La sala Mardi Gras: dos décadas con infinitos momentos de felicidad colectiva

El local, referencia en Galicia de la música en directo, celebra una programación especial


A Coruña

Faltaba mes y medio para que concluyese el siglo cuando abrió la Mardi Gras. Casualidad o no, lo cierto es que a la sala de Monte Alto (A Coruña) le sienta mejor el haber nacido en el XX. Su esencia y su estética son de otro tiempo. De aquel tiempo. Sus paredes, forradas de carteles y alicatadas de ilusiones, emociones y, claro, también de desencantos, han sido testigo a lo largo de estas dos décadas de momentos impagables, de escenas que han quedado aprehendidas a la memoria de casi una generación, de sonidos de esos con los que se tejen las leyendas.

 «Cuando Yolanda (Villa) abrió la Mardi Monte Alto era un páramo», recuerda Tomi Legido, su actual programador. «Aquí había que venir y no era fácil llegar». Quizá por ello, a la hora de hacer balance de estas dos décadas aquellos primeros años los recuerdan como los más duros. «Nadie conocía la sala, ni los grupos ni el público». Pero la voluntad de sus promotores de convertir la sala en una referencia de la música en directo en la ciudad no se quebró. Y aquí estamos 20 años después, pudiendo presumir de eso. Y de más.

«La seña de identidad de Mardi Gras siempre fue la combinación de estilos en su programación. Que todos los públicos tuvieran su concierto», apuntan. Cierto es la que a la sala se le identifica fundamentalmente por su querencia hacia el rock y hacia la música americana. «Pero aquí hemos tenido de todo: rock, garage, psicodelia, soul, blues, pop, cantautores, folk... Y teatro y cuentacuentos».

La programación especial de este 20 aniversario es el mejor exponente de esa declaración de principios. «Hemos buscado dar un salto de nivel respecto a la oferta de otros meses pero con el mismo planteamiento». Hay música hecha en gallego (Tiruleque, Familia Caamagno), grupos gallegos que merecen volver por sus recientes conciertazos (Thee Blind Crows), revelaciones gallegas que abren paso a una nueva clientela (Ortiga), bandas locales (Exit y Los Plutones) y narradores (Carlos Blanco). De la escena rock nacional se convoca a grandes clásicos como Josele Santiago o Sex Museum. Y, por supuesto, no faltará la cuota americana, iniciada el pasado sábado con Dan Baird y que tendrá continuidad con Sway Wild (miércoles 13) y Wild Adriatic (lunes 25).

La procura del equilibrio entre conciertos con respuesta en taquilla garantizada y la apuesta por nuevos grupos ha sido otro de los fundamentos inquebrantables en la trayectoria de Mardi Gras. Tomi Legido recuerda el caso de Sidonie. El pasado año la banda celebró su 20 aniversario volviendo a 12 salas que les habían dado su primera oportunidad. ¿Y cuál era una de ellas? Efectivamente, Mardi Gras. «La verdadera esencia de una sala pasa por dedicar parte de su programación a grupos que empiezan. Ayuda el tener buen ojo y predecir futuros talentos», comenta el programador coruñés.

Evidentemente mucho ha cambiado la escena musical actual respecto a la de 1999. «Hoy los fines de semana hay una oferta abrumadora. Y la gente responde bastante bien pero es imposible que haya público para todo». Con todo no es ese el cambio más sustancial que advierte Tomi Legido. «Hoy mucha gente no va a los conciertos sino a que les vean en los conciertos». Y la tecnología no hace sino favorecer esas distracciones. Es por ello que la Mardi luce desde hace unos meses un cartel en el que se solicita respeto y silencio durante los directos.

Pregunto qué es lo más importante que le ha pasado a la Mardi en estos 20 años. «Conseguir la fidelidad de la afición. Tener un público dispuesto a arriesgarse a pagar por un concierto sin siquiera conocer al grupo», contestan. ¿Y lo más gratificante? «Ver a la gente disfrutando de los directos. Mardi Gras nos ha proporcionado infinitos momentos de felicidad colectiva. Si no fuera por eso nadie mantendría hoy una sala de conciertos».

A lo largo de estos 20 años la sala coruñesa ha acogido más de 2.300 actuaciones. Asegura su programador que de los que más orgulloso se siente es de algunos ofrecidos por grupos desconocidos, «pero de esos que te traspasan el corazón». Y de haber conseguido que Santiago Auserón actuase dos noches seguidas. Y de lograr que Josele Santiago pise este mes por primera vez el escenario de Mardi Gras. Y con banda.

Pero tras recrearse en los fastos tocará de nuevo fajarse con la realidad y mirar al futuro. «No vamos a bajar el ritmo», auguran. Pero habrá que buscar nuevas fórmulas para atraer sobre todo al público joven, reconocen. «La gente que venía a Mardi Gras hace 20 años está en una situación personal diferente y hoy no sale o sale poco. Tenemos que atraer a la nueva generación y conseguir también que le den una oportunidad al rock clásico».

A ese que desde hace 20 años se ha convertido en santo y seña de este templo de la música en directo. A ese al que la Mardi no está dispuesta a renunciar porque en ello le va el alma. Porque claro que sí, claro que los locales pueden tener alma. Por lo menos Mardi Gras la tiene. Un alma que es la suma de esos trocitos de alma que hemos dejado cada uno de los que allí hemos sido alguna vez infinitamente felices.

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