«Tenía claro que si quería tocar clásica debía hacerlo a mi manera»

Malikian enfila la recta final de su gira mundial con A Coruña como parada clave. Su manera de interpretar, fuera de cualquier protocolo, le ha valido el reconocimiento de todos aquellos que le han brindado una oportunidad. La música salvó su vida, y él le devuelve el favor llevándola por todo el globo


Es bien sabida la historia de Paganini, vida y obra. Ese violinista que tanta celeridad poseía, que tanta técnica ostentaba, que sus dedos volaban por el diapasón gracias a un pacto con Belcebú. Podría uno preguntarse si detrás de Malikian se esconde también un pacto de esta clase, aunque si uno ojea su biografía discernirá que todo lo suyo no es por obra de magia, sino por la necesidad de supervivencia, por la búsqueda de la felicidad, de los sueños. Trabajo y más trabajo. Esfuerzo y más esfuerzo.

-Usted es ya un hombre famoso en el mundo entero. Con una vida de película a sus espaldas, ¿cómo creció siendo un prodigio del violín?

-Bueno, yo no me considero un niño prodigio. Vivir con eso sería enormemente difícil, creo. No, nunca lo he sido. Mi padre simplemente me puso el violín desde muy temprano y yo me enamoré del instrumento. Tenía mucha motivación y por eso practiqué y estudié tanto. También en mis años jóvenes el violín se convirtió en una posibilidad de supervivencia, por eso se lo he dado todo. La música fue la única salida que tenía y me entregué a ella.

-Hay un punto de equilibrio entre lo terrorífico y lo bello. Depende de un instrumento para sobrevivir a una guerra, escapar de un país.

-Sí, lo hizo. Era una época difícil para salir del Líbano y la música me permitió ir a Europa, trabajar y tener la vida que tengo ahora. A mí, de un modo u otro, la música si no me ha salvado me ha ayudado muchísimo a tener lo que ahora tengo.

-Si no le salvó, al menos le dio la oportunidad de lograrlo, vaya.

-Absolutamente.

-En la música es habitual hablar de éxito. ¿Puede ser el triunfo más bonito que alguien que lo vea a usted decida luego en su casa apuntarse a clases de violín?

-Eso sería lo más bello del mundo. Saber que alguien ha salido tan emocionado de un concierto mío que ha cogido el instrumento para disfrutar... Sería arte. Me siento más identificado con aquel aficionado que está enamorado de su instrumento, que toca como puede; que del músico rutinario, que va todos los días a su función y se lo toma como un trabajo, llega a casa y no quiere saber nada de música. Yo toco porque estoy enamorado. La música tiene un poder sobre nosotros muy fuerte. Yo lo noto en los conciertos cuando me inspiro y me entrego con todo.

-Usted es uno de esos artistas que han tratado de extinguir barreras entre la emoción y el estilo musical. Acercar la música clásica a un público que no suele estar cerca de este género y que tampoco conoce su protocolo.

-Durante muchos años viví en ese mundo del protocolo, pero nunca me he sentido a gusto. Tampoco lo he entendido ni he sido muy aceptado. Era algo natural para mí salirme de eso porque no veía mi vida en ese ámbito, en ese mundo tan cerrado... Tan falso también. Tenía claro que si quería tocar música clásica tenía que hacerlo a mi manera y la decisión de tomar este camino fue algo natural. Una vez fuera me encontré con un mundo inmenso, que me gustaba cien veces más que lo que yo había vivido.

-Lleva casi veinte años en España, ¿qué ha aprendido de sus gentes, de sus tradiciones?

-He aprendido, y aprendo, muchísimas cosas. Es un lugar muy inspirador, aunque en España siempre tenéis la tentación de que lo que viene de fuera está mejor. Para mí este es un sitio muy especial, donde conviven muchísimos estilos musicales como el rock con lo clásico, o la riqueza de su propia música, como el flamenco. Pero también están las músicas mediterráneas que siempre me han llamado... Y, no olvidar, que hace de puente con Latinoamérica, con sus melodías. Cuando llegué me encontré con todo ese cóctel que en el norte de Europa era imposible de tener. Fue algo muy enriquecedor.

-¿Y que cambiaría de los españoles?

-Oh, esa es una pregunta muy... No, no cambiaría nada a nadie [ríe]. Cada uno que quiera ser como quiera. No cambiaría ni a los chinos, ni a los estadounidenses. No creo que haya que cambiar algo. A uno no puede molestarle la manera de ser de otra persona. Nadie es malo o bueno en esos términos. Yo me encuentro muy a gusto, claro que como soy una persona que viaja tanto por el mundo he acabado por pillarle el gusto a todos sus rincones. Lo bonito de viajar es que te das cuenta de que todos somos muy diferentes, de que tenemos creencias, pensamientos y maneras de hacer las cosas. Nos complementamos y aprendemos unos de otros.

-Creo que posee una bella colección de violines, ¿es usted un perfeccionista del sonido? ¿Es algo que le quite el sueño?

-Mi padre era un fetichista de violines y por eso casi todos los que tengo han sido heredados de su colección. Yo no soy tan así. Podría tocar sobre cualquier violín. No soy tan enganchado, tan...

-¿Friki?

-Exacto, no lo soy. Cuido el instrumento y le tengo cariño, pero no le hablo ni lo acuesto [ríe]. Es un trozo de madera al que le tengo cariño pero hasta ahí.

-Continúa embarcado en una gira que no ha parado de cosechar buenas críticas, que todo el mundo recomienda allá por donde pasa. ¿Qué siente tras ese recibimiento y su continuidad?

-Mucha felicidad. Ya llevamos casi dos años de gira y hemos recorrido el mundo entero prácticamente. Ahora, vamos a acabar la gira en diciembre para a partir de enero empezar un nuevo espectáculo. Estoy muy contento de dar estos últimos conciertos, y que uno de ellos sea, claro, en A Coruña, en un lugar tan grande y tan imponente para mí.

-¿Todavía tiene miedo a que acabe la primera canción y no suenen los aplausos?

-Esa sensación está ahí en cada concierto. La ansiedad necesaria para desear que el público vibre, que esté contigo. Cada vez que me subo al escenario solo quiero entregarme, agradecerle al público que haya venido.

20 DE OCTUBRE. A CORUÑA.. COLISEUM. 21.00 HORAS. A PARTIR DE 30 EUROS

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