Eloy Tizón: «La literatura son unas gafas que ayudan a corregir la miopía mental»

«Sentimos que la realidad no basta, ¿no? Sería triste que la realidad se redujera a la mera supervivencia, a las necesidades biológicas o fisiológicas», dice Eloy Tizón, que acaba de visitar Galicia con «Herido leve», un viaje singular por treinta años de memoria lectora, un amor (duradero) de libro


¿Cómo lee un escritor? Eloy Tizón (Madrid, 1964), un lector particular, lee reescribiendo historias, haciendo suyos hasta los libros que no lo son. El autor de Técnicas de iluminación o Velocidad de los jardines, que ha viajado esta semana Galicia con Herido leve, vuelve a mostrarse como un maestro del género breve en la distancia larga, en la maratón de revisar treinta años de lecturas.

-Treinta años de memoria lectora se condensan en «Herido leve», que define como un libro involuntario. ¿Por qué?

-Involuntario un poco entre comillas. Ha ido surgiendo de manera muy orgánica. El motor fue la curiosidad, la lectura de textos antiguos que tenía escritos. A ese núcleo se añadieron otros textos inéditos, y eso fue creciendo de forma natural.

-¿Coincidió con sus viejas impresiones, está de acuerdo consigo mismo?

-No ha habido grandes desencuentros. Han pasado años y no he podido suscribirlo todo, pero en lo general he estado de acuerdo, he pulido vaguedades y le he dado precisión y tono literario. Me he enfrentado a este libro con la conciencia de estar haciendo literatura. No hay un escalón, ni ruptura, entre mis libros de relatos y Herido leve, por más que pertenezcan a géneros distintos.

-Pero sobre todo es poeta, ¿no? Su narrativa late con músculo poético.

-Esa mirada es común, sí, bien cuente historias o hable sobre libros. Luego también creo que el libro tiene un aspecto narrativo. Hay un ejercicio narrativo, que está en contar, por ejemplo, la vida de Flaubert de una forma atractiva.

-Toda biografía es ficción, advierte. ¿La vida es un relato?

-Construimos nuestra vida con una estructura narrativa. Pensamos en diferentes etapas, en fases, en puntos de giro, en revelaciones repentinas... Y al final es algo que tiene que ver con la propia estructura del relato. Le damos a la vida una estructura narrativa, lo hacemos en privado y también con las vidas de los demás.

-¿Cómo dejó de ser un herido grave, por la realidad de los hechos, a un herido leve gracias a los libros?

-Ese es el gran misterio, la alquimia de la literatura y casi el pequeño milagro que ejerce sobre nosotros. Yo creo que hay un factor de deslumbramiento, casi de epifanía, ante determinados libros, que nos hace intuir que son algo importante, que nos va a acompañar e incluso a moldear la vida. Los libros son un refugio, una compañía, un desahogo, un elemento casi medicinal, un diálogo constante.

-¿La realidad resiste la comparación con la buena literatura?

-Lo que sentimos es que la realidad no basta, ¿no?, que sería triste que la realidad se redujera solo a la mera supervivencia, a las necesidades biológicas o fisiológicas. Ese suplemento de belleza que necesitamos es lo que nos da el arte. Todas las artes. Una vida sin ellas resultaría para muchos de una pobreza desalentadora.

-¿Siente que le han robado los libros vida, experiencias reales?

-En la literatura es todo intensidad. En la vida, a veces hay intensidad, y otras, no. En la vida hay una especie de caos difícil de comprender, que me parece que es lo nos empuja hacia los libros. En ellos hay una armonía que nos consuela mucho.

-En «Herido leve» advierte que uno no se puede aislar, que «del roce permanente con el mundo exterior surge todo».

-Yo no creo en las torres de marfil, en el artista encerrado con cierto atisbo de superioridad. La literatura debe estar encardinada en la vida. Los libros no son algo aparte de lo que vivimos. Leemos en el transporte público, en los hospitales, en los aviones, donde sea... No hay una división constante entre lo que vives y lo que lees. Hay una cita de Esperanza López Parada que me gusta mucho que dice: «Biblioteca y vida son sinónimos».

-Flaubert escribió a su amante Louise Colet: «He tardado cinco días en escribir una página», cuenta entre otras anécdotas en este libro. ¿Cuánto ha llegado a esperar por una frase?

-¡Años! Hay adjetivos que colocas de manera provisional, sabiendo que no es el definitivo, que va a tardar en llegar el justo para definir algo. Lo que demuestra que la literatura es una cuestión de paciencia, de saber esperar, de manejar esa mezcla entre la urgencia y la paciencia

-Me ha sorprendido no encontrar en este libro a Stefan Zweig.

-Desde el primer momento renuncié a hacer una historia universal de la literarura. Me consuela pensar que la parte que hay sea lo suficientemente atractiva para compensar las lagunas o los olvidos involuntarios que puede haber en el libro.

-¿Primer flechazo literario? ¿Lo recuerda?

-Fue en la adolescencia, con 16 años. Hubo varios, pero recuerdo el descubrimiento de Piedra de sol, de Octavio Paz. Desde el punto de vista del lenguaje, tenía una fuerza del lenguaje que yo ignoraba que se pudiese tener.

-Dice que la literatura le graduaba mejor la vista que sus gafas...

-El mundo sin los libros sería una nebulosa. Los que somos miopes vemos el mundo desenfocado [risas], y cuando te gradúan la vista descubres otro mundo. Descubres un mundo que tiene perfiles, relieves, colores que eras incapaz de ver. La literatura desempeña ese papel de gafas para corregir la miopía mental, permite entender que hay otras vidas distintas de las nuestras e ir poco a poco afinando la mirada. Nos da un lenguaje, una mirada, algo para poder conversar con nosotros mismos y conocernos mejor. A mí me parece muy difícil tener ni remota idea de cómo es el mundo y de cómo soy yo sin la literatura.

-¿Cómo ve de miope mental el mundo de hoy?

-Es una pregunta complicada. No me atrevería a hacer un diagnóstico breve. Pero este libro sirve también un poco de sismógrafo para saber cómo han ido cambiando los gustos en torno a los libros, que nos da pistas sobre de dónde venimos y dónde estamos. Me refiero a esos autores que fueron mitos en su época y hoy están desprestigiados, y al revés, esos autores que estaban en la marginalidad y hoy consideramos centrales. Creo que esa conciencia de la relatividad de nuestro gusto, y de nuestras preferencias, es un baño de humildad, para no ser excesivamente dogmáticos en lo que respecta al canon literario. Establecemos jerarquías rotundas que el tiempo a veces viene a desmentir.

-Le planteo una pregunta que aletea en «Herido leve». ¿Qué pasa con un deseo cuando se cumple?

-En la vida el deseo siempre está un poquito más lejos que en la literatura, nunca llegamos a alcanzarlo del todo, pienso. En la literatura existe esa posibilidad de hacer el ensayo de darle al personaje todo lo que desea, y ahí las conclusiones es frecuente que tengan un dejo de amargura. La satisfacción total creo que no existe. Sí la posibilidad de soñar.

-Escribir es también dejar el libro en manos de otros, de sus lectores. ¿Cómo lleva la gira con «Herido leve»?

-La literatura tiene una parte de soledad radical, después de la cual empieza un período de bastante sociabilidad. Es un contraste curioso. Hay una parte de los viajes que es cansada, pero también hay otra de felicidad en compartir con los lectores, en notar calidez cuando se refieren a tus libros. Esa parte compensa todo lo demás, el cansancio. Es gratificante asistir como testigo a los pasos que va dando tu libro y luego ya dejarlo que camine solo.

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