Benjamin Clementine, el «clochard» que se convirtió en un dandi de la canción

El Super Bock Under Fest lleva hasta el Auditorio Mar de Vigo el sábado 24 (21.00, desde 30 euros) a una de las voces más personales de la actualidad


Cuesta encontrar referencias a la hora de hablar de la música de Benjamin Clementine. Se ha citado en alguna ocasión a Antony Hegarty -ahora Anohni- y parece que la idea no desagradó del todo a Clementine, quien aseguró «entender» la música del líder de The Johnsons ya en su juventud. Porque si nos fiamos del propio cantante y pianista, que actuará en el festival Super Bock Under Fest el próximo sábado, día 24, en el hall del Auditorio Mar de Vigo, las referencias musicales tendríamos que buscarlas en Satie, Ravel y Fauré. Sirva entonces Antony como referencia, más que estilística, digamos, personal. Clementine es ese tipo de artista, de los que o entusiasma hasta la obsesión o, simplemente, no se entiende. De los que son respetadísimos por la élite intelectual, aunque él se empeñe en poner tierra por medio. De los que uno no puede arriesgarse a poner en tela de juicio, porque sería llevado a la hoguera por los más modernos del lugar.

Pero es que tampoco apetece criticar a este jovencísimo gigante negro de voz inimitable e historia inverosímil. No apetece porque es extraordinariamente bueno. Y porque, teniendo en cuenta su pasado, bastante ha tenido el tío.

Cuenta la leyenda -que Clementine no se ha encargado de desmentir ni de alimentar- que con tan solo 16 años abandonó su hogar en Londres y terminó de vagabundo por París, que el chaval sería problemático, pero tenía buen gusto y criterio. Para no repetir una historia mil veces contada y con demasiados lugares comunes, digamos que malvivió en las orillas del Sena tocando y cantando en el metro de la capital francesa, hasta que un buen día, un día buenísimo, de hecho, un productor musical escuchó por casualidad su voz y cayó rendido ante semejante prodigio.

Del resto tenemos pruebas documentales con, entre otras grabaciones, dos fantásticos discos -At Least for Now y I Tell a Fly-, amén de colaboraciones como la que hizo con Gorillaz. Cuesta creer que este espigado cantante, de imponente porte y elegante pose, que se planta en el escenario descalzo «para tener mayor control cobre los pedales del piano», según asegura, haya dormido alguna vez en la calle. Es más, este icono de la moda en el que se ha convertido Clementine cuesta imaginárselo durmiendo entre cualquier cosa que no sean sábanas de satén. Lo que hace creíble su historia son sus canciones. Y no solo la densidad de su música, en ocasiones no apta para todos los oídos, sino también la profundidad de sus cuidadas letras, en las que asoman inquietudes culturales y vitales no demasiado comunes en la paupérrima escena musical actual. Un recorrido por vivencias y sensaciones vividas en primera persona en sus años de vagabundeo. Un reflejo de una infancia que el propio artista ha definido como «una mala madurez».

Benjamin Clementine es de otra dimensión, un alien bien acogido en la tierra -como reza en una de sus canciones-, que ha tenido la suerte de haber sido encumbrado a una velocidad pasmosa por una élite cultural, la de Londres, que a lo largo de la historia ha demostrado ser terriblemente caprichosa e incluso cruel con sus juguetes. Clementine ya ha trascendido, ya es patrimonio de la humanidad aunque lleve colgando la etiqueta de Made in London.

Hay que tener en cuenta que, a pesar de toda la madurez que desprenden sus canciones, Clementine todavía no ha cumplido los treinta años. No se ha permitido el lujo de sacar al mercado trabajos de evolución ni discos de juventud. Ha empezado por lo más alto. Imaginen lo que será capaz de ofrecer de aquí en adelante, cuando el tiempo termine de pulir tanta experiencia y talento concentrado, siempre y cuando continúe fiel a sí mismo. Aprovechen la ocasión de ver a un artista en estado puro, antes de que lo corrompan.

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