derrotas, pasan los sueños. Y cada día la luz, como decía antes, es distinta: hay anocheceres que son Turner, en una batalla náutica de tonalidades; otras veces el contraste los hace románticos y Friedrich; si la tarde es despejada, la uniformidad les concede un aire Rothko. Pero a veces el cielo es, simplemente, gris. Igual que la vida. No hay mucho que hacer. Aunque sí está en nuestra mano imaginar, como canta el gran Rafael Berrio, «medusas y dragones de perfil». En las nubes del cielo. Pero, por qué no, también en nuestra realidad cotidiana.

Quedémonos, por tanto, con esos dragones y medusas. Inventémoslos si no existen. Por si pudieran devorar el gris de los días hábiles. Por si el molde se quiebra y, mientras alguna cuenta del tiempo sea aún posible, pudiéramos acercarnos a quien de verdad querríamos ser.

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