Jane Birkin: «Gainsbourg se adelantó a su tiempo»

Encarnó el «Swinging London» en «Blow Up». Escandalizó entonando «Je t?aime... moi non plus» con Serge Gainsbourg. Hermès le puso su nombre a un bolso. Es Jane Birkin, cantante e icono de toda una época, que el día 27 revivirá en Pontevedra


Un viaje en el tiempo. La música, con su capacidad de evocación, es un billete abierto a un destino sorprendente. Jane Birkin (Londres, 1946) llega el día 27 a Pontevedra para interpretar las canciones que compuso para ella Serge Gainsbourg: será un pasaje sonoro a algunas de las melodías más memorables de la década de los sesenta, pero también una ventana abierta al mundo íntimo de una pareja creadora que encapsuló su amor -y su desamor- en letras tan francas como frágil era la voz de Birkin. Con el acompañamiento de la Orquestra Filarmónica Cidade de Pontevedra -dirigida por Javier Viceiro-Filgueira-, la cantante trae al ciclo Voices el concierto Birkin Gainsbourg The Symphonic, que hasta ahora solo se ha podido escuchar en España en el festival Primavera Sound de Barcelona.

Pese a su estatus icónico, Birkin no cae en el tópico de la estrella distante: es cordial, demuestra sentido del humor y despliega naturalidad. Mientras otras celebridades se pelean por poseer uno de los cotizados bolsos que Hermès bautizó como Birkin -se rumorea que Victoria Beckham posee un centenar-, ella no duda en subastar alguno de los que tiene para recaudar fondos con destino a causas benéficas. «Fue muy divertido y halagador que me preguntasen si le podían poner mi nombre. Antes solo tenían un Kelly y yo pensé, “vaya, como Grace Kelly, qué maravilla”. Así que acepté. Ahora, cuando voy a Nueva York, hay gente que me pregunta: “¿Birkin? ¿Cómo el bolso?” [risas]. De todas formas, el mío está irreconocible, con todo lo que le he puesto».

La conversación transcurre la mañana siguiente al fallecimiento de Charles Aznavour. Birkin se quedó de madrugada viendo los programas especiales que la televisión de Francia, donde reside desde hace años, le dedicó al cantante. «Solo estuve con él un par de veces. Lo conocí en un concierto benéfico tras el tsunami de Japón. Viendo los programas en televisión no me había dado cuenta de lo cruel que había sido la gente sobre su estatura, su cara. Es extraordinario cómo se convirtió en uno de los cantantes franceses más deseados del mundo. Y lo honesto y franco que era, con muchas ideas avanzadas. Una de mis canciones favoritas suyas era Comme ils disssent, que aborda la homosexualidad, hace tantos años. Fue hace tantos años...», recuerda.

-El último superviviente de la era dorada de la canción francesa...

-Sí, fue el último, es cierto. Aunque hizo muchos duetos y apoyó a artistas jóvenes. No sabía que había escrito para Johnny Halliday. Era una persona muy curiosa. Fue fiel a sí mismo, nunca quiso ser como otra persona.

-Cuando usted se retrotrae a esa época, cuando canta esas canciones, ¿cuáles son sus recuerdos?

-Depende. Muchas de las canciones hablan de separaciones. Creo que las letras suenan mejor con el acompañamiento de una orquesta. Son extraordinarias. Serge lo convertía todo en una canción. Son tan hermosas... no pienso en el pasado cuando las canto. A veces pienso en esa época por mi hija Kate [fallecida en el 2013]. Pero en realidad soy una actriz, soy la intérprete de estas pequeñas historias, y Serge pensaba que las cantaba de la forma más emocionante, como una actriz. No pienso demasiado en ellas.

-El acompañamiento de una orquesta le sienta fenomenal a esas canciones. Todas esas cuerdas...

-Sí, es muy emocionante. Y no aburre nunca. Tenía miedo de que sonase pretencioso, pero todos los artistas, cuando se acerca el final de su carrera, quieren cantar con una orquesta, así que tampoco era una idea tan original. Pero se ha convertido en toda una aventura. Al final del medley que incluye Jane B y Je t’aime, por supuesto, es tan emocionante, es imposible no llorar. Serge nunca pudo usar una orquesta, por lo caro que era; lo hizo solo una vez, pero sabía que le encantaban las cuerdas. John Barry siempre las usaba. Sé lo que pensaría y sé que estaría emocionado, y que le encantaría ver a la gente emocionada, limpiándose las lágrimas con el pañuelo. Y estar en otro país, como cuando estuve en Hong Kong, con toda esa gente siguiendo sus canciones, pero que ni siquiera saben hablar francés. He estado en países donde me han dicho que habían aprendido francés gracias a mí, lo cual es muy divertido porque lo hablo fatal [risas]. Pero es algo que me hace feliz.

-En Barcelona actuó en un festival de pop, con público de diversas edades.

-Exacto. Serge se adelantó a su tiempo. Ver a gente abrazándose, jóvenes, quizá incluso descubriéndolo, es algo muy hermoso. Gente tan joven. Le dije al chef d’ orchestre: «Están impressionné. ¿Por qué?». «Por usted, por lo que significa y su historia», me respondió. Yo estaba allí con él cuando lo escribió y tocarlo ahora con músicos que debían de ser niños en esa época me emociona.

-Para alguien que anticipó tantas cosas, ¿cuál cree que es el legado de Gainsbourg?

-Probablemente es la persona que más ha influido en autores jóvenes. Inventó un lenguaje completamente nuevo, un poco como Cole Porter. Esa forma que tenía de dividir unas palabras, de unir otras. Era muy sofisticado. Muy sofisticado. Nunca escribía de forma que se le entendiese, sino que el público, de forma natural, entendía lo que podía. Y sus letras son extraordinarias. Cuando Mitterrand o Chirac o Lang dijeron que habíamos perdido a nuestro Baudelaire, sí, es verdad, era un poeta a ese nivel. Y escribía melodías increíbles.

-Con todo lo que se ha hablado de «Je t’aime», a veces nos olvidamos de que tiene una melodía preciosa.

-Cuando la cantas con una orquesta te das cuenta de lo hermosa que es su melodía. Y Serge era consciente de ello. Las primeras cuatro notas [tararea el comienzo de la canción]. Fue número uno. Se lo debe a su melodía, a esa respiración osada. Se ha convertido en una frase que forma parte de las expresiones, también en política. Es muy inteligente, mucho más que solo una canción de amor. También es bastante desesperada, porque no te lleva a ningún lugar. No es una canción de amor convencional. Cincuenta años después mucha gente recuerda cuando la escuchó por primera vez. Y en Estados Unidos me siguen ofreciendo ese disco para que lo firme.

-Es un ejemplo de la censura en el arte, que parece estar resurgiendo. ¿Qué opina cuando Facebook no permite, por ejemplo, los desnudos de Rubens?

-Dios mío. No lo sabía. Hace unos años me involucré en una iniciativa para llevar arte a los hospitales, todo tipo de arte, incluso desnudos, por supuesto. Queríamos poner copias en las paredes. Son sitios tan tristes y en los que pasas tanto tiempo esperando, que preferiría ver un Rembrandt o, quizá no un Rubens, pero sí un Gauguin. Y me dijeron en el hospital que no podíamos poner desnudos. Yo incluso querría poner esculturas de desnudos, para que la gente pudiese tocarlas. Hace que te sientas mejor. Creo que es maravilloso para los ciegos, pero también para todo el mundo. Te das cuenta cuando ves esculturas en lugares públicos, y ves las zonas gastadas de tocar, siempre son pechos o nalgas. Brillan y ves que la gente no puede dejar de tocarlo. Siempre pensé que era algo maravilloso. Pero la gente ya se censura a sí misma, porque sabe que si lo toca los van a criticar. Acabo de publicar mis diarios y, para mi horror, solo han sacado pequeños fragmentos fuera de contexto, ya ni miro Internet. Pero me da igual. Así es cómo éramos entonces y no veo por qué habría que censurarlo o cambiarlo. No sé.

-Aquellos eran tiempos de revolución y hoy soplan otra vez vientos de cambio. ¿Tras MeToo y otros movimientos el mundo ya no va a ser igual?

-Me parece que con MeToo las cosas ya no volverían a ser como antes y creo que probablemente eso es algo muy positivo. Cuando puedes ir a juicio o a la policía y decir que alguien te ha tocado o violado, cosas que a lo mejor antes no se atrevían a decir, o que pensaban que era algo que había que asumir. Eso está cambiando. Hay una mayor conciencia y educación. Los niños están recibiendo otra educación y tendrán un mayor respeto por las mujeres. En cuanto a la igualdad de salarios, eso estoy segura de que también cambiará. Sé que en los diarios que escribí habrá gente que piense que la relación que mantuve con Serge no era muy feminista, pero creo que nuestros hijos han vivido otras circunstancias y han tenido más fácil educar a sus propios hijos. Mis padres no se divorciaban y había familias que eran felices o infelices el resto de sus vidas. Nuestra generación tenía hijos con quienes querían, nos llevábamos a los bebés, nos separábamos, había padres, padrastros, pero los niños tenían que soportar muchos cambios y, al final, los hijos son los primero. Por lo que he visto por la generación de mi hija pequeña, Lou, que se separó de su novio muy pronto, han colaborado por el bienestar del niño. Y se ha convertido en alguien independiente, han hecho un gran trabajo educándolo. Él es lo importante en su relación. Y todo se ha hecho por su bien.

 

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