Una hora con el autor de «La uruguaya»

Tiene un costado femenino y una pereza veraniega al hablar, pero es demoledor. Mairal, que ha pinchado la burbuja ideal de la paternidad, ha traído a Galicia a Sabrina Love y a «La uruguaya», que será película. Y hemos tomado café con los tres

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Buenos aires los que han traído a Galicia a Pedro Mairal, que cruzó el charco con La uruguaya entre un clamor popular, veinte años después de recibir el Clarín por Una noche con Sabrina Love. Esa noche, que empezó a escribirse en el 97, fue un debut estelar por el que a Mairal llegó a reconocerle el propio Papá Noel, según cuenta en el prólogo que ofrece Libros del Asteroide en su reedición de esta primera obra, un viaje sin vuelta. En Daniel Montero, protagonista de Una noche con Sabrina Love, suena joven la voz de Lucas Pereyra, de La uruguaya, esa voz como atrapada en el limbo entre realidad y sueño de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970). «En los dos libros usé cosas que me pasaron a mí... Juan Pablo Villalobos provocándome me dijo: Una noche con Sabrina Love y La uruguaya son el mismo libro”. Y le dije: “Sí, pero en realidad es una trilogía”. La de las etapas del escritor, que son Joven promesa (la obra de iniciación, Una noche con Sabrina Love), El cuarentón consolidado (lo que soy ahora con La uruguaya) y El viejo verde». Esa está todavía por llegar. «Pero estoy cerca... [risas] Quizá no estaría mal a los 60 escribir una versión decadente; quizá cuando pasen 20 años vuelva a escribir el mismo libro otra vez. Pero no debería ser ya, a los 60, una entrega muy sexual; debería ser otra cosa».

Pedro Mairal tiene las manos finas y la voz «despaciosa», hecha al ritual de la pausa que obra la precisión. Tiene un lado de mujer, dice, y una forma gallega de contestar. «Ahí suena un fado...», señala apuntando al aire la música en un café contiguo a la librería coruñesa Moito Conto, primera parada en su gira gallega. «¿Qué tal se llevan los gallegos con los portugueses?, ¿se quieren?», me pregunta. Nos queremos... casi sin querer.

Derrumbe y éxito

«El deseo nos hace vulnerables», le dijo a Héctor J. Porto en una entrevista que inquirió sobre la demolición del amor romántico a manos de Mairal. ¿La uruguaya es, finalmente, una carta de amor? «Mucha gente lo ve como una carta de desamor...». ¿Es el retrato de un hundimiento real? «Yo usé cosas que me pasaron, escribí el libro a los 44 y la ola de la vida ya me había revolcado fuerte. Pero esa palabra que decís, hundimiento, la cambiaría por derrumbe. El hundimiento termina en muerte seguro, el derrumbe no. Cuando algo se cae, se vuelve a levantar», afina. La uruguaya revienta en poco más de cien páginas el márketing de la paternidad ideal; a su autor le preocupaban «los momentos machistas del libro», pero ha cosechado un quorum paritario. «Hay algo ahí que trasciende la cuestión del género en cuanto a sentirse encerrado en una pareja y en la paternidad, hay mujeres que se identifican con el personaje. El costado medio monstruoso que muestra Lucas de que criar a un hijo es como cuidar a un enano borracho es algo con lo que ellas se identifican, porque las mujeres recién ahora están sintiendo que tienen permiso para decir que hay momentos de la maternidad que son un infierno. Se supone que al ser madre la mujer tiene que ser buena; lo del instinto materno ¿qué es, un programa, una especie de software con el que nace la mujer?, ironiza. «Me gusta que La uruguaya haya llegado a las mujeres, pero no pienso en eso escribiendo, en complacer a la platea femenina, ni a la masculina. Hay que escribir un libro lo mejor que uno puede, desde la sinceridad del personaje, y luego ver qué pasa con eso. No se puede pactar con ideas de género o sociales. El personaje tiene que ser sincero, aunque lastime, moleste, ofenda. Para escribir hay que jugarse entero», asegura. 

Esta forma de ser hombre que arma Mairal en sus novelas recuerda un poco a Scurati en El padre infiel, al mostrar una cara impúdica que se suele esconder. «No lo conozco», dice él, que también tiene un aire con Knausgård. «Knausgård me gusta mucho. Me gusta cómo habla del matrimonio. Hay escenitas, como cuando empujando el cochecito del bebé se siente esclavo de la situación o va al jardín de infantes del hijo y le gusta la profesora y dice: ’No tengo ningún chance de seducir a esta mujer’, ‘¿En qué momento perdí mi capacidad de seducción?’. Me interesa que un autor escriba sobre eso. Parte de su estilo está en la morosidad, en ir despacio. Él no para nunca», revela. ¿Salinas, Carver, Bukowski tienen su eco en Mairal? «Salinas me gusta mucho, no sé si lo incorporo o no conscientemente. Yo me siento muy cerca de un entusiasmo verbal medio Lorquiano, y de Quevedo. Hay algo con la poesía española que para mí siempre fue muy fuerte. ¿Carver? Ojalá... Esas parejas hablando, los diálogos de pareja donde se adivina lo que está pasando por debajo, me gusta mucho cómo lo hace. Es la teoría del iceberg de Hemingway, en que se ve solo la punta del iceberg y hay una parte que subyace y el lector intuye. Seguro que hay autores que me abrieron el camino y yo no lo sé». 

Mairal es un hombre ante un boom, «que es una suerte». «Hay un boom femenino en Argentina. Las escritoras estaban atrás, había una cosa muy de machos, con Cortázar y Borges como figurones, y después Piglia... Pero empezaron a rescatar a autoras como Sara Gallardo. Y ahí están Selva Almada, Mariana Enríquez o Samanta Schweblin. Me gusta mucho un cuento de Samanta, La respiración cavernaria, sobre una mujer mayor que va perdiendo la lucidez. Me asustó. A mi mamá le fue pasando algo así».

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