«Mejor la ausencia» no es otra «Patria»

«No se puede escribir de ETA a sangre fría. Yo muestro la violencia desde dentro», dice Edurne Portela, que se sacude la etiqueta de autora revelación del año. Si como Kafka, quieren un libro que muerda, aquí tienen. Esta es una herida que supura y hace daño.

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A ver qué papel te toca en esta mano. Prueba suerte. Con cuatro papelitos, y un juego de niños que al poco rato se pone serio, comienza la primera novela de Edurne Portela, que se ha ganado ya los apellidos de «autora revelación del año». «Eso es una tontería», se sacude ella el cliché, sin más. No ha venido a Galicia enseñando Ocho apellidos vascos, una peli que no le cayó muy en gracia. ¿Por qué fue el taquillazo blanco de la crítica en El eco de los disparos? «Hubo momentos de la película en que me molestó que se banalizara la violencia, que hubiera gente dispuesta a reírse de algo tan reciente, cuando aún no habíamos hablado de ello en serio. Pero el mismo Borja Cobeaga hizo otras cosas interesantes, como Negociador, o Fe de etarras, más ligera, una comedia sobre ETA que me gustó. No es que no me guste el humor. Me gusta el humor ácido, el que te señala la tragedia despertando la sonrisa», sostiene la autora de Mejor la ausencia, segunda edición en dos meses.

¿Otra Patria? No, aunque señale la herida de los años de plomo y tortura en el País Vasco, 30 años que salen del trastero del silencio. Si Aramburu guardia distancia, hace «planos de la casa» y evidencia sus mimbres de novela política cerrada, Portela pregunta, crece, se cae, mira de cerca, nos incumbe de lleno sin entender nosotros bien por qué; va a la piel desde la primera persona frágil pero plena de una niña, Amaia. Dos páginas y estás dentro. De la mano de esa niña, de su asombro, de su miedo, de su asco. La atmósfera es asfixiante y raramente familiar. ¿Es una novela? «Tras escribir El eco de los disparos, seguí haciéndome preguntas. Pensé: ‘A ver si puedo hacer una novela...’, pero no sabía si la acabaría, si sería buena o mala. Me dejé llevar, fue un proceso de escritura muy intuitivo». Tiene algo la ficción que da acceso a una verdad más honda que la descripción de los hechos. «La ficción, la novela, permite explorar zonas que el ensayo no permite, las emociones, los afectos que subyacen en los hechos», asegura. Tú lo llamas sustrato afectivo. «Sí. Esa cosa tan libre y mágica que es la imaginación te hace llegar a lugares a los que la razón no te lleva, porque está llena de prejuicios y de dudas. La imaginación es libre. El poso del pensamiento está ahí, pero ella lo transforma. La imaginación activa zonas de la subjetividad que están pero no conoces». En una entrevista reciente a Enrique Clemente en La Voz saltan las diferencias con Patria. Las comparaciones son odiosas, pero ofrecen ciertos puntos de referencia. «Patria y Mejor la ausencia son dos novelas completamente diferentes, y es injusto comparar. Patria es una novela política que quiere explicar un conflicto y lo explica desde el principio. Y tú tienes que comprar esa explicación o no. Está claro que mucha gente la ha comprado. Es una novela que quiere explicar lo que ha pasado en Euskadi en tres décadas. Mi novela, en cambio, no pretende explicar nada. Indaga, plantea preguntas y hace quizás que te vayas metiendo en ese ambiente, que vayas vislumbrando lo que se podía sentir, percibir, vivir en esos años de violencia y silencio. Desde dentro. Es una violencia inmersa en la cotidianidad», explica Edurne Portela. Aquí duele la violencia no solo de ETA, también la amenaza de los GAL, «muy presente esos años. La amenaza en sí era muy clara. Era algo constante que causaba mucho miedo y mucha ansiedad, sobre todo cuando eras pequeña». ¿Qué te descubrió observarlo y escribirlo desde los ojos de Amaia? «Escribirlo fue casi revivirlo. Me sorprendió también descubrir esa violencia machista, patriarcal, que marcaba, y marca aún, la vida de las mujeres».

El principio de Mejor la ausencia ya es una sorpresa. «Es curioso -dice la autora-. Fue un proceso muy muy largo. Yo al principio no sabía que Amaia iba a ser la voz, la protagonista. El protagonista iba a ser su padre, Amadeo, y esta es una novela que empecé a narrar en tercera persona. Escribí muchísimas páginas... unas 80, pero llegaba un momento en que la historia a mí, no sé, me dejaba de interesar. Pensé: ‘Esta historia puede estar bien, pero hay algo a lo que no estoy accediendo’. Entonces me empecé a fijar más en Amaia, en esa niña, y me di cuenta de que quizá lo que más me interesaba era entenderla, comprender cómo nos puede afectar crecer, vivir, desarrollarse en un contexto de violencia». Hay muchos guiños a una generación. Ahí, aquí, están el Colacao de las mañanas, Los Cinco de Enid Blyton, La bola de cristal, La Polla Records, las referencias de Portela. «La gente de mi generación -cuenta-, la gente sobre todo de mi área, lee la novela y dice: ‘¡Coño, es que me estás contando mi vida! No unos hechos concretos, es mi vida. Pero no diría que es una novela generacional....».

Si te van a poner una etiqueta, has sugerido, que sea la de «novela feminista». «Bueno... Si le van a poner alguna, que sea esa, sí, la de novela feminista mejor que la de novela sobre el conflicto vasco». ¿Por qué, qué le pasa a la expresión «conflicto vasco»? «Que reduce mucho. Si dices ‘conflicto vasco’, todavía la van a leer hoy a favor o en contra, porque seguimos polarizados. Si dices ‘novela sobre ETA’, ya llega ya el tema Patria, y es cansino... Yo creo que la novela es más que eso, la violencia de ETA es un contexto, pero igualmente opresiva es la violencia patriarcal, la familiar, la doméstica, lo que hablábamos, ¿no?». Ahí está el plomo de Mejor la ausencia, expandiéndose más allá del mapa de Euskal Herria, dando sentido al título. Mejor la ausencia que la presencia que asfixia, hiere y mata.

«Hay lectores que dicen que los personajes son reales, que son muy de carne y hueso -comparte Portela-. Yo no me planteaba hacer personajes representativos. No quería que los personajes hablaran para que dijesen lo que yo quería decir. Yo solo intentaba mirar a los personajes y entenderlos. Ir conociéndoles, viendo cómo reaccionaban a situaciones familiares, sociales... Fue todo muy en el momento, sobre la marcha. Yo les iba viendo a ellos crecer, sorprendiéndome».

¿Cómo está hoy la herida del silencio en el País Vasco? «Es aún una herida abierta, hay gente que ha sufrido un montón y que sigue sufriendo en el País Vasco, pero ya no se siente esa necesidad de pasar página. Hay un interés por revisitar el pasado, ir poco a poco hacia él. Hemos pasado de un silencio fuerte a una recapitulación, el pasado se está haciendo más presente. Ya empezamos a hablar», sostiene.

¿Cura escribir, o ha sido Mejor la ausencia un hurgar en la herida? «Hurgar en la herida, desde luego. Curar... no lo sé. Pero está bien dejar heridas un poco abiertas, darles tiempo. Tendemos a querer cicatrizar muy pronto... Y a veces si la herida supura un poco no está mal. Para mí esta novela ha sido dolorosa. Escribiéndola lo he pasado mal, a veces me asustaba de lo que escribía, y no he sentido que cerraba una etapa ni ha sido una catarsis».

La herida supura. Y muerde.

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