La violencia se desata para sobrevivir

El escritor vizcaíno Mikel Santiago publica su novela «La isla de las últimas voces», un «thriller» que confirma su oficio como narrador, su excelente manejo de los hilos del suspense y el misterio


¿Qué debe exigirle uno a la literatura? Emoción, consuelo, empatía, conocimiento, sabiduría, inteligencia, hondura, rigor, belleza, misterio, poesía, espiritualidad, amor... Por pedir que no quede. Pero, ¿y si lo que el lector demanda es puro entretenimiento? ¿Y si lo que necesita, al menos temporalmente, es evasión, aunque tenga que prescindir de alguna de las muchas virtudes antes mencionadas? Pues entonces está Mikel Santiago (Portugalete, 1975)... y quizá alguien más, pese a que en estos momentos su recuerdo resulte esencialmente vago. Con una trayectoria breve todavía -más allá de la autoedición, La última noche en Tremor Beach (2014), El mal camino (2015) y El extraño verano de Tom Harvey (2017)-, pero sustanciosa, el escritor vasco llevó hace apenas dos semanas a las librerías su nueva novela, La isla de las últimas voces, que confirma las expectativas despertadas y reiteradas en cada uno de sus títulos. Quizá por ello, presumen en el grupo editorial Penguin Random House, ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo, lo que pone en entredicho que lo suyo aspire a ser un secreto a voces.

¿Qué es lo que ocurre? Probablemente que en España persiste la idea de que este tipo de literatura, que bordea el relato de género, es un asunto de segunda categoría, cuando ya le gustaría a muchos de los novelistas con cierto prestigio de este país poseer el oficio narrativo de Santiago, la claridad de la prosa, el sentido del ritmo, el dominio del suspense y la solvencia psicológica. Y todo ello con un estilo desenfadado, vivaz, sin un asomo de veleidades pretenciosas -incluso cuando el eco de lo onírico y lo sobrenatural irrumpe para favorecer la ambigüedad de la historia que se cuenta dentro de los confines de lo ordinario.

Santiago sirve un thriller muy convincente que con escaso artificio mantiene al lector sediento de respuestas. Apenas lo cotidiano y una buena tormenta convierten la isla escocesa de Saint Kilda en un escenario perfecto para que se desate la violencia. Y, como dice el escritor, lo que más le interesa es la reacción de los moradores de aquel lugar perdido del Atlántico ante la llegada de un objeto a la deriva.

Llamada a la puerta

Ese pecio -un extraño contenedor flotante- es lo que la llamada a la puerta en los dramas de Shakespeare, el anuncio de una visita, de una amenaza, de una promesa, un aciago augurio que pondrá en marcha el férreo espíritu de supervivencia de las gentes del mar, en aquel lugar extremo especialmente proclives a sentirse víctimas, a salir en defensa de lo propio -o de lo que creen que les pertenece- aunque los medios tomen un cariz brutal, despiadado. Conservar la vida o el poder es una motivación fundamental, más que suficiente, pero ¿qué está dispuesta a hacer una persona corriente?, ¿hasta dónde acepta llegar para imponerse? Esas bajas pasiones humanas ocultas afloran en La isla de las últimas voces de una forma progresiva, acuciadas por unas circunstancias muy duras. La tensión de los acontecimientos bulle de forma natural, como en una novela clásica, que podría bien evocar a relatos dignos de ser escuchados ante el fuego del hogar como pueden ser muchos de los textos de Mark Twain, B. Traven, Pierre Mac Orlan o Robert Louis Stevenson.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

La violencia se desata para sobrevivir