La guerra civil británica de la mina

Los mineros del Reino Unido se levantaron en 1984 contra el plan estatal de cierre de las explotaciones de carbón no rentables. Thatcher aplastó sin piedad la huelga. Y Peace lo cuenta en su novela «GB84»


Empujón. Empujón. Empujón. Empujón. Empujón. Empujón. Empujón… Embestida. Embestida. Embestida. Embestida. Embestida. Embestida. Embestida… Esquirol. Esquirol. Esquirol. Esquirol. Esquirol. Esquirol. Esquirol. Más piedras… Ladrillos que llegan. Los camiones dentro. La verja cerrada. Las filas se rompen. Unidades de arresto formadas por seis policías salen corriendo. Se lanzan al ataque… Embestida. Embestida. Embestida. Embestida. Embestida. Embestida… Cascos azules. Viseras bajadas. Escudos cortos. Escudos redondos. Porras fuera… Palizas en los dos lados… Las unidades de arresto se llevan presos a todos los que pueden… A la fuerza… Por el pelo. Por el cuello. Por los cojones… El caos. Un caos de la hostia. Alguien lanza una bomba de humo. Petardos. Explosivos pirotécnicos. Explosiones. Humo rojo por todas partes… Entonces llegan los putos caballos». Es solo una descripción de un intento fallido más por parte de los piquetes en la localidad de Orgreave (Yorkshire del Sur) para impedir el tráfico de camiones y paralizar la producción de coque para la British Steel Corporation. Sí, la huelga de la minería de 1984 en el Reino Unido no fue un ejercicio de tactismo negociador entre el poderoso sindicato nacional NUM y el Gobierno que lideraba Margaret Thatcher. No en vano muchos calificaron el enfrentamiento de guerra civil y la propia primera ministra, que rechazaba dialogar con estos «enemigos de la democracia», hablaba de una especie de continuación del conflicto bélico de Las Malvinas, salvo que ahora el contendiente no estaba en Argentina sino que anidaba en el interior del país. La importancia del choque de Orgreave tenía un carácter simbólico: los piquetes trataban de lograr una victoria como la que los mineros habían obtenido en 1972 en Saltley Gate y que fue definitiva en el triunfo obrero en aquella huelga general.

Cargas brutales

Pero en 1984 el rival del gran líder sindical Arthur Scargill (arquitecto de la estrategia de guerrilla de piquetes móviles) era Thatcher, y su maquiavélica mente no se dejaría reblandecer por el recrudecimiento de la violencia, unos muertos y los heridos por doquier. Su gobierno activó dispositivos de miles de policías, en un despliegue con filosofía militar que se vio reforzado no solo por perros, caballos y detenciones masivas sino también por los servicios secretos, que actuaban sin piedad para destruir el sindicato -atacando a su vez su sustento financiero- y erosionar el respaldo de las familias. La brutalidad de las cargas y la guerra sucia acabaron imponiendo su ley.

Con esa cualidad propia de la prosa de David Peace (Osset, West Yorkshire, 1967), brilla el relato de GB84, novela en la que el escritor británico destripa aquella huelga, los hechos acaecidos entre el 6 de marzo de 1984 y el 3 de marzo de 1985, un año, anota en el prólogo Daniel Bernabé, «en el que se libró el mayor conflicto laboral de la Europa de posguerra, pero también en el que posiblemente murió una época, la del pacto del Estado del bienestar, y comenzó otra, la del neoliberalismo o restauración victoriana». En este libro, el autor del aclamado monumento al relato criminal Red Riding Quartet hace su particular homenaje a aquella lucha, que consagró la terrible figura de la Dama de Hierro, otrora hija del tendero, y cuyo texto resultante bien puede leerse como una novela negra al estilo de James Ellroy o Leif G.W. Persson. La tensión narrativa y la importante argamasa ficcional no impiden, sin embargo, que aflore el notable trabajo de investigación y documentación de Peace, que, además, como en el citado cuarteto noir, siente la dura carga histórica de los acontecimientos como parte íntima de su educación emocional.

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