Laura Ferrero: «Igual tu padre no se merece que le quieras»

Cuando la vida cambia, furcia y maravillosa a la vez, lo hace de un día a otro, sin contemplaciones. Y en eso están los personajes de la primera novela de Laura Ferrero: intentando saber en quiénes se han convertido


Hubo un día en otra época, otra vida casi -otra gente a su lado-, en el que Laura Ferrero se fijó en una pequeña casa blanca al pie de La Xanga, una playa de piedras del sur de esa isla «esquizofrénica» que es Ibiza. «Quién habrá vivido aquí, recuerdo que pensé, quién habrá sido el afortunado». En ese lugar, decidió entonces arrancar su novela con un hombre que vigila a un niño que juega frente al mar, la primera, la que Alfaguara le compró con solo 40 páginas escritas al mismo tiempo que se hizo con los derechos de unos relatos que, autoeditados, tardaron solo una semana en escalar hasta los primeros puestos de los más vendidos de Amazon. Algo estaba pasando.

La prueba de fuego, más que superada -segunda edición ya-, llegó hace mes y medio con Qué vas a hacer con el resto de tu vida, su debut en el género largo. Quiso primero ser una historia de amor y luego no, pero al final, irremediablemente, acabó siéndolo. «Es curioso eso -comenta Laura-, a veces por mucho que tú te convenzas de que quieres hacer una cosa, hay otras cosas que están dentro de ti y que siempre acaban saliendo». Al menos sobre la autora, hay unas cuantas que terminan asomando. Comparte con la protagonista nombre, edad (33 años), ciudad (Barcelona), empleo (correctora y editora) y temporada en Nueva York. «¡Pero no soy yo!», intenta convencerme al otro lado del teléfono. «Mi madre nunca se fue, no tengo un hermano al que le haya pasado lo que le pasa a Pablo ni tampoco un padre geólogo», argumenta., hasta que finalmente acaba claudicando: «Laura se llama así porque empecé a escribir en primera persona y no me salía llamarme María, es cierto que cuando llegué al final y leí la novela entera, me di cuenta de que, en parte, estaba hablando de mi».

-¿Estás diciendo aquí cosas que de otra forma no te has atrevido a decir?

-Mira, a veces me paraba a mirar todo lo que le había dado a este personaje, lo que hacía y lo que decía, y pensaba «a mi me gustaría tener esto, hacer esto». En el fondo, creo que la literatura es dar vida por segunda vez a algo. Y mientras tú escribes, estás haciendo que las cosas no mueran.

Tiene razón Laura, sin embargo, cuando asegura que esta no es su historia. Está, pero no es. Sí es la de una familia astillada que un día se queda medio coja y otro, coja entera, y que al final ya nadie sabe lo que es. Es la de una hija que sin hijos es madre y la de una madre que, aún con hijos, no lo es; una historia de cosas que no se dicen, de triángulos silenciosos y de gente que no está. «Mi madre siempre ha sido la figura fundamental de mi familia, por eso me plantee si una madre podría abandonar a sus hijos -cuenta-, y me dije, ''obviamente que puede, ¿por qué estás juzgando a una mujer y a un hombre que hace lo mismo no?''. «La madre de la protagonista se va porque cree que puede tener una vida [Ferrero no dice ''otr'', dice''un''] y eso me parece importante, hizo que me cuestionase mis valores».

Adriana, la que siempre se sentaba al pie de la silla y hacía bailar continuamente los pies, se va. Se va durante cinco años dejando una familia rota. Y la Laura del libro, frenética, empieza a buscar respuestas sin saber siquiera qué preguntar. Lo que parece no entender es que el roto siempre estuvo descosido. «Para ellos, lo importante era la imagen aparente de familia unida, que se quiere, pero ¿qué pasa si una persona no quiere a su familia? Vivimos en una sociedad en la que decir ''no soporto a mi padre'' o ''mi madre es una mala persona'' es duro, la gente te mira raro -reflexiona-. No somos capaces de asumir que igual nuestros padres no se merecen que los queramos». ¿Y qué pasa si al que no queremos es al otro? ¿Si creemos que sí, pero no? «Hay mucha gente que cuando dice que quiere a alguien, lo que quiere es que le quieran -cree Laura-. Confundimos el amor con las obsesiones y con el falso apego, y los afectos de verdad se basan en la admiración mutua. En esta novela, el padre se pasa toda la vida diciendo que quiere a una persona a la que en realidad detesta, a la que le tiene un rencor horrible. Porque a veces necesitamos recibir en lugar de dar. Y eso que recibir no es fácil, es una responsabilidad enorme, da muchísimo miedo que alguien nos quiera incondicionalmente».

Qué vas a hacer con el resto de tu vida es un trayecto de ida sin vuelta muy triste. Pero es que además llega y toca, hurga y araña ya desde su título mismo. «La primera persona que se la leyó me dejó al día siguiente una nota que decía: ''Laura me has cambiado la vida, he decidido volver a casa''. Hacía cinco años que se había ido.

Tenemos que hablar

Albert Camus dijo que «todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro». En la familia que se ha inventado Laura Ferrero no solo no se habla claro, directamente no se habla. Sus cuatro miembros se pasan el libro haciendo suposiciones de lo que pasó, de lo que habrán pensado los demás, de cómo se sentirá el otro y aquel y el de más allá, construyendo confusas versiones particulares simplemente para poder seguir hacia delante. Su protagonista, en lugar de sentarse y mantener una conversación, hace las maletas y se instala en una ciudad ajena y hostil, de pinta amable pero embustera, creyendo que así encontrará respuesta a los dos hechos traumáticos que son la columna vertebral de esta historia. Las soluciones llegan, sin embargo, cuando ella misma cruza los límites, que de eso va realmente este relato largo, de las versiones y de las fronteras. Qué es el amor y qué no lo es. Qué es una familia y qué deja de serlo. Dónde acabo yo y empiezan los demás.

El hombre conoce delimitando, dice Laura. También moviendo de lugar los horizontes. Tal vez por eso la autora solo arroja luz sobre los acontecimientos cuando la protagonista cruza la línea que acota su vida y, con un sincero intercambio de palabras, entra bajo la superficie de la de su padre; cuando, aturdida, sobrepasa los límites y lee algo que no debería haber leído colándose vertiginosamente en la de su madre. No hay soluciones sin embargo cuando, por más que lo intenta, no consigue dar con las palabras adecuadas para formular la cuestión definitiva a ese a quién ni siquiera su padre se atreve a nombrar. Vivir es eso. Hablar, encarar, preguntar -¿qué sabemos nosotros de los motivos de los demás?-, no permanecer sordo, no permanecer quieto -«produce dolor, pero es necesario para continuar». Irse o quedarse -¿qué es lo más fácil?-, pero hacer algo. Con el ahora y con el resto de tu vida. 

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