Pequeña joya de la literatura antibelicista


¿Un descubrimiento? Ojalá. El prolífico escritor holandés Willen Frederik Hermans (1921-1995) pasó prácticamente desapercibido en España cuando en el 2010 Tusquets publicó El cuarto oscuro de Damocles. No debería repetirse el error ahora que, el pasado lunes, llegó a las librerías la traducción al castellano de una obrita maravillosa, La casa intacta, de la mano del exquisito sello independiente Gatopardo, lo que ya debería ser de por sí una advertencia al gourmet avisado. Son solo ochenta páginas, apenas sesenta si se tiene en cuenta lo que ocupa el epílogo de su compatriota Cees Nooteboom. Pero qué páginas. Sí, quizá un grito ahogado en el desierto, aunque no por ello pueda evitarse pensar que hace mucho tiempo que no aflora por estos pagos un libro así de contundente contra el sinsentido de la guerra. Y no hay exclamaciones, ni juicios, ni llamadas a la reflexión, ni moralejas... La sutileza de la prosa de Hermans no precisa engolar la voz ni ampulosidades para llegar a donde el autor quiere ir: la crueldad absurda del ser humano, la ambigüedad de los heroísmos en los conflictos bélicos, la supervivencia, la cobardía y el miedo como grandes motivaciones del soldado.

Poco más que su capacidad de observación (él vivió la ocupación nazi de Holanda) le hizo falta para narrar este relato-pesadilla, que de tan irreal que parece es perfectamente real. Tanto es así que cuando lo escribió (en 1950) y fue editado, la crítica arremetió contra Hermans, cuya obra tildaron de pornográfica, perversa y antipatriótica: lo acusaron hasta de «ensuciar el nido». Aquella demostración de odio lo abocó al exilio. Lo cuenta Nooteboom en su texto, donde admite que el país no estaba preparado para que los hechos estropeasen el sueño heroico, la imagen que Holanda tenía de sí misma tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero la precisión sin fariseísmos de Hermans no dejaba lugar a dudas sobre lo que llamó el «universo sádico» del hombre. Aquello echaba por tierra la visión romántica de la labor de los milicianos y de la resistencia contra las huestes de Hitler. Para mayor universalidad de lo relatado, el protagonista es un partisano holandés sin nombre enfrascado en la batalla y las escaramuzas con el ejército alemán en un frente también innominado, quizás en algún lugar de Centroeuropa. Un hombre sin rostro ni ideología, puramente animal, o peor. Y «sin catarsis a la vista», como anota Nooteboom. Entre el estremecimiento y el asco.

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