Pancho Varona: «Mi lugar en el mundo está a la izquierda de Sabina»

Lleva cuatro décadas trabajando con el flaco de Úbeda. Cien canciones creadas y una historia que contar detrás de cada una de ellas

S.F.

En tiempos de ego, postureo e Instagram, Pancho Varona transmite humildad, fidelidad y autenticidad. Un talento desbordante al servicio del maestro de Úbeda, Joaquín Sabina. Apenas se ha desmarcado para emprender un camino distinto al del cantautor. Actualmente, los fines de semana que le dejan libres la banda y las Noches Sabineras, coge la Ruta 52. Una gira con la que busca recorrer todo el país. Durante el mes de agosto actuará en tres ocasiones en tierras gallegas. Boiro, Ferrol y O Grove serán sus escenarios.

-Qué tiene Galicia de especial?

-Mi familia más querida es de A Coruña. He pasado muchos años de mi niñez y de mi adolescencia por ahí. A Coruña es para mí la ciudad más bonita del mundo. Me enamora verla en un mapa rodeada de mar, su paseo marítimo, los jardines de San Carlos. A Coruña es una ciudad mágica, me gusta más aún cuando llueve, aunque sé que es fastidioso para vosotros [risas].

­-¿Qué puede encontrarse el público en los próximos conciertos en solitario?

- La gente va a poder descubrir lo que no sabe de las canciones que todos sabemos. Canto las canciones más conocidas de Sabina, pero antes cuento cómo se hicieron.

­-Solo has publicado un disco en solitario y en 1995. Tenía canciones preciosas, como «Un día». ¿Por qué no has vuelto a publicar?

­-No tengo vocación de solista. El primer disco y único que hice, lo publiqué porque me convenció la discográfica. Mi sitio está dos metros atrás y a la izquierda de Joaquín. Ese es mi lugar natural en el mundo.

­-¿Ha perdido la música el hambre de cambiar el mundo que tenía entonces?

­-La situación sociopolítica es distinta. En los años 70, muchos cantautores lucharon por cambiar las cosas y ayudaron a hacerlo. Las cosas ahora son distintas, igualmente siempre se hablará de amor, lo más importante.

-¿Cómo empiezas a tocar con Sabina?

-Yo era fan de Sabina cuando él aún no era conocido por nadie. Iba todos los días a verlo tocar a un sótano que se llamaba La Mandrágora. Joaquín acababa de tocar y se sentaba en una mesa con el público a tomarse algo. Un día en una de esas conversaciones, Joaquín dijo: «Necesito un guitarrista eléctrico porque voy a dar un concierto en el Teatro Salamanca , ¿conoceis alguno?». Yo levanté la mano y le dije que me sabía todas sus canciones. El me contrató sin haberme escuchado nunca tocar la guitarra. Yo estaba estudiando, no tenía pensado dedicarme a la música. Si ese día no llego a ir al concierto, sería funcionario, con suerte.

­-¿Tiene algún defecto como jefe?

-Es el jefe soñado por cualquier músico en este país. Y como amigo también, irte a un restaurante con él y charlar es fantástico.

-¿Las famosas sobremesas de Sabina?

-[Risas] Sí, yo soy una persona a la que le gusta comer solo y en cuarenta minutos, pero con Joaquín me tiro tres horas disfrutando de la comida, riendo, escuchando y aprendiendo. Cuando vivía Javier Krahe, comía con los dos, esas sobremesas eran interesantísimas, he tenido mucha suerte en la vida.

-Has dicho que «Ruido» es tu canción favorita, ¿por qué?

-Es la historia de una pareja, muy dramática y con el mar de fondo. La letanía final de gente cantando es muy triste. La favorita de Joaquín es De purísma y oro.

-¿Qué has aprendido de Sabina?

-Lo he aprendido todo. A leer, a escuchar música, a componer canciones, a viajar. Me ha enseñado con infinito amor cada país de Latinoamérica que hemos visitado.

-¿Y él de ti?

-No lo sé. Yo soy malo enseñando, pero muy bueno aprendiendo. Soy un gran aprendiz.

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