Vidas periféricas en la casa flotante

El sello madrileño Impedimenta ha ido rescatando su producción a un ritmo cercano al de un título por temporada.


Admirada por escritores como Julian Barnes, A.S. Byatt o Jonathan Franzen, la obra de la narradora inglesa Penelope Fitzgerald (Reino Unido; Lincoln, 1916-Londres, 2000) no había tenido una suerte editorial digna en el mercado de la lengua castellana, a años luz por ejemplo de su contemporánea dublinesa Iris Murdoch. Mondadori había publicado sin demasiado eco La flor azul (1998) y A la deriva (2000), y ahí lo dejó. No fue hasta que en el 2010 apareció La librería en el catálogo de Impedimenta que Fitzgerald se fue convirtiendo en una autora imprescindible, a la altura de lo que representa en la literatura de la segunda mitad del siglo XX. Llegó para quedarse, y desde entonces, ayudado por el empuje tranquilo de La librería, el sello madrileño ha ido rescatando su producción a un ritmo cercano al de un título por temporada. El salto definitivo llegó de la mano de la adaptación cinematográfica que de La librería filmó la realizadora barcelonesa Isabel Coixet: la popularidad de la escritora y de su novela ha ido creciendo exponencialmente, de tal forma que hoy el libro ha alcanzado en España las 22 ediciones (si se incluye las cuatro que suma su traducción al catalán). Ahora, precisamente, Impedimenta rescata, con nueva versión, de Mariano Peyrou, la novela A la deriva, que le dio el Booker Prize en 1979 y está construida sobre un triste episodio autobiográfico. Permitirá al lector acercarse a lo extremadamente dura que fue la peripecia vital de Fitzgerald, empujada a la indigencia por las desastrosas consecuencias de los traumas que la experiencia de la guerra en Italia dejó en su marido, Desmond Fitzgerald, al que el alcoholismo acabó matando. En alguna ocasión, eso sí, ella dejó dicho que fue la enfermedad de su esposo lo que la animó a escribir su primera novela -su iniciación fue tardía, ya pasaba de la cincuentena- para así distraerlo en su postración final.

Vecindario «anfibio»

Pues bien, los estragos económicos que la penosa deriva de su pareja ocasionó -falsificó unos cheques y hubo de renunciar a la abogacía- sitúan a Penelope y Desmond viviendo (con sus hijos Valpy, Tina y Maria y durante unos dos años) en una barcaza atracada a orillas del río Támesis, en Battersea Reach, en los dominios del puerto de Londres, igual que le ocurre a la dudosa comunidad de artistas (extravagante vecindario anfibio) que pululan por su novela A la deriva, ambientada en los inicios de los 60. Su evidente carga dramática no impide a la narración bordear los límites de la comedia, y adoptar una tonalidad divertida, en eso que ella misma gustaba de calificar de tragifarsa. La escritora desplaza toda intención autobiográfica y entrega el protagonismo a Nenna James, una mujer, muy escasa de recursos, abandonada por su pareja, y que reside con sus dos hijas, Tilda y Martha, de 6 y 12 años, respectivamente, en el Grace, su desvencijada casa flotante. Queda corroborada la capacidad de Fitzgerald para radiografiar vidas periféricas, para retratar con una lente cáustica, pero con sobria humanidad, sus contradicciones, miserias y felicidades.

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