El hombre que destripó el mundo de la moda en los 50

Bill Cunningham ha pasado a la historia como el fotógrafo que inventó el «street style», pero dejó unas memorias que cuentan mucho más


No puede hablarse de Bill Cunningham sin invitar al lector a sentarse en una terraza con vistas para observar -no ver, no se confundan- a la gente que pasa. Quizá descubran que tienen un sexto sentido para distinguir a esas personas especiales que se disfrazan con la multitud. Como aquel austero hombre de Boston que, tras desafiar al «qué dirá la gente» que le repetía constantemente su madre, ha pasado a la historia de la moda por ser el descubridor del street style. Y prueben a hacerlo mientras dan pequeños sorbos a un cóctel de té matcha, jengibre y agua de coco con la exuberancia barroca con la que Bill decoraba las estancias en las que confeccionaba sus sombreros antes de que «su historia de amor» por ese arte se desvaneciera y acabara dejándolo por las crónicas de moda, primero, y la cámara, después. Al fin y al cabo, confiesen, quién no ha jugado a las mariquitas con los transeúntes alguna vez. Una carrera en la moda descubre quién era Bill Cunningham. Cuenta secretos como que desde niño le gustaba la ropa de mujer e ir componiendo el estilo de aquellos que veía pasar por las calles de la conservadora Boston de los años cuarenta. Pero esta obra editada en España por Superflua es algo más que unas memorias. Es un tratado de sociología, un legado póstumo que invita a aflojarse el corsé porque, como dice el propio Cunningham o William J. (nombre que usaba para sus sombreros) en el libro, «solo aquellos dispuestos a sacrificar la seguridad y comodidad del sistema establecido, y a luchar por sus creencias individuales, provocan los cambios que hacen avanzar el mundo».

La historia fascina porque el personaje es maravilloso y va presentando a otros fabulosos de los que habla como quien cuenta la vida de la vecina del quinto. Aunque en realidad personajes como Nona y Sophie, las fundadoras de la elegante y sofisticada Chez Ninon, eran unas vecinas que acabaron convirtiéndose en sus grandes amigas. Eso que, en cuestión de moda, Bill no tenía nada que ver con ellas. Por no hablar de cuando alquiló a una escritora inglesa la mitad de su estudio y resultó que la dama trajo con ella a su marido de entonces, el gran Norman Mailer.

Cunningham era un observador, un voyeur que no se escondía, un hombre que se colaba en los desfiles de grandes diseñadores. No lo hacía para ver sus colecciones, que también. Lo hacía para ver cómo iban vestidas aquellas damas que buscaban hacerse un hueco en la sociedad neoyorquina de la época. Y distingue entre las trepadoras, las verdaderas damas con estilo, las que llevan prendas prestadas... Lo hace con gracia, con cierta crítica a un mundo en el que se movía como pez en el agua, pero que a su modo también criticaba. Recuerda, por ejemplo, como la moda en Nueva York miraba a París. Los diseñadores neoyorquinos pagaban grandes cantidades de dinero por acudir a los desfiles de Europa y luego, semanas después, esos mismos diseñadores traían sus colecciones desde París para presentarlas en la Gran Manzana a precios mucho más económicos. Fue en uno de esos desfiles, el que dieron Balenciaga y su discípulo Givenchy, donde descubrió por qué el maestro era el maestro. Por supuesto, también se coló. Fue fascinante. Mejor dicho, quedó fascinado.

Dior marcó la diferencia

En esos desfiles se cocinaba todo. Porque a diferencia de lo que ocurría antes de la Segunda Guerra Mundial, durante aquellos años nadie se fijaba ya en los apellidos del Social Register, solo miraban de quién ibas vestido. Quien marcó la diferencia en aquel Nueva York fue Dior con el nacimiento del New Look. Eso es lo que cuenta Cunningham, que abandonó la sombrerería cuando dejaron de llevarse los sombreros. Empezó a cambiar el paso el día que los diseñadores comenzaron a poner pelucas en la cabeza de sus modelos, pero lo hizo efectivo cuando se dio cuenta de que sus viejas clientas no se emocionaban ya con los nuevos diseños. Fue entonces cuando lo dejó y cuando John Fairchild J.R. le pidió que escribiera una columna en Women's Wear Daily. Bill nunca fue de Vogue.

Pero estos son solo algunos secretos que revela en las páginas de este libro que se lee del tirón y donde da grandes lecciones de moda. Por ejemplo, no puedes luchar contra una tendencia o para triunfar, mejor dicho para forrarse en este negocio, hay que dar el salto en el momento justo. No vale adelantarte a tu tiempo porque, al final, el artesano no logra ganarse la vida como lo hacen los que fabrican al por mayor. Al menos no lo lograban en aquella época. Lo curioso es que Bill Cunningham guardó todo esto en papeles hallados tras su muerte. Estas memorias en las que hace preguntas como «¿por qué todo el mundo teme ser uno mismo en su propia ciudad?» son como un legado, una herencia para todo ese mundo que él observó y retrató.

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