Los músicos que graban sus obras sobre papel

Las librerías están invadidas desde hace algún tiempo por una nueva raza de autores que han salido de las catacumbas del rock para contarnos su vida o, incluso, para convencernos de que lo suyo es la literatura


El nuevo formato favorito de la industria musical es el papel. Muerto el cedé, numerosos músicos parecen sentir la necesidad de dejar algo más allá de una lista en Spotify. Que antes aún quedaban una buena colección de vinilos con sus trabajadas portadas y sus canciones escondidas entre los surcos, además de esas letras estampadas en la carpeta interior, poemarios ocultos que todos los fans se sabían de memoria. Pero ahora, lo que deja un músico es, con suerte, una búsqueda rápida en Internet y unos derechos de autor con fecha de caducidad. Vuelve a tomar relevancia para la generación de la revolución cultural de mediados de siglo XX y todos sus sucesores, aquella consigna de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro para pasar a la posteridad.

Aunque el fenómeno es anterior a la concesión del Premio Nobel a Bob Dylan no hay que desechar la idea de que alguno albergue la esperanza de poder terminar sus días, cuando los achaques hagan complicado subirse a un escenario, participando en presentaciones literarias, labor mucho más relajada y menos exigente que la de andar de gira por el mundo adelante.

Por otro lado, el rock no deja de cumplir años y muchos de sus protagonistas están ya en edad de escribir sus memorias. Y esto ha llenado las librerías de volúmenes de todo tipo y calidad.

Históricamente encontramos numerosos ejemplos de poetas metidos a cantantes. El más claro sería el de Leonard Cohen, que antes de grabar su primer disco ya tenía un puñado de poemarios publicados. Lo mismo que Patti Smith, a quien es complicado aplicarle la etiqueta de cantante antes que la de escritora. Al fin y al cabo cuenta con más libros publicados que álbumes editados, entre ellos Éramos unos niños, en el que regresa a sus años de amistado con Robert Mapplethorpe que le hizo ganar el National Book Award, o el también autobiográfico M Train.

Son estos dos casos los de escritores metidos a músicos. Pero centrémonos en el caso inverso, en esos músicos que, por algún motivo, sienten la necesidad de mostrar sus dotes literarias. Como Nick Cave. El australiano dejó claro desde un primer momento que sus ambiciones artísticas iban más allá de militar en una banda de rock. Su primera novela, Y el asno vio al ángel, fue un parto duro. Necesitó años para sacar ese texto de su cabeza. Y menos mal que lo hizo, porque tener semejante barullo lleno de pretensiones en el coco no ha de ser bueno. Mucho más asequible y divertida -y mucho mejor escrita- es La muerte de Bunny Munro, novela escrita con la serenidad que dan los años y el abandonar ciertas conductas nocivas que sin embargo no deja de moverse en términos cercanos a la gamberrada con un protagonista tan desquiciado como irresistible.

En otro nivel están los músicos que escriben sobre música -como el Talking Heads David Byrne, con su ameno ensayo Cómo funciona la música, o Bob Stanley, de Saint Etienne, y su documentada historia del pop Yeah! Yeah! Yeah!- y aquellos que se limitan a contar su historia. Con un caldo de cultivo tan propenso a los egos desmesurados y a la mitomanía como es el rock, surgen autobiografías como champiñones. Algunas son prodigiosas, auténticas obras de arte que denotan un talento especial a la hora de contar historias, aunque sean las vividas por los autores. Es el caso de Mark Oliver Everett, líder de la banda Eels, que en Cosas que los nietos deberían saber repasa su complejo periplo vital con un tono que casi podría servir como libro de autoayuda. O el de Instrumental, del pianista James Rhodes, fenómeno de ventas en el que el británico se descubrió como mejor narrador que músico.

Por lo demás, pocos músicos se han resistido a contar sus aventuras con mayor o menor acierto. Algunos decepcionan, como Bruce Springsteen. No es que su autobiografía Born to run esté mal, pero sin duda uno esperaría más de alguien que es capaz de concentrar en una canción un drama como The river o que resume en unos minutos musicados lo que podría ser la gran novela americana, como Thunder Road. Otros sorprenden gratamente, como Ozzy Osbourne y su hilarante Soy Ozzy. Algunos utilizan estos libros para pedir disculpas (Pete Towshend en Who I am) o para calmar su ego , como Morrisey, al que contestó Johnny Marr (guitarrista de los Smiths con la suya propia). Hasta los menos pensados tienen sus autobiografías, como los Sex Pistols John Lydon (dos) y Steve Jones o los supuestos zoquetes de los Ramones. Aunque la más célebre de todas, la que más ampollas ha levantado, es Vida, de Keith Richards. Claro ejemplo de que la polémica vende millones.

Rock y libros de aquí

Aquí en España el músico que más en serio se ha tomado esta reencarnación literaria ha sido Sabino Méndez, guitarrista de los Trogloditas y autor de los más sonados éxitos de la banda de Loquillo durante la década de los ochenta. Desapareció del mapa musical tras unos ajetreados años sobre los escenarios para redirigir su vida hacia las letras. Colaborador habitual en prensa, su primer libro, Corre rocker, contaba su paso por los Trogloditas con pelos y señales, lo que no hizo demasiada gracia a Loquillo. Algo parecido a lo ocurrido entre Keith Richards y Mick Jagger. Terminaron haciendo las paces y Méndez continuó con su carrera literaria con obras como el diario Hotel Tierra y su última novela, la magnífica Literatura universal.

El propio Loquillo se ha metido también entre páginas con una trilogía autobiográfica formada por El chico de la bomba, Barcelona ciudad y En las calles de Madrid, este último todavía reciente; tres obras que conforman un recorrido por la vida del cantante desde su niñez hasta mediados de los ochenta, lo que deja abierto el camino a ulteriores revisiones de sus vivencias.

Otra leyenda del rock patrio, Rosendo, anunciaba recientemente su retirada de los escenarios y su intención de «intentar escribir» su biografía. Esperemos que lo consiga. Como lo consiguió Pau Donés. El líder de Jarabe de palo se puso manos a la obra cuando alcanzó el medio siglo y le diagnosticaron un cáncer. El resultado, un reflexivo ensayo sobre su propia vida titulado 50 palos y sigo soñando.

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