Mafalda vuelve y sigue siendo la jefa

La nena más libre y combativa da el salto al escaparate con «En esta familia no hay jefes». Solo para hogares que son una cooperativa


Cabezona, libre, idealista, con la lengua larga y la falda siempre puesta. Mafalda ha vuelto, este octubre, tal como es, original como la parió Quino (Mendoza, Argentina, 1932) hace ya 55 años en el semanario Primera plana. «En esta familia no hay jefes, somos una cooperativa», le aclara la portavoz de la casa al vendedor a domicilio que llama a su puerta. ¡Esta es Mafalda! Y esta, la sentencia que da título a la nueva tira con la que nos invita, una vez más, a entrar en su hogar, dulce hogar a veces. Han pasado décadas, y sus aventuras no dejan de ser un soplo de aire fresco, todo un catálogo doméstico-social. Familiares y amistosas, pero con el sentido crítico por delante, o por detrás. Tras Femenino singular, el sello Lumen lanza En esta familia no hay jefes. Si eres mafaldista o mafaldero, te va a gustar, che... Mirá, pibe. No son pelotudeces.

 El hijismo de Mafalda, la teoría del concepto y su casuística particular, asume el protagonismo en estas 160 páginas de viñetas en tira que resisten bien el revelado de los años. La clase media es a veces «mediaestúpida» para la niña que más quiere al mundo, o al menos que más atenciones y mimos le dispensa a su globo terráqueo, al que acuna como a un nenuco y al que jamás cambiaría por una serie de televisión (¿Chernobyl quizás?). Memorable la secuencia en que Mafalda está viendo un programa en el que dicen: «No olvidemos que a nuestros padres les debemos la vida». Y, abochornada, se levanta y se planta ante el asombro de sus padres: «¿Cuánto es?». Oooh.

La diferencia entre papá y padre también queda mafaldamente clara en esta selección de tiras que pueden contradecir los mensajes del juez Calatayud, o del gran Carles Capdevila, cuando decía eso de que la familia no debe ser una democracia sino «un gobierno fuerte liderado por tecnócratas». En casa de Mafalda, eso sí, hay «terroristas de la felicidad» en activo solo la noche de Reyes, y golpes de Estado a la caja de bombones...

SER NIÑO, UN DERECHO

El gobierno de este hogar sin apellidos ni grandes ingresos, pero con vacaciones a la playa, lo ejerce, más bien, un emotivo, como señala Mafalda, infante de hierro, en una tira en alusión a su padre, al caérsele una lagrimita cuando Guille se abraza a sus piernas a la vuelta del trabajo.

El mensaje de la niña comprometida y snob, con carácter y pelo crespos, es tierno e incómodo, con denuncia social y humor adulto. Tiene las constantes vitales de las grandes ideas, para no venirse abajo ante las borrascas con que las circunstancias nos zarandean la vida.

Mafalda vuelve a colarse en casa, en el barrio, en el colegio, impetuosa e intempestiva, en cualquier momento del día o de la noche (aquí el mítico asalto a la cama de sus padres con preguntas, los ojos blancos recortándose en un fondo negro... y del desconcierto de sus padres: «Papá, ¿somos todos iguales?». Ajá. «Iguales... ¿a quién?) para recordarnos que un asunto familiar es, en el fondo, un asunto social, que es, en el fondo, un asunto político. La argentina que nació como una idea para una firma de electrodomésticos (pero dejó lo de ser modelo de aspiradoras para hacernos reír con su filosofía) lanza otro mensaje importante por el altavoz de sus viñetas: el juego libre es uno de los derechos del niño. En línea con Eva Millet, experta en hiperpaternidad, o Katia Hueso, autora de Somos naturaleza, defiende el juego no dirigido, la creatividad que nace del aburrimiento, como un antídoto contra la ansiedad que generan hoy el ritmo y las agendas de niños y adolescentes.

Las familias no son reales si son perfectas, y viceversa, recuerda también Mafalda, que le pregunta a su madre: «¿Mamá, qué te gustaría ser... si vivieras?». La pucha. Los que pasamos el ecuador de los 40, empezamos por ser hijos de Mafalda. Pero hoy somos, con los retoques de lo políticamente correcto, un poco como el padre de Manolo (en lugar de con un lápiz, con el móvil a la oreja) o la madre de Susanita (radiocotilla en antena 24 horas). Los que fuimos en los 80 hijos de Mafalda hoy somos más su madre, Raquel, amenazante como una sopa espesa, pasando el plumero o la mopa con una cinta atada al pelo, dándole al monólogo de la queja de los precios del súper o subiendo a última hora el bajo del mandilón del cole. O como su padre, cultivando a diario la paciencia con radio, libros y plantas, firme candidato al Nobel de la maceta.

Mafalda, ¡vente con Fonda y Greta! La lucha contra el cambio climático te espera.

TÍTULO: «EN ESTA FAMILA NO HAY JEFES»

AUTOR: Quino

EDITORIAL Lumen PÁGINAS 168 PRECIO 12,90

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