Kike Ferrari: «A mí me tocó ser el pitufo que limpia el metro»

Limpiador del metro de Buenos Aires por la noche y novelista de día, como lo definió «The Wall Street Journal», Kike Ferrari publica «Que de lejos parecen moscas», una impactante novela tarantiniana que retrata a una clase social argentina


Trabaja como limpiador en el metro de Buenos Aires. Hasta hace poco tenía el turno de noche, ahora está en el de tarde. Kike Ferrari (Buenos Aires, 1972) es además un escritor que ha logrado destacados premios con sus relatos y su primera novela de aires tarantinianos, Que de lejos parecen moscas. Galardonada como mejor ópera primera criminal en la Semana Negra de Gijón, se publicó en el 2011 en una pequeña editorial y ahora la reedita Alfaguara. Una novela brutal y vertiginosa en la que relata las seis frenéticas horas que transcurren desde que el señor Machi, un empresario despiadado que hizo su fortuna bajo la dictadura militar argentina y la consolidó durante la democracia, encuentra un cadáver con la cara totalmente destrozada en el maletero de su BMW.

Autodidacta, sin carrera universitaria, exmilitante trotskista, deportado de EE.UU. en los 90, donde intentaba buscar trabajo, sindicalista combativo, a Ferrari le salen sus muchas lecturas por los poros. Lleva 13 tatuajes en sus brazos, desde Marx hasta El grito de Munch pasando por Bukowski.

-¿Cómo ha podido compatibilizar su trabajo de limpiador de metro con su carrera de escritor?

-Trabajo desde hace 30 años en diferentes ocupaciones, desde que me echaron del colegio, y hace 20 que escribo. Siempre compatibilicé trabajo y escritura. No supone ninguna tensión en mi vida. Pero es cierto que trabajar de noche me complicó, viví cuatro años obsesionado por el sueño, siempre estaba pensando cuándo iba a tener una hora libre para dormir. Escribía cuando podía, mi mujer me ayudó ocupándose de los nenes para que al menos tuviera dos horas para escribir.

-¿No está harto de que lo encasillen como el escritor que limpia el metro?

-No. Me ha beneficiado. Los escritores somos como los pitufos, enanitos azules iguales hasta que alguien nos pone nombre, el bromista, el gruñón, el poeta, el perezoso... A mí me tocó ser el pitufo proleta que limpia el metro y lo acepto porque me da visibilidad. La literatura es un diálogo, yo escribo para que me lean. Si barrer el piso sirve para que mis textos dejen de llegar a 200 personas y lo hagan a unos miles es una gran noticia. Además, me permite hablar de mi trabajo, rebatir el paradigma del escritor de la torre de marfil, de las musas, que no es cierto en absoluto. Este es un oficio que hay que aprender, no hay musas. La literatura es un trabajo y hay muchos trabajadores que escribimos y quizá si ahora hay algo interesante que decir lo tenga que hacer la clase trabajadora.

-Pero usted es un caso insólito que llama mucho la atención porque tiene dos trabajos que parecen opuestos.

-Hace unos años me escribieron un mail de una universidad norteamericana preguntándome algo sobre un texto mío. Les contesté a las siete de la tarde. A las diez de la noche, empecé a trabajar en el metro. A las once, limpiamos, y cuando acabamos sentimos un olor muy fuerte y en una de las entradas de las escaleras que bajan al metro, un homeless se había cagado. Tuvimos que baldear de nuevo. Fue el momento en que noté más fuerte esa disociación que ven los demás. Hace cuatro horas estaba contestando a una universidad norteamericana sobre mi trabajo y ahora estoy limpiando caca. A partir de ahí un periodista escribió la primera nota del escritor que limpia el piso y todos los medios me fueron haciendo la misma nota.

-¿Quién es Luis Machi y qué simboliza?

- Es un tipo que no tiene conciencia de sí mismo, no sabe quién es. Lo peor es que cree que nunca ha hecho mal a nadie. Que de lejos las moscas es una novela de iniciación en la que el personaje aprende quién es, aunque trata de olvidarlo. Al final sabe que es un delincuente. Cuando escribo construyo personajes reales, no tengo la intención de crear paradigmas, eso surge después. Y Machi surge como paradigma de una clase específica dentro de la burguesía, los tipos que se enriquecieron haciendo negocios con la dictadura militar.

-Se llama igual que un jefe que tuvo. ¿No teme que lo denuncie?

-La primera decisión que tomé al escribir esta novela fue que no quería tener empatía con los personajes, en la vena de Patricia Highsmith, personajes que a ella le parecían despreciables. Busqué un modelo y encontré a Luis Machi en mi memoria, un empleador que tuve cuando trabajaba en una tanguería para turistas de Buenos Aires. Como sucede en la novela, me despidió porque no respondí cuando me llamó al móvil en mi día libre. Esta novela es mi ajuste de cuentas. Era un tipo muy arrogante, muy jodido con sus empleados, muy ignorante y brutalmente enriquecido en muy poco tiempo. Lo más seguro es que no se haya enterado de que sale en la novela, porque no lee. Yo odio a la patronal, odio al capital, odio a la gente que vive del trabajo ajeno, no personalmente, pero sí como clase. No tengo ningún problema con el odio.

-Su novela es una feroz crítica social.

-A mí interesa la política y desde que tengo hijos mucho más. Yo odio el mundo en que vivimos, me parece horrible, injusto y oneroso, si uno lo pensara un poco sería inhabitable. Odio la literatura que no cuenta historias, la literatura del lenguaje nada más me parece el vacío y la literatura del panfleto me parece horrible. Elijo las historias, los personajes y el lenguaje y finalmente lo que sale es que odio el mundo en el que vivimos. Aunque no lo hice a propósito, el apellido Machi solo se diferencia en una letra de Macri, el presidente argentino, que es un claro ejemplo de esa nueva burguesía iletrada que hizo fortuna en la dictadura haciendo negocios con el Estado y con la especulación financiera.

-Entre las citas que sirven de introducción a su novela hay una de Rodolfo Walsh: «Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya».

-Elijo una frase de Jim Thompson para decir que ese es el nicho de la novela criminal en la que yo fui a abrevar. También pongo una de Marx, con lo que digo que hay una crítica social explícita. Al nombrar a Walsh digo que ese es el universo que me interesa, él usa las herramientas de la ficción policial para escribir una novela de no ficción y Que de lejos parecen moscas es una novela que usa determinadas herramientas de ficción para contar lo social.

-La novela tiene escenas muy duras de violencia. ¿Qué papel juega?

-A mí me interesa mucho la irrupción de la violencia extrema, explícita. Si uno no se regodea, si la usa en su justa medida es de alto impacto, cumple un rol muy importante, que es acelerar la novela. Me parece que si la violencia no fuera tan explícita habría quien pensaría en Machi como un malvado encantador.

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