Películas desastre: el placer del cine malo

A raíz del éxito del filme de James Franco, proponemos un repaso a algunos momentos cumbre del ridículo en pantalla grande


He visto y disfrutado con lo que James Franco hace en The Disaster Artist. En realidad, su reconstrucción del rodaje de The Room, con aquella pandilla de loosers capitaneados por un tal Tom Wiseau, gurú del Gurugú de lo que quería ser un psicodrama a lo Tennessee Williams y se convirtió en bodrio celebrado entre carcajadas primero crueles y finalmente salvíficas, es muy estimable pero no tiene nada de original. No deja de ser una revisitación de la monumental Ed Wood, en la que Tim Burton nos legó una memorable nave de los freaks de la que nunca olvidaremos el sarcófago de Martin Landau y el travestismo con jersey de angorina de Johny Depp.

No voy a aburrirles elaborando un listado de las que considero peores películas de los anales. Si consultan Internet, verán ahí un montón de series Z que apenas nadie ha visto, junto a algunas excrecencias del cine de superhéroes (en especial, la Catwoman que protagonizó Halle Berry o el Batman & Robin de Joel Schumacher que protagonizó George Clooney). Recuerdo las proyecciones de los citados filmes de Halle Berry estilo leather-night y de un Clooney como murciélago bastante homoerótico. Y eran puro sopor, una atmósfera de muermo abrumadora. Un anticlímax. Y no es eso, no es eso. Lo que realmente convierte la maldad intrínseca de un filme en algo sublime, en una inolvidable catarsis del tomatazo, es ese momento en el cual una sala entera comienza espontáneamente a reírse de algo muy solemne y emperifollado. Y cuando esas carcajadas van a más, se crecen con cada nuevo despropósito y estallan en una sesión canalla para el recuerdo colectivo. Ahí es donde se labran las leyendas de las cult-movies más allá de las lágrimas. Y del sentido del ridículo.

En mi memoria perviven hasta cuatro de esos placeres metacinematográficos, esos momentos que consideras difícilmente repetibles. Paso a reseñarles con el respeto merecido los cuatro, que en el siglo XX la gente era bastante más seria.

«Tánger». Juan Madrid (2003)

Quienes estuvieron en San Sebastián en aquel pase de prensa de doce de la noche,como si la hora ya preparase la bacanal, de septiembre de 2003 son mucho más que un club. No sé quién fue el mal amigo que tuvo la ocurrencia de proponerle al escritor de novela negra Juan Madrid que dirigiese él mismo una de sus tramas de pistolón y puticlub. Recuerdo que el protagonista era el cubano Jorge Perugorría, que encarnaba a un tangerino con acento de Valladolid. Su personaje, Abdul Kader Torres, era el hijo de un comisario de la Brigada Político-Social. Tenía un papel importante, y esto es algo que nadie ha olvidado, Ramoncín, que salía de jefazo de camada negra de la extrema derecha, tan relamido de gomina como puesto de farlopa. Y cuando a Ramoncín le caían cuatro tiros y se desplomaba sobre la moqueta de una boîte con piano-bar el cine se venía abajo entre las risas y los aplausos. Creo que esta es la ocasión en la que mejor me lo he pasado delante de una pantalla. Como los críticos de entonces tenemos una edad, no hemos creado un grupo de WhatsApp de los asistentes. Pero siempre desearemos regresar a Tánger. Con Ramoncín y su muerte por balacera en bucle.

«Volver a nacer». Sergio Castellito (2004)

Es bastante habitual que estos exorcismos de la carcajada no buscada se produzcan en películas que se pretenden de altísimo voltaje dramático y que abordan tragedias humanitarias. El romano Sergio Castellitto se atrevió a pergeñar lo que aspiraba a ser dramón sobre la carnicería en Bosnia. Cuanto más buscaba tocar la fibra emocional, con una Penélope Cruz en rol de madre coraje, más lágrimas provocada. De inopinada comicidad. Fue, de nuevo, en San Sebastián. De optar a la Concha de Oro, al Tomatazo.

«Lejos del Mar». Imanol Uribe (2015)

Tras La muerte de Mikel y Días contados, Uribe anunció el cierre de su tetralogía sobre ETA. Pero aquello no fue precisamente El anillo de los nibelungos. Presentada, de nuevo, en San Sebastián, su guion era un puritito delirio que proponía que Eduard Fernández, un terrorista de ETA, recién liberado tras veinte años en la cárcel, vivía una relación de pasión sexual desenfrenada con Elena Anaya, la hija de una de sus víctimas que, en su momento, había presenciado la ejecución. No hace falta que les detalle los niveles de ridículo del asunto para provocar que ?en una sala en Euskadi y en un filme que hablaba de ejecutores y víctimas de ETA? el personal fuese acompasando los dislates con risas del todo desacomplejadas. El clímax llega con una secuencia donde se ve en primer plano la primera de un diario con tipografía de El Caso y donde en un gran titular se podía leer: «Extremo caso de síndrome de Estocolmo». A dónde va a parar la mas bien fofa Fe de etarras. La de Uribe sí es la gran comedia (involuntaria) sobre los años de plomo.

«The Last face». Sean Penn (2016)

Director de obras tan insobornables como Extraño vínculo de sangre, Cruzando la oscuridad o El juramento, todavía es un misterio cómo se le pudo ir tanto la pinza a Sean Penn para firmar una película de tan desopilante buenismo jocoso sobre voluntarios, cooperantes y médicos en el corazón del Congo, desangrado en cruenta guerra civil. Asistíamos a hermosos atardeceres a lo Memorias de África que adornaban la melosa historia de amor entre Charlize Theron y Javier Bardem y sin solución de continuidad pasábamos de la postal colorinche a un desmembramiento gore y rojo crudo en secuencia de matanza. Y para siempre quedará ya la frase con la cual se le explicaba a una dislocada Charlize Theron el motivo del trauma personal profundo que había abocado a Bardem a buscar su destino en medio de aquel infierno: «Es un huérfano de la Transición».

Eso dicho así, en Cannes, como fastuosa humorada del nonsense, provocó ovación y dos orejas en la sala Lumiere. Y mató comercialmente a la película, que en España se estreno nueve meses más tarde con un título nuevo, Diré tu nombre, y aguantó una semana en cartel. Y desde aquí proponemos la frase «un huérfano de la Transición» como lema del cine trash, muy por encima de cualquier alucinación de Ed Wood, de los hermanos Farrelly o de ese Tommy Wiseau al cual James Franco viene de invocar en sus locas orfandades de cordura.

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