Andrés Suárez: «Cito mucho más a Galicia que mucha gente que va de patriota y, al que le fastidie, lo siento»

El músico ferrolano despide la gira de «Desde la ventana» con una doble cita en Santiago. Antes reivindica sus orígenes y su búsqueda de la felicidad: «Vamos a dejar ya al poeta triste»,


Se ríe Andrés Suárez cuando se le menciona un titular que le dio a este periódico en el año 2015. Decía: «Antes que persona y músico soy gallego». El ferrolano recuerda que aquello generó una gran polémica. Pero, lejos de rectificar, se reafirma. «Lo reitero las veces que haga falta. Se cabreó mucha gente. Estoy harto de que haya gente azul que no se habla con el rojo y es incapaz de tomar un vino con él. Estamos volviendo a una situación que para mí es dramática. Yo que tengo un público de extrema izquierda, de extrema derecha, de centro, de medio lado, nacionalistas… yo no limito a nadie, que a mi concierto puede venir quien sea. Me cayó una bronca tremenda por aquello. Me decían: "¿Tú qué hablas gallego, que vives en Madrid?". Se montó un pollo a nivel nacional que me encantó. Si no tienes haters no te va bien en la vida, qué cojones. Hay que tenerlos».

Con esa actitud de no mover ni una coma llega a Santiago. Hoy y mañana actúa en la sala Capitol en los últimos conciertos de la gira de Desde la ventana, un disco de signo optimista que capta el lado más luminoso de un artista que no para de crecer. Igual reúne a 10.000 personas en el WiZink Center de Madrid como rompe corazones en Sudamérica. Los que no dispongan de entradas que ni lo intenten: llevan agotadas desde hace dos días.  

-¿Sigue ejerciendo de gallego con tanta vehemencia como en aquella entrevista?

-Aunque no haya publicado nunca una canción en gallego, porque a mí nadie me va a imponer qué cantar, considero que soy más gallego que cantante. Claro que sí. Es mis discos no hay un verso libre que no cite Pantín, Cedeira, Valdoviño, Santiago de Compostela, O Grove y la costa. Yo me críe en una aldea, Pantín, hasta los 18 años. Soy nieto e hijo de marineros y eso lo voy a llevar hasta que me muera: en el acento, en la manera nostálgica de ver el mundo… Yo cito mucho más a Galicia que mucha gente que va de patriota y, al que le fastidie, lo siento. Soy mucho más gallego de lo que soñaba. Mis amigos poetas me achacan, un poco con razón, que me estoy pasando un poco. Me dicen que deje de hablar en los poemas de ancla, mar, piedra, faro, obradoiro… Y tienen razón.

-La semana pasada entrevisté a Beret. Me habló de usted, diciendo que era uno de sus guías musicales de la adolescencia junto a  los raperos SFDK. Me recuerda a cuando usted afirma que le pone una vela a Serrat y otra a Extremoduro, cosas de compartimentos sonoros muy diferentes. ¿Tienen que ver?

-Es que tiene todo que ver. Entiendo que tenemos que vivir en la etiqueta y que hay que poner «cantautor» en el pie de foto cuando salgo yo. Acabas de hablar de Beret y, mira, es un fenómeno total. Está llenando estadios en Argentina. Estamos ante un tío que puede que haga historia en la música y no sabes cuánto me alegro de ello. Este tío se quiere comer el mundo con la palabra. ¿A mí qué me importa si es hip-hop, jazz, blues o heavy? Es su palabra. Me alegra mucho que hable de mí y ser un referente para Beret es un honor.

-¿Era tan ecléctico de joven como él?

-Mira, yo nací en el 83. Iba con mi padre en el coche y, en el trayecto del instituto al conservatorio, escuchábamos a Metallica, Luar Na Lubre, Milladoiro, Antonio Vega, Pablo Milanés y Franco Battiato. ¿Qué tiene que ver esto? Todo. Porque en esa riqueza y es colorido nace la música. La de Serrat y la de todos. Lo que importa es la emoción.

-En su último disco se muestra más feliz y con más luz. Hay quien echa de menos al Andrés Suárez melancólico y triste. ¿Qué piensa de la gente que lo prefiere atormentado que verlo alegro?

-[Risas] Diles de mi parte que yo les deseo lo mejor. Solo les deseo el bien. Yo no quiero que nadie que me escuche esté triste, jodido y amargado. Es más, si le toca la lotería mejor. Que sean muy felices. Me parece una completa estupidez la etiqueta del poeta maldito, del artista que solo tiene que saber de bares de noche, con drogas y perdición, escribiendo trasnochado… eso del poeta triste vamos a dejarlo ya a un lado. Creo que cuando te levantas a las ocho de la mañana y tomas un café escribes de una manera más lúcida. Te enteras de todo. Con optimismo, tristeza o desasosiego, pero lo ves todo más claro. Yo ya no quiero volver ahí. Me hablan mucho de Moraima, un disco de rencor, dolor y rabia. Es el disco de «No quiero volver a verte», de «Te di más importancia que a la paz mundial», de una separación. Por aquel entonces no dormía y solo visitaba a los bares.

-¿Por qué?

-Creía que había que ir ahí, donde estaba Sabina y los poetas geniales para poder escribir como ellos. Pero es que ya no tengo 20 años, tengo 35. Yo quiero ser feliz, aspiro a tener a mi lado a una persona increíble, a tener a amigos increíbles y, luego, ya veo si escribo desde la tristeza o no. ¿El estereotipo de que un cantautor tiene que tener ojeras y estar mal? ¡Váyase usted a la mierda! De hecho, lo reivindico con mi público. Me gusta saber lo que piensa, pero jamás voy a hacer lo que me dicte el público. Yo voy a hacer lo que me dicte el corazón.

-En su caso, al ser una música tan autobiográfica, sería pura impostura, ¿no?

-Se notaría muchísimo. Me dicen a veces: «Tienes que hacer otro disco como Moraima». Insisto: fue una etapa de depresión, de separación y de un amor no correspondido. Mucha gente se sintió identificada y quería ese dolor. Eso es maravilloso. Pero a esa persona le diría algo: que la gente que dice que el Andrés Suárez feliz no mola era la que decía antes: «¡Vaya tristeza!». Es que es imposible agradar al grupo. Como yo hiciera el disco que quiere el público, no lo iban a comprar. No les iba a gustar, porque dejaría de ser yo para vender discos. Un disco tiene que ser un momento vital. Si estás feliz, estás feliz. Mi momento personal y profesional es muy bueno y subo al escenario con una gran energía. Ese público que dice eso no estaba cuando me venían a ver diez personas, porque sé qué diez me venían a ver. No pueden abanderar nada. Pueden acompañarme o no, pero yo voy a ser lo que tengo que ser.

-¿En este momento le arde el corazón como dice en la canción?

-Sí. Te adelanto que mi próximo disco no va a tener tanto peso eléctrico, ni va haber tanto peso de banda, sino que va a ser más orgánico. Pero yo sigo en un momento en el que me arde el pecho. He dejado la noche, he dejado los bares y soy más de día. Vivo en la sierra de Torrelodones con unos perros con los que doy paseos, siendo sumamente feliz. Si eso le fastidia a alguien pues algún problema tendrá. Yo prefiero estancarme en la felicidad que en la tristeza. Se pueden hacer canciones tristes, pero hay que vivir. En Moraima no era capaz de sonreír y eso es una mierda.

-Ya pertenecer al club de los que han llenado el WiZink Center, que parece que es la medida del éxito en España. Al mismo tiempo le he visto relativizar mucho con eso. ¿Una necesidad de tener los pies en el suelo?

-Mira, el año pasado hicimos el Palacio de los Deportes de Madrid y se llenó. También en Palacio de Congresos en Santiago. El motivo de que ahora haga tres salas en Madrid y aquí dos veces Capitol, que son aforos más pequeños, es que la gente está a un centímetro de ti. Y echaba de menos eso. No por tocar para más gente eres mejor artista. Quería tocar y ver a la gente, alguna que me ve desde hace 18 años. Estamos cayendo en el tópico del WiZink Center, tienes razón. Y eso es maravilloso. Yo no lo voy a olvidar en toda mi vida, porque vino Serrat a cantar conmigo y había 10.000 personas. Pero no pienses jamás que ya está hecho, Puedes un dia llenar el WiZink Center y al día siguiente no lograr llenar el Libertad 8. Depende de ti.      

-Habla de su época santiaguesa. Dentro de la mitología del cantautor está lo de tocar en la calle. ¿Lo hizo en Santiago?

-Soy totalmente sincero: llegue a tocar en la calle allí, pero en muy contadas ocasiones. Llegué un lunes a la presentación de Magisterio Musical y el martes ya estaba tocando en el antiguo Fonte Sequelo, es decir en el Santiago en el que se podía cantar, no el de ahora. Un lunes había 50 conciertos. Subías la calle Xelmírez y en el Fuco, en el Tramoya, en el Fonte… había monólogos, cuentacuentos, magia y música. Santiago no paraba, tenía una libertad sexual y artística ilimitada. Era alucinante. Por eso lloro cuando descubro un Santiago en silencio. Es lo peor que le han podido hacer. Igual que Salamanca o León. Puede parece que uno es un carca, pero es que es verdad: había  conciertos y ahora vas y hay un bar donde antes había 40.

-¿Fue muy importante esa etapa? 

-Totalmente. Santiago supuso para mí un antes y un después. Santiago fue el atreverme a cantar mis canciones. Te podía decir lo de la calle pero no es verdad. Yo trabajaba en orquestas, a mucha honra, y con eso subsistí económicamente. Luego tocaba en los bares. Creo que toqué en todos. A veces tocaba solo para los camareros. A veces por las copas. Para conocer el éxito tienes que saborear el fracaso. Tú no tienes ni idea de qué va este negocio si crees que es llegar a Capitol y llenarlo. No, tienes que tocar muchas veces para tres personas, para que luego sean 30 y luego, 60. Pero ya que hablas de tocar en la calle, tengo una iniciativa en esta gira que se llama abriendo ventanas para cagarme en los políticos, que es algo que me encanta.

-¿Qué tiene contra ellos?

-Que para ellos un músico callejero es un mendigo que pide limosna. Y están totalmente equivocados. Para mí es un artista que trabaja en la calle. Yo fui un músico callejero en la calle y en el metro de Madrid, no lo olvido nunca. En esta iniciativa invito a músicos callejeros de las ciudades a las que acudo, invitándolos a tocar. En Santiago de Compostela hay un artista con mayúsculas que hemos invitado. Creo que es una de las futuras figuras de la canción de autor. Se llama Álvaro Iglesias. Toca en el Obradoiro. Invito a todo el mundo a que lo vea porque canta muy bien. Le invitamos a que abriese nuestro concierto en Capitol. Será un honor para mí.   

-Me habla de cuando curraba en una orquesta. Siempre apela mucho al curro y sus orígenes familiares de clase trabajadora e insiste en que lo suyo es un curro. ¿Hay una constante lucha de quitarse la tontería de encima con esa ?

-Yo solo puedo presumir de una cosa que es de carrera lenta. Yo he dudado de mí, pero nunca de mis canciones. Pero siempre lo entendí como un trabajo. Yo aún estudio piano y guitarra. Y leo. Y voy al cine y al teatro, porque si no me nutro no voy a mejorar. El que no mejora se va al carajo. Esto es un trabajo y muy duro. Como te duermas la cagas. Yo no puedo pensar que que las cosas salen solas. Para llenar Capitol tengo que hacer promoción, tengo que hablar contigo, tengo que grabar un video para que lo vean luego en Brasil y Argentina donde digan: «¡Este pavo llenó en Capitol!». Eso es importantísimo. No dormirse jamás y no considerar que en este trabajo estás de vuelva nunca. Es más, un amigo llamado Pablo Milanes en Cuba me decía que él no estaba de vuelta. Si un tipo como Pablo Milanés me dice que no está de vuelta en la música, ¿quién lo está?

Álvaro Iglesias, de músico callejero a actuar en la Capitol junto a Andrés Suárez

Montse García

El joven compostelano será el telonero del cantautor ferrolano en el concierto que ofrecerá en acústico en Santiago

«Fui músico callejero. A mí me ayudó mucha gente y si puedo devolver esa ayuda que recibí y hacer que más personas conozcan a otros músicos callejeros, lo hago». Lo dice Andrés Suárez, que puso banda sonora a las calles compostelanas en sus inicios y ahora cuelga carteles de «sold out» en sus giras, como hará el viernes y el sábado en la Sala Capitol con las entradas agotadas desde hace días. Con esa intención de colaborar con otros músicos que tocan en la calle, puso en marcha Abriendo ventanas, una iniciativa en la que les ofrece oportunidad de abrir sus conciertos. Y este viernes dará el testigo a Álvaro Iglesias Seoane (Santiago, 1995), que en los últimos seis años actúa en la zona vieja, especialmente en el arco del Palacio, la Praza da Quintana y la Rúa do Vilar.

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