«Los fans del heavy metal somos más felices»

En «Historia del heavy metal», Andrew O?Neill hace un repaso subjetivo y divertido de este género musical que considera la subcultura más creativa y hedonista del mundo


Se gana la vida como monologuista cómico, es guitarrista de una banda steampunk, escritor, anarquista, vegano, organiza un tour macabro por Londres en el que se reviven los asesinatos de Jack el Destripador -que en uno de sus espectáculos dice que era nada más y nada menos que Winston Churchill- y se define como un heterosexual que se traviste. Tiene tatuajes por todo su cuerpo, entre otros un cedé del grupo Sepultura, el símbolo del Señor del Tiempo de Doctor Who -su serie favorita-, Cthulhu de Lovecraft, una calavera, el actor Peter Cushing y varios zombis. Andrew O’Neill (Portsmouth, 1979) acaba de publicar Historia del heavy metal, una crónica subjetiva y divertida de este género musical, escrito desde la perspectiva de un fan declarado y en el que los subgéneros más extremos, como el thrash, el grindcore o el black metal, ocupan un lugar destacado.

En sus propias palabras «es la historia de una red mundial de rabiosos fans que escapan de la vulgaridad cotidiana a través de la música, de estrellas épicas que viven en planetas lejanos con dioses de otras épocas, de villanos corporativos que rompen el corazón de esos fans y estafan a las leyendas musicales para llenarse los bolsillos». O ‘Neill asegura que «el Olimpo del heavy metal incluye yonquis, satanistas y asesinos, cristianos renacidos y abstemios, trotamundos millonarios que encadenan conciertos multitudinarios durante toda su vida y jornaleros que se dejan la piel en salas donde se escucha hasta la cisterna del baño».

-Su libro empieza fuerte, «En el mundo hay dos tipos de personas: los fans del ’heavy metal’ y los gilipollas», pero a estos les dice que no se preocupen, que les convencerá. ¿Cómo?

-El heavy metal es para todo el mundo, no se puede identificar con los grupos más extremos. Yo vi a Metallica en un concierto en el festival de Glastonbury

en el que había gente muy formal, algunos metaleros, pero también hippies y chavs, indies y todo el mundo disfrutó. Un grupo de thrash metal que abandera la escena del heavy metal extremo -todavía hoy- se metió en el bolsillo al público más mainstream de todos. Es el género más amplio porque abarca desde el amor hasta matar a bebés. En el heavy metal hay mucho talento.

-¿Qué se están perdiendo los que no son fans?

-La mejor experiencia musical del mundo. Los conciertos en directo son una experiencia física primitiva que te hacen muy feliz. El heavy metal es oscuro pero también muy alegre, es la subcultura más extensa, creativa, inteligente, extrema y hedonista del mundo. Es una subcultura que nos convierte a sus seguidores en una tribu y nos da un lugar en la vida, por eso es más que música. Los metaleros somos más felices que la mayoría de las personas. Cuando me pongo mi camiseta de heavy metal tengo una sensación de pertenencia.

-¿Qué es «heavy metal» y qué no?

-El satanismo es heavy metal, el cristianismo no. La guerra es heavy metal, la paz no. Las flores no son heavy metal, las espinas sí. El fuego sí lo es, apagarlo no. El heavy metal se centra en la oscuridad y los aspectos negativos de la vida humana, suele tratar de la oscuridad, la agresión, la violencia o el poder.

-Su grupo favorito es Metallica. ¿Por qué?

-Porque con ellos entré en este mundo y está muy presente en mi vida. Creo que sus tres primeros discos son perfectos, los mejores ejemplos del thrash puro, aunque algunos de sus últimos trabajos son una mierda. Pero es como seguir a un equipo de fútbol, estás con él en los buenos y en los malos tiempos. Son un grupo muy importante, combina la complejidad melódica con la brutalidad del heavy.

-Sostiene que el «heavy metal» ha sido un género incomprendido y menospreciado. ¿Sigue siéndolo?

-Al principio fue ninguneado y ridiculizado por críticos mezquinos y los guardianes de la cultura popular aceptable. El heavy es un arte outsider, no es guay y a los medios les gustan cosas más bonitas y pulcras. Pero a los fans nos da igual que se reconozca o no, nos lo pasamos bien y nos importa una mierda lo que piensen. Si lo comparamos con el punk, este movimiento siempre fue valorado en los círculos intelectuales, al contrario que el heavy metal, aunque tiene más influencia en la cultura global. Pero creo que se está empezando a reconocer su valor, cada vez hay más publicaciones e intelectuales que le dan la importancia que tiene, porque algunos de lo que crecieron con esta música se han hecho escritores, académicos.

-¿Significa esto que el sistema está domesticando al «heavy metal»?

-El heavy metal underground desafía los límites, llega hasta lugares inaceptables para el sistema y siempre estará veinte años por delante de esa domesticación.

-¿El «heavy» tiene ideología política?

-La mayoría de los grupos no la tienen. Los hay de izquierdas, como uno de mis favoritos, Panoptican, que es explícitamente anarquista, que tiene un disco que se llama Kentucky, que va de las huelgas de los mineros de los 70 y los 80. También los hay nacional-socialistas, que son una mierda. Hay de todo. Grupos de extrema derecha y de izquierdas.

-Da bastante espacio a los grupos escandinavos, sobre todo noruegos. ¿Por qué hay tantos allí?

-Porque no hay nada que hacer. En Suecia dan subvenciones a los grupos y a las salas de conciertos. Pero creo que se debe a que la gente pasa mucho tiempo en casa, el ambiente es oscuro y nieva.

-En el libro habla de casos de apropiación del «heavy» por famosos como Beckham, que se pone camisetas de Exodus, o Kanye West, la de Megadeth.

-Cada cierto tiempo se pone de moda la estética del heavy metal. Sucede como con todo lo que tiene que ver con la cultura outsider, las modificaciones corporales o los tatuajes, tiene algo de rebelde. A mí me hace mucha gracia. He escrito una comedia en la que el personaje principal está hablando con alguien que lleva una camiseta de Slayer y no sabe nada de heavy metal.

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