¿Por qué no está hablando todo el mundo de «El Milagro»?

Imaginen una crisis de Gobierno y un primer ministro ausente, abstraído por una cuestión si no mayor, sí menos manejable aún: una virgen que llora sangre sin parar


Solo Italia -medio lúcida, fervorosa y tan histriónica- podía atreverse: si Europa quería su propio Leftovers, el jeroglífico debía alojarse en un país con entrañas devotas, en un lugar cuna, raíz, sofocante y muy poco sereno, combustible puro. Solo en un sitio así podrían poner a un primer ministro agotando mandato, harto desgastado y para colmo escéptico, a lidiar con una virgen de apenas dos palmos de altura que llora 90 litros de sangre al día.

A ver cómo se come eso, a ver cómo le explicamos a un país enfrascado en otros negociados -sopesando a quién quiere más, si a mamá comunitaria o a papá nacionalista- que no solo resulta que la talla derrama lágrimas de glóbulos rojos, sino que además la santa madre no para de sollozar, cual grifo abierto. Como ya hicieran Lindelof y Perrotta, El Milagro introduce en un entorno adusto y complejo -un referendo suicida y narcisista para decidir sobre la continuidad en la Unión Europea y un Ejecutivo recogiendo bártulos, asumido el inminente desalojo- un elemento que trasciende a toda lógica humana, un fenómeno incomprensible que hace saltar todo y a todos por los aires.

Adaptada por Niccolò Ammaniti, autor de la novela germen y ganador del premio literario Strega, la serie de seis episodios que Sky tiene pensado estrenar en España el próximo 22 de enero lleva el peliagudo asunto de la madonna llorona, a diferencia de la partida escandalosa de la citada serie de HBO, con sorprendente discreción -primer interesante atisbo de distancia-. Porque lo que aquí se plantea no es una asimilación colectiva del enigma ni un seguimiento de su digestión; el proceso, en esta ocasión, es un ejercicio individual que adquiere otro matiz, el que aparece cuando, una vez entendido que hay que desaprender lo aprendido, uno se plantea usar lo extraordinario en beneficio propio, cuando emerge el instinto más animal, cuando el «yo» escala en la lista de prioridades hasta colocarse en el primer puesto.

Funciona bien El Milagro porque, astutamente, los italianos la arrastran a su propio terreno, cómodos en él, y porque son expertos en proponer intrigas sin explicación: la historia del país puede relatarse encadenando una tras otra, tras otra, poco dados ellos a la solución empírica, al fin y al cabo es su tuétano una ciudad enclavada en la mismísima Roma que por ley tiene una tabla de mandamientos y por código un libro en el que se cuentan milagros. Si sumamos, además, lo exótico de esa mafia calabresa tan folklórica como temida -que tan bien les funciona en Gomorra y de la que también tira Trust- la ecuación queda entonces completa, que no resuelta. Tampoco aquí importa.

A lo largo de los acontecimientos nos conducen hasta ocho personajes distintos que encarnan, unos con más información que los otros, muy diferentes maneras de encajar el golpe de la virgen plañidera o, en el caso de los desinformados, sus efectos colaterales. En el núcleo está el primer ministro Fabrizio Pietromarchi, interpretado por un estupendo Guido Caprino con el que ya tratamos en 1992 y 1993 y que aquí nos topamos -al principio cuesta incluso reconocerlo- en un registro bien distinto. Le escoltan su esposa, una primera dama histérica, inestable e infeliz, bomba de relojería encarnada por Elena Lietti; Sergio Albelli en la piel del devoto y diligente general Giacomo Votta, al frente de la investigación; Alba Rohrwacher como Sandra Roversi, una hematóloga encargada de indagar en el código genético del incontenible flujo; Tommaso Ragno dando vida a Marcello, un sacerdote sin fe entregadísimo al vicio (junto con Pietromarchi, quizá el perfil más logrado); la misteriosa Clelia, de la que se encarga Lorenza Indovina; y -sorpresa-, el español Javier Cámara, la rama científica, la razón, el polo opuesto al tinglado místico.

No, no se está hablando aún de El Milagro básicamente porque llega remolona a España -Sky contaba con dispararla en otoño, pero acabó posponiendo sus planes-. Paciencia: se hablará de ella. Aunque es absurda y excesiva por momentos, también es original y todo un gustazo estético, muy poco convencional, loca y realistamente mágica. Puede que no seduzca a muchos, pero si lo hace, la virgencita que acaba cambiando la vida de todos los que acaban toreándola termina por fascinar. Por perturbar.

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