Alma Guillermoprieto: «Ya es hora de empezar a hacer un periodismo nuevo»

Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, se reunió con jóvenes periodistas poco antes de la ceremonia para hablar del oficio: «Nos asustaron tanto las redes que dimos la batalla por perdida»


 A su llegada se sonroja y niega con la cabeza cuando enumeran sus méritos mientras apura el café. «En primer lugar, muchísimas gracias. Estoy llena de preguntas», nos dice Alma Guillermoprieto a los jóvenes periodistas con los que quiso reunirse en el taller Periodismo con Alma, a tan solo unos días de la ceremonia de los premios Princesa de Asturias, en la que fue galardonada con el de Comunicación y Humanidades.

«Estar entre colegas es estar cómodos», indica esta reportera que es memoria viva de la historia reciente de América Latina. Y eso que empezó por casualidad: «La vida es un largo accidente. Un amigo de mi mamá, que era reportero de The Guardian, me insistió en que debía ser reportera». Lo cierto es que el suyo fue un accidente de principio a fin, que empezó con su traslado de adolescente a Nueva York con formación de bailarina. Lo que no sabía, es que el baile de su vida sería con las letras.

Su pequeña guerra

Aquel contacto supuso tan solo el principio de una carrera meteórica. «Cuando estalla la revolución en Nicaragua, teniendo en cuenta que yo sufrí la derrota y el suicidio de Allende y el horror que se vivió en Chile, además de que tenía experiencia en Cuba, le dije a ese hombre: ‘Yo quiero ver eso, quiero ir’. Y dio la casualidad de que él no encontraba a su corresponsal de la zona, así que me fui después de pedir dinero prestado. Llegué y la primera noche me quedé dormida, pero a las cinco de la madrugada me despiertan del The Guardian porque querían una nota. No hay mejor manera de iniciarse en la reportería que con una pequeña guerra. Los compañeros más experimentados no quieren ir, y hay oportunidad para los jóvenes, porque contratan a cualquiera. Incluso a mí», indica. Tras unos primeros días beneficiándose de la que ella misma denomina como «la suerte del principiante», llegó el primer fracaso. Logró una entrevista con Somoza que jamás pudo publicar: «Fui sin saber que había que preparar las preguntas y apuntar las respuestas. Estaba paralizada de miedo», reconoce. Recuerda también cómo recortaban sus notas, porque jamás se adaptó al formato periodístico ni a la estructura piramidal: «Yo mandaba 600 palabras, describía el paisaje tropical, los papagayos... Pero ellos sacaban el texto, cogían las tijeras, le cortaban el principio, el final, y publicaban solo lo del medio».

Entre batalla y batalla, personal y política, se forjó una gran profesional. ¿Cómo se pasa página de tanta crueldad? «No se pasa la página», responde.

No faltaron las preguntas por el cuestionado futuro del oficio. «No se ha perdido el romanticismo», asegura. El primer ingrediente del buen periodista es, señala, la curiosidad. El segundo, la experiencia autobiográfica, estar en el lugar de los hechos. Y el tercero, el sentido ético y saber cómo organiza uno la información, sin atender a cómo lo hace el de al lado. Por supuesto, hay que tener la capacidad de cuestionárselo todo: «Yo empiezo todos los días haciéndome esta pregunta: ‘¿Para qué sirvo yo?’». Las peleas con el editor son, apunta, sanas, «porque a veces tienen razón», y a los defectos, incluso de escritura, no los ve como impedimentos para dedicarse al periodismo.

Ni siquiera ve en Internet un rival. «Se dice que en la era digital hay mucha forma y menos fondo», aprecia para cargar contra el papel de las redes sociales y hablar de posverdad: «Ya se acabó la luna de miel con las redes sociales y la posverdad está empezando a ser precuestionada. Nos asustaron tanto que dimos la batalla por perdida desde el primer minuto. Creo que han hecho mucho daño, aunque también hay blogs fantásticos con textos largos impecables». La del victimismo no es su guerra: «Es hora de dejar eso a un lado y de hacer un periodismo nuevo. Yo leo muchísimo en Kindle y dejé de tener la espalda arruinada por viajar con treinta libros encima».

No termina su encuentro con nosotros sin recordarnos a quién tenemos que debernos: a los lectores. «Cuando estaba en la guerrilla, mi responsabilidad principal no era con los guerrilleros, ni siquiera con las víctimas de Somoza. Era ante los lectores. Yo no era propagandista de ninguna causa ni defensora de ningún grupo social. No podía dejarme llevar por donde iba mi corazón». Ella prefirió jugárselo todo al alma.

CIUDAD DE MÉXICO, 1949

Ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. En 1969 viajó a La Habana y fue allí donde, en 1978, se inició en el periodismo como «freelance». En 1995 Gabriel García Márquez la invitó al taller inaugural de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y, desde entonces, imparte talleres para jóvenes periodistas. En sus casi 40 años de carrera, ha logrado transmitir la compleja realidad política y cultural de Latinoamérica, en especial al público angloparlante, convirtiéndose en una referencia internacional.

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