Un canto a la vitalidad a través de la música pop

El primer libro de Rob Sheffield es una recopilación gigantesca de canciones e instantes que retener en la memoria, revividos con ternura y humor


Cintas grabadas: son indisociables de la memoria sentimental de varias generaciones de aficionados a la música. Le permitían a uno hacer suyas esas voces que admirábamos, dándoles un nuevo sentido, personal, para cada ocasión. Había cintas con que imaginarnos productores o disyoqueis, orgullosos de nuestro criterio para secuenciar canciones; para presumir ante otros de las joyas ocultas en nuestra colección de vinilos; para ampliar horizontes duplicando las cintas que amigos emigrantes traían en las vacaciones de verano; y, sobre todo, para acompañarnos en el camino del amor: cintas para conquistar, para celebrar juntos el enamoramiento, para consolarnos en la ruptura o para hacerle saber a quien nos ha dejado lo que sentimos pero nunca nos atreveremos a decir, aunque esa cinta tampoco llegaremos a enviarla y tarde o temprano grabaremos otra cosa por encima. Existía, además, un componente artesanal -el minutado para que cupiese entero el último tema de cada cara- dibujar o recortar una portada que está ausente de una lista de reproducción de Spotify: compararlos es como beber un buen vino en copa de cristal de Bohemia o en vaso de plástico.

Rob Sheffield (Boston, 1966) es uno de los nuestros. Vives en las cintas que me grabaste fue el primer libro de este periodista musical que luego ha publicado otros títulos tan geniales como Hablando con chicas sobre Duran Duran: la misión de un joven en pos del amor y un peinado más molón. El narrador repasa una vida desde la infancia en paralelo a sus gustos musicales: Las cintas son como los miliarios del camino, señalando hitos y nuevos territorios, o retratos virados a sepia de quiénes éramos en un determinado lugar y momento por la música que escuchábamos.

Tras un preámbulo sobre sus descubrimientos musicales de infancia y el papel que las canciones desempeñaron en la crucial adolescencia, Sheffield se zambulle en una de esas relaciones que en un solo segundo te sacuden todo el cuerpo y el cerebro intuye que ya nada va a ser lo mismo. Renée Crist es la auténtica heroína del libro, una chica que destila vida por todos los poros. Un motivo por el que su muerte todavía es más dolorosa. Vives en las cintas que me grabaste es esa gigantesca compilación -que se alimenta de las que se hicieron mientras duró su relación y matrimonio- con la que el narrador levanta un memento mori a su amada, una celebración de la vitalidad a través del recuerdo que queda tras la muerte, por paradójico que parezca. Este Rob es primo carnal del otro Rob -Fleming, el protagonista de Alta fidelidad de Nick Hornby- pero, a diferencia de él, su tristeza no nace de escuchar pop para lamerse las heridas, sino que proviene del genuino dolor de la pérdida, matizada con la constatación del paso del tiempo. Algo que le permite destilar un humor nada sarcástico, sino cómplice y empático con el lector, que debería devorar este libro como un estribillo pegadizo. Porque su otra gran baza es su gusto impecable: ¿Cómo no rendirse ante quien proclama a Big Star y Pavement como sus grupos favoritos?

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