Tienes que leer la última de Edurne Portela

Xacobe Pato Gigirey, librero en Cronopios, escribe sobre «Formas de estar lejos», la nueva novela de Edurne Portela, que visitará Galicia este abril


Conocí a Edurne Portela con sus dos primeros libros, El eco de los disparos y Mejor la ausencia, un ensayo y una novela que indagan sobre la violencia terrorista en Euskadi. Son dos libros diferentes y deslumbrantes que parece que dialogan entre sí. Desde la publicación de ambos, su autora se ha convertido en una escritora y columnista de referencia, en una voz fresca, firme y singular que vino para quedarse. Pero también, y no menos importante, en una escritora a la que los lectores esperamos y celebramos.

Con Formas de estar lejos sigue construyendo una sólida carrera literaria explorando la violencia y las distintas maneras que tiene de expresarse y representarse. En esta novela habla de violencia de género. Sí, pero no solo, porque la violencia nunca tiene una sola cara.

Alicia, la protagonista, es una joven vasca que conoce en un pub de un pueblo del sur de Estados Unidos a Matty, «un chico rubio, alto, cachotas, los ojos claros». Enseguida se van a vivir juntos. Ella es una mujer inteligente, una intelectual que comienza una exitosa carrera en la universidad y que ha dejado atrás parte de su vida en Euskadi. Él es un hombre práctico, deportista, de costumbres llanas, un buen chico. Se casan: ambos tienen trabajos cualificados, una buena casa y una vida acomodada. Hasta aquí tiene todo tan buena pinta que por fuerza tenía que torcerse. La carrera de Alicia sigue su curso ascendente; sin embargo, su relación empieza a desplomarse.

Echa a andar entonces una historia de violencia y silencio que deja al lector sin poder levantarse del sofá. Lo consigue Portela huyendo con inteligencia de las caricaturas y los estereotipos. Matty no es un ángel que de la noche a la mañana se transforma en un gañán y le rompe la cara a su mujer. La violencia de género puede ser ruidosa, agresiva, descomunal, pero también sutil, silenciosa, pequeña; y siempre es destructiva. Puede manifestarse, por ejemplo, como la satisfacción terrible del maltratador al sentir que la persona a la que ama se encoge, se hace más insegura. Si en el amor se cuela la violencia por un resquicio lo contamina todo. No es una novela moralista, porque no se juzga a los personajes, sino que aporta luz y visibilidad a comportamientos infames más o menos normalizados en nuestras sociedades y en nuestras relaciones. Nos enseña además que, ante situaciones de violencia, no siempre es fácil saber qué hacer, cómo actuar, y aún menos calcular el efecto de nuestras acciones u omisiones.

La prosa de Edurne Portela es dura, precisa, sobria, como de cuentista americana. Es como si sus historias no pudiesen haberse escrito de otra forma. Que la lectura sea tan sencilla, que atrape de esa forma casi física y que además logre emocionar, esconde un trabajo descomunal de escritura.

Los lectores hemos esperado, ahora celebremos.

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