La prehistoria de Suede escrita en primera persona

Brett Anderson repasa su infancia y la juventud previa al estallido de la «suedemanía». Un hermoso viaje donde aparecen muchas de las claves de sus canciones míticas


Hay un poso de melodrama en las canciones de Suede que enlaza directamente con la vida de Brett Anderson. Se sabía por las entrevistas y los sesudos análisis que propiciaron sus discos. Pero ahora queda más claro que nunca con Mañanas negras como el carbón, el libro autobiográfico que documenta el trayecto entre su infancia y la firma del contrato del que saldría Suede (1993). Se trata de una emocionante y dramática semblanza de pobreza, exclusión, amor, fascinación por la cultura pop y obstinación hacia el triunfo. Todo escrito con pluma florida, sentimientos generosos y, por momentos, con el corazón en un puño.

Las cartas con las que contaba Brett Anderson en los años setenta no eran las propicias para convertirlo en la rutilante estrella que hoy conocemos. En sus memorias nos habla de la ciudad en la que creció, Haywards Heath, entre Londres y Brighton. Un sitio en donde, dice, «no pasaba nada». También de un hogar sin dinero. Él y su hermana vestían ropa usada o hecha por su madre. Y tenían que guardar cola en el colegio para los bonos de comedor que se le daban a la gente sin recursos. Todo frente a las burlas crueles de sus compañeros.

El cuadro lo completa un padre de carácter voluble, obsesionado con la música clásica e incapaz de mostrar afecto a su esposa, que terminaría dejándolo. En un panorama así, apareció la música como vehículo de escape. También como algo vivo y excitante. Brett reflexiona sobre por qué sus padres habían nacido en una clase social de la que jamás se moverían. Para su generación existían otras vías. El fútbol era una. El pop, otra. Y, entonces, con las tribus urbanas en pleno apogeo y escuchando a los Sex Pistols y su vibrante manera de devolver el rock a las vísceras y la emoción, encontró la luz.

Mañanas negras como el carbón documenta todo ese trayecto y lo va entremezclando con su obra. Para el fan de Suede resultará conmovedor ver cómo una buena parte del repertorio de sus tres primeros discos sale de ahí. A veces sin que el propio autor lo supiera, como es el caso de The Next Life, en donde aparece el fantasma de su madre, muerta de cáncer cuando él apenas tenía 21 años.

Existe mucha ternura en el libro. El recuerdo de Justine Frischmann, la cantante de Elástica que fue novia de Brett (se refiere a ella como «uno de los dos grandes amores de mi vida»), es de los que dibuja una sonrisa tonta. También cómo habla de Matt Osman, el bajista de Suede y amigo de juventud. O, por supuesto, el reconocimiento del talento de Bernard Butler, el guitarrista que diseñó el sonido inicial del grupo y con el que acabaría enemistado. Son piezas del puzle que compone los cimientos de una banda nacida a contracorriente de los tiempos -entonces arrasaba el grunge americano e Inglaterra asistía al bum shoegazer-, pero que triunfó. E hizo arder el corazón de miles de fans.

Cuando tras uno de esos primeros conciertos apareció en el Melody Maker una reseña que describía a Brett como «una bestia roquera y al acecho» se empezaba a ver todo claro. Después, llegaría lo que conocemos: una de las carreras más emocionantes del pop británico de los noventa. Acabar el libro y sentir ganas de escuchar Suede o Dog Man Star resulta inevitable. 

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