Víctor Manuel: «Si en una pareja no hay secretos, no se puede jugar»

El asturiano presenta «Casi nada está en su sitio», su primer álbum de canciones originales desde el 2008. Un disco en el que recoge tanto historias personales como preocupaciones sociales. «Tenía necesidad de escribir de España», confiesa


Está muy contento. Dice que tiene una ilusión parecida a la que sintió cuando vio a sus hijos dar sus primeros pasos y se le iban los brazos para evitar que se cayesen. Casi nada está en su sitio es el primer álbum de canciones originales de Víctor Manuel (Mieres, 1947) desde No hay nada mejor que escribir una canción en el 2008. Reconoce que siempre que se mete en faena tiene la sensación de que se le ha olvidado cómo hacerlo. Le dura poco. Una vez que se pone, salen solas. Esta vez tuvo incluso una especie de chorreo cancionil. «Nunca había escrito tantas seguidas. No sé qué aire me dio», confiesa el asturiano.

-«Casi nada está en su sitio» puede sonar con un punto inconformista pero es muy positivo.

-Sí, es un disco muy positivo, muy optimista si lo escuchas, muy informativo, era el disco que yo tenía en la cabeza. Digo mal, yo no tengo ningún disco en la cabeza, cuando me pongo a escribir canciones, las voy viendo y eligiendo para obtener el resultado final. Estoy muy feliz con este disco, aunque habrás escuchado a miles de artistas decir esto, pero la emoción de tener una cosa nueva, con la edad mía, ¿eh?, no con la de un chaval de 30 años... Me hace muchísima ilusión.

-Cuando dices que casi nada está en su sitio, ¿te refieres a un desorden más emocional que físico?

-De todo. Me refiero a la velocidad de la información, cómo nos bombardean con adelantos tecnológicos continuos... Parece que hemos tenido smartphones desde hace 30 años, y están ahí desde hace muy poco tiempo. Esto tiene un punto desestabilizante, después de ver que alguien como Trump puede gobernar un país tan grande, te entra un desasosiego que solo queda rezar para que no nos pase en ningún país de Europa.

-Y es lo que querías transmitir.

-Esa cosa de que nada está en su sitio. Hay una canción en que lo manifiesto claramente, Nos están preguntando... Está escrita en enero de este año, pero es una canción que encaja con la historia de las corbetas de Arabia Saudí. Alguien piensa que se pueden no vender unas bombas, entonces ellos dicen que no compran las corbetas, y al mismo tiempo salen unos miles de obreros de esas fábricas donde hacen las corbetas diciendo que qué pasa con lo suyo, que se van a quedar sin trabajo los próximos tres años. Todo eso que es espeluznante es lo que te provoca la sensación de que casi nada está en su sitio.

-¿A quién va dirigido eso de «No me quieras tanto»?

-Hablo de esas relaciones tóxicas que no te dejan tu espacio vital, pasa en muchas parejas, yo lo veo, incluso en amigos nuestros. Hay como tentación de invadir el espacio del otro y yo creo que la pareja para que funcione requiere eso de «déjame este espacio, no me agobies, que yo te dejo el tuyo, no te agobio».

-En este tema hay que hacerte caso, tú sí que has encontrado el equilibrio.

-Yo sí. Yo lo que recomiendo siempre, a todo el mundo que me pide algún tipo de recomendación, es dejar espacio.

-¿Dirías que es la clave para que un matrimonio dure?

-Es la clave. Puedes querer muchísimo a alguien y puedes querer estar las 24 horas con esa persona, pero tiene que ser dejando espacio. Una pareja no tiene que contártelo todo a ti, ni tú todo a tu pareja. Hay mundo de cada uno que hay que guardar, porque si no hay ningún secreto, y no me refiero a secretos inconfesables, no se puede jugar.

-¿Necesitas tu espacio, hacer tus planes, salir con tus amigos?

-No tanto salidas, pero de repente me apetece estar solo, pues me voy a dar una vuelta al Retiro y ya está. O estar toda la tarde escuchando música.

-Dicen que «Allá arriba al norte» es el nuevo himno de Asturias.

-Ya será menos [risas]. Es una canción muy alegre que me gusta mucho. Son de esas canciones que te salen rapidísimo. En este disco hay dos, Mujer hablando con su perro y esta. Allá arriba al norte me salió de un tirón, pero se la mandé al arreglador, a David San José [su hijo], y me dijo: «No sé que ha pasado que me ha salido de un tirón». Pues como a mí la canción. Es muy descriptiva, de lo que yo recuerdo de mi tierra de Asturias, pero en esta franja cabe todo el norte.

-Estuviste diez años sin escribir, pero cuando te pusiste no paraste.

-Sí, tuve como un chorro incontenible. Yo, cuando me pongo a escribir canciones, aunque pasen seis meses o diez años, siempre tengo la sensación de que se me ha olvidado todo, de que no sé nada, de que no sé cómo se escriben. Entonces me pongo y empiezan a salir. Y te entra una alegría tan especial cuando encuentras una canción, aunque no sea muy buena... Y ya si te salen bien unas cuantas, te pones como una moto.

-Y en este tiempo que estuviste con otros proyectos, ¿nunca te entraron ganas de escribir?

-No se dio la situación, se fueron encadenando varias cosas. Yo normalmente el trabajo me lo invento, me refiero a estos proyectos que hay por el medio desde Vivir para cantar, 50 años no es nada, Canciones regaladas, El gusto es nuestro... Generalmente cuando tengo un hueco me invento un trabajo y trato de ponerlo en práctica. Nunca pensé en parar un rato y escribir canciones nuevas, pero cuando mi hijo me dijo: «Bueno, tendrás que escribir canciones nuevas». Yo le dije: «¿Y eso quién te lo ha dicho?». «Los amigos míos, los músicos», dijo. Entonces ahí caí del guindo, me encerré y me puse a escribir canciones.

-Cuando dices que te encierras a componer es literal.

-Sí, esto son cosas de maestrillo con su librillo. Yo ya hace muchos años que me di cuenta, tengo la teoría, y la he contrastado con alguien más, de que no se pueden escribir canciones delante de una chimenea encendida o mirando al mar, es más, yo no puedo escribir canciones si por la ventana veo unas hojas que se mueven. Hace muchos años que opté por recluirme en el sótano de mi casa, que es un espacio absolutamente oscuro con luz eléctrica. Ahí escucho música o leo poesía mientras no compongo, es lo que yo llamo ponerse el mono de trabajo y picar piedra.

-A medida que vas componiendo, ¿le vas enseñando a alguien las canciones?

-Solo las conocen David, el primero, porque le mando todo lo que voy haciendo, y luego algunas se las enseño a Ana, pero a ella cuando ya están más terminadas, hay maqueta o algo más audible. Son los únicos jueces que tengo. En el caso de este disco siempre llevaba la letra de Digo España en el teléfono y cuando me encontraba con alguien que quería que la leyese para saber su opinión se la enseñaba.

-¿Y David y Ana se mojan?

-Sí, sí. Ana más, muchas veces me expresa dudas de cosas que he hecho, y yo a veces se las compro y a veces no. Eso funciona así siempre. A David le mando todo el bolsazo de canciones, las 24, y al final él y yo decidimos lo que metemos en el disco.

-Qué bonito poder trabajar así, codo con codo con tu hijo. ¿Alguna vez lo pensaste?

-No. Mira, el otro día me pidieron una foto de él de pequeño, y encontré una preciosa en la playa de Varadero, tenía un año en esa foto y estamos los dos allí al borde del agua. Parece mentira, que ese crío que está concebido en Cuba, y que lo llevamos a Cuba varias veces en sus primeros cinco años de vida, haciendo unas giras brutales con nosotros en las guaguas, que de repente se haya convertido en un musicazo, que me manda muchísimo cuando estoy en el estudio, me manda todo el tiempo.

-¿Te pone las pilas?

-Sí, me viene muy bien porque es muy exigente y perfeccionista, y hasta que no están las cosas como él cree que deben estar, no te manda para casa.

-«Digo España, qué bien suena esta palabra /no la arrojo contra nadie contra nada». ¿Tenías necesidad de hablar de España 36 años después de aquella «España camisa blanca»?

-Sí, tenía esa necesidad. Yo creo que todos tenemos necesidad de hablar de España viendo las cosas que pasan. Por un lado, tuve la sensación de que la palabra España está demasiado tironeada en todos los sitios: hay gente que se queja de falta de financiación, bueno, de eso se quejan todos, de que la relación con el Estado central no es como debiera ser, eso lo lees a diario en el periódico, y luego casos como el de Cataluña, cuando dicen unilateralmente que se van, como si fuera una película de Disney y no estuvieran en Europa. A mí esto me sorprende tanto, porque yo amo muchísimo a Cataluña, he trabajado tanto allí, tengo tantos amigos maravillosos que lo han pasado francamente mal en estos meses... Me resulta chocante, de dónde salen estos. Cómo puede ser que toda esta gente esté abducida por unas ideas que cuando las pones en el papel se resquebrajan, se caen al suelo. Eso ha pasado, y de momento la historia no parece desinflamarse. Es complicado. Cuando tú sacas la pasta de dientes de un tubo, prueba a meterla otra vez para dentro. Por otro lado, falta coraje, porque alguien también tendrá que explicarle a la gente que es difícil que pase eso que ellos quieren para intentar reconducirlo por otro camino y ver si por otra vía tienen posibilidades, pero como pelea frontal contra un Estado dentro de Europa es muy complejo.

-¿Te mueves por lo mismo que cuando eras joven?

-Sí, me muevo por las mismas cosas. Me muevo primero por los sentimientos que me provocan determinadas circunstancias a mi alrededor o que veo en reportajes o que leo en prensa. Cuando yo comencé escribía mucho de la mina, porque era mi pasado más inmediato, yo venía de ahí. Ahora ese mundo lo toco menos porque está prácticamente desaparecido, pero tengo siempre preocupaciones sociales, cuento las historias que me apetece contar en cada momento. Me preocupa todo lo que hay a mi alrededor, y de esas preocupaciones, unas cuantas se convierten en canciones.

-Sabemos cómo era el abuelo Vítor de entonces. ¿Cómo es el de ahora?

-Hace lo mismo que hacía el abuelo Vítor original, que es cenar pescado azul todas las noches, la diferencia es que mi abuelo lo cenaba a las siete de la tarde y yo lo hago un poco más tarde. Supongo que tendrá una parte genética y otra porque me gusta, no me obliga nadie. El abuelo era un hombre que estaba continuamente leyendo, yo leo cuando veo la televisión, siempre tengo un periódico, o un lector electrónico en la mano, o estoy leyendo cuando estoy viendo un partido de fútbol que me interesa mucho. El abuelo iba siempre con papeles en los bolsillos, con novelas, con periódicos atrasados... Tenía un fajo de papeles que iba recopilando por ahí y estaba leyendo siempre cosas. Me acuerdo que en aquella época leía España de Tánger, al que mi padre estaba suscrito, que tenía muy buena información internacional y siempre lo llevaba en el bolsillo. Me acuerdo una vez que yo tenía una medio novieta que era japonesa, la llevé a Asturias y estuvo un par de días con nosotros. Mi abuelo le preguntó de dónde era y la chica le dijo de Okinawa, y le dice él: «Ahí fue una de las primeras batallas de la Segunda Guerra Mundial, hay un retén... ». A la chica se le pusieron los ojos como platos, le estaba diciendo cosas que ni ella sabía. Él tenía tanta información de tanto leer...

-¿Tú te reconoces en eso?

-Sí, me interesan mucho las cosas que no le interesan a nadie. Ahora estoy leyendo La vida de las hormigas de Maurice Maeterlinck, y acabo de leer La vida de las abejas. Es un mundo fascinante.

-¿Tienes la sensación de que el tiempo pasa muy deprisa?

-Sí, esa sensación la he tenido siempre, por eso me gusta siempre beberme la vida. Soy relativamente tranquilo pero tengo pocos momentos de calma, porque me gusta estar en todo, lo que está a mi alrededor, ya sea de la familia, de amigos o de gente cercana.

-De momento solo está Vigo en la gira que te llevará por toda España. Vendrás a A Coruña, ¿no?

-Seguro. ¡Cómo no voy a ir yo a A Coruña! Por supuesto.

-¿Significa mucho?

-Mucho. Galicia en general es una tierra muy querida, y bueno, Ana y yo nos conocimos en A Coruña en 1971, y esas cosas de cuando pasamos por delante del hotel en el que ahora están unos grandes almacenes... Nos conocimos y al mes siguiente comenzamos a rodar una película. Desde entonces no nos hemos separado nunca.

-Y por muchos años.

-Ojalá.

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