Raúl Davila: «Había olvidado a mi hijo, la persona más importante de mi vida»

Su cerebro borró de pronto una década: eso fue lo que le pasó a este vigués tras sufrir un ictus. Ahora comparte a través de su primer libro las claves de su recuperación


Charlar con Raúl Davila es recibir el impacto de una bomba de racimo. Decenas de ideas se dispersan durante unos instantes para, de repente, recolocarse y cobrar sentido. Habla rápido, es directo y busca concentrar todos sus pensamientos, el antes y el después de una vida, en solo unos minutos. Una agilidad mental que tienen muchas personas, pero que en él llama la atención. Sobre todo, después de conocer su historia. Hay que retroceder hasta mayo del 2011 para entender el momento que vive y ha vivido Raúl Davila (Vigo, 1969). Era uno de esos hombres que lo tenían todo: una gran trayectoria profesional, un nuevo y feliz matrimonio y dos deseados hijos. Lo que no sabía es que un «incidente» de moto, como a él le gusta definirlo, lo iba a cambiar todo. Un siniestro sin más consecuencias que se mantuvo en silencio durante dos meses. Raúl se sentía bien, pero en julio de ese mismo año, cuando caminaba junto a su familia por el puente de Toralla, su mente se apagó. Aquel accidente de tráfico le había provocado una fisura en la carótida. Estaba sufriendo un ictus isquémico. Así empezaba uno de los viajes más duros de su vida. Casi siete años que le han convertido en otra persona y que ha plasmado en su primer libro. «No me gusta decir que he cambiado. He evolucionado», apunta el autor de Ictus: si tú crees que puedes, puede que puedas.

«En este último año parece que todo empieza a encajar. El libro está en su segunda edición y ya planeo escribir con calma un segundo libro con un tema central: la resiliencia». Y es que de superar malos momentos, este vigués puede hablar en primera persona. «Mi historia no es mejor que otra. Es solo una historia. Yo he contado en estas páginas mi experiencia. No le quiero dar soluciones a nadie. Cuento qué cosas me han resultado útiles a mí y espero que cada uno busque sus mecanismos para salir adelante. Si yo lo he conseguido, otros también lo pueden hacer».

Como explica en el libro, y tras varios días sin ser consciente de las consecuencias del ictus, Raúl Davila despertó en el hospital convertido en un niño grande. «No podía articular palabra. Mi cerebro no era capaz de dar órdenes al resto del cuerpo». Así recuerda las terribles consecuencias del ictus que acababa de sufrir. «El primer año fue el peor. Tuve una depresión muy profunda. Nunca olvidaré cuando me preguntaron de qué iba mi tesis doctoral. Ya ves qué sencillo, pero no pude responder. Caí en el hoyo. Solo me importaba que el seguro pagase y que mi mujer, Charo, y mis hijos tuviesen lo necesario para poder vivir».

¿Cómo regresar?

La mente de Raúl se borró de tal forma que no recordaba ni que tenía dos niños. «Me preguntaba por qué me visitaba la gente. E incluso en qué momento había tomado la decisión de ser padre. Mis hijos se habían borrado de mi memoria». En el caso de hija Carlota, que entonces solo tenía un año, la situación fue menos traumática que en el caso de Beltrán, su hijo mayor. «Imagínate la confusión: eran y son el motor de mi vida y no les recordaba. Escribir este libro ha sido muy difícil. Especialmente al recordar la muerte de mi madre y por este episodio. Había olvidado a Beltrán: la persona más importante de mi vida. Me dolían más los sentimientos que estar en una silla. Le había dejado de querer. Mi cerebro no funcionaba», comenta Raúl Davila, un hombre que se había sumido en la oscuridad. Nadie le daba garantías de recuperación, pero algo dentro de sí mismo le hizo luchar. Lo hizo con el apoyo de Charo, su mujer, «su pilar en el primer año de recuperación», pero gracias también a amigos y profesionales sanitarios. El fisioterapeuta Pablo Blanco fue una de esas personas fundamentales. Tanto que es el autor del prólogo de este libro. «Me ayudó muchísimo. Para él era otro paciente más. Nunca me decía ‘tú puedes’. Me decía, ‘yo creo que tú puedes hacerlo’, que es muy diferente. En realidad, me ayudaban más aquellos que me daban un soporte que quienes me compadecían. Mi padre o mi hermana, por ejemplo, siempre me prestaban ayuda, pero solo si se la pedía». Así empezaba el camino hacia la recuperación, que aún sigue, para Raúl. Su carácter competitivo e impaciente jugó a su favor. No tenía una meta a largo plazo. Cada día era una nueva etapa. En ese proceso se coló su blog, en el que fue contando su historia, y que tuvo una gran aceptación. También volver poco a poco al trabajo, a pesar de que era consciente de sus limitaciones. «Te cuento un detalle: yo nunca había usado GPS. Después de lo sucedido, tampoco. Quería que mi mente se centrase. Tuve que volver a encontrar mi sitio en todos los sentidos. Y no sé cuándo di el paso definitivo. Van pasando los meses y ves que día a día te vas despertando. Una mañana dije: vale, estás despierto. Tienes que hacer algo». Así en el 2012 volvió a disfrutar de viajar con su mujer. En el 2013 se lanzó a una aventura en Sudamérica en soledad, sin la red de seguridad de su entorno. Después llegó su relación con Aepide y ASEM. «Nunca olvidaré mi primera charla en público. Me pasé gran parte del tiempo llorando».

Y es que compartir su experiencia es a día de hoy uno de los grandes motores de su vida. «Por la mañana tengo mi trabajo de Recursos Humanos. Por la tarde disfruto transmitiendo mis ideas, dando conferencias o haciendo consultoría de cambio organizacional. Me gusta darle medios a las personas para que cambien sus vidas. Las cosas malas duran lo que duran, pero hay que despejar la incógnita», explica. Un buen momento, que él no define así. «No por planificar podemos determinar nuestro futuro. Siempre digo que todo marcha bien hoy. Mañana quién sabe. Cada noche digo ‘ha sido un día genial’, pero ya no me anticipo a las cosas». Un argumento en la línea del que escribe en su libro. «Os invito a intentar pasar un día sin preocuparos. Disfrutando del momento», sentencia.

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