Lola Herrera: «Si me molestase ser vieja sería una imbécil»

Tras más de sesenta años sobre los escenarios, Lola Herrera habla con tanta pasión y orgullo de su vocación que no necesita decir nada más. Ni que no piensa bajarse de ellos ni que sigue teniendo mucho que decir sobre la vida, el mundo y la interpretación. Sin florituras.

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Lola Herrera (Valladolid, 1935) suena dura al otro lado del teléfono. A punto de estrenar en Galicia su obra La velocidad del otoño con Juanjo Artero, la historia de la mujer atrincherada en su casa para evitar que sus hijos la lleven a una residencia nada tiene que ver con la suya personal. Ni con la de su madre y tía, a las que cuidó hasta que fallecieron. Por eso es una obra con la que intenta reivindicar un millón de cosas. Y una fundamental: el derecho de los mayores a decidir cómo quieren vivir su vida.

-Se critica mucho el tema de las famas y las divas. Pero ¿es bueno, y hasta necesario, que llegado un punto de la trayectoria profesional, a una se le suba un poco a la cabeza?

-Me parece una estupidez. A quien se le suba me parece que es como perder un poco la cabeza. ¿Qué es la fama? Si es que es una cosa muy frágil. ¿La fama es salir en la televisión y que te conozca la gente? También conocen a la gente de los anuncios, que no son conocidos, y a mucha gente. Pero no lo entiendo. No entiendo que a nadie se le suba a la cabeza el ser popular, famoso, conocido, como quieras llamarlo.

-¿Y cuál es el secreto para conseguir que a alguien con la carrera profesional que tiene usted, por ejemplo, no se le suba a la cabeza? Fácil no debe de ser.

-Pues tener los pies en el suelo y ser normal, o sea, tener una cabeza normal. Te quiero decir que no hace falta ser un superalgo. Es, simplemente, ser normal. Trabajas en una profesión. Tienes que saber dónde estás, lo que significa la popularidad, la fama o el conocimiento de la gente hacia ti, y vivir con ello, pero de la manera más natural del mundo. Como el que va a la oficina. Es más incómodo a veces porque te resta privacidad, pero lo demás también sabes en la profesión que estás, y que estás ahí gracias a un público que te coloca, y que lo mismo que te coloca te puede descolocar.

-Para una mujer que ha cuidado siempre tanto a su madre y a su tía, hacer una función como «La velocidad del otoño», ¿es duro?

-No, es muy gratificante, porque estoy poniendo voz a mucha gente de alguna manera. Se toca un tema que normalmente no se toca, que está ahí en la intimidad de las familias. La gente se va quedando sin voz a medida que va cumpliendo años, la inmensa mayoría. Es dependiente de lo que los demás deciden, unas veces por no tener guerra, otras por prudencia, otras por lo que sea. Y hablo de la gente que tenga la cabeza en su sitio, no de un alzhéimer o una enfermedad mental que no sepa quién es, hablo de estar bien, en el deterioro normal de un cuerpo que se va haciendo viejo. Teniendo la cabeza bien, el derecho de todo ser humano, y más cuando has pasado tantos años ya aquí en la tierra, es poder decidir lo que tú quieres. Aunque los demás no estén de acuerdo. No se trata de que estén de acuerdo, se trata de que tú tienes derecho a defender tu intimidad, tu libertad como cualquier ciudadano. Y, a veces, con todo el amor del mundo, la gente se mete demasiado en tu vida y te la organiza sin tener que hacerlo. Hay que ser más respetuosos.

-¿La gente tiende más a meterse en la vida de la gente mayor?

-Yo no puedo hablar por experiencia, porque yo sigo trabajando, tengo salud de momento, tengo una serie de cosas que no están al alcance de todo el mundo, pero hay una inmensa mayoría. Mira alrededor: uno se da cuenta de que, o bien hay una buena disposición económica, o bien siempre se dice que es para que esté mejor atendida una persona y se le lleva a una residencia, que aunque sea de lujo, es una residencia. Ya sé que la sociedad está de una manera que las mujeres, desde que nos incorporamos al trabajo, no podemos atender a todo: la casa, los hijos, los mayores... No puede recaer todo sobre la mujer. Tendría que haber una sociedad un poco mejor organizada, que la gente pudiera tener su espacio, su casa, sin necesidad de moverse de ella, y que pudiera tener ayudas, pero que no tuviera que estar impedida para tenerlas si es que lo necesita. Una persona, si quiere morirse sola en su casa, tiene que tener la opción de hacerlo. ¿Que se tropieza y se cae? Ya se levantará. ¿Que no llega nadie a tiempo? Pues se muere. Pero si lo ha decidido ella, esto hay que respetarlo.

-Ha dicho en alguna ocasión que no entiende por qué las mujeres se casan, que le gusta ser vieja... ¿Se vuelve una más valiente, más rebelde, con el tiempo?

-Que no entiendo por qué se casan, no. Sí lo entiendo. No sé si lo habré dicho, pero quiero decir que hoy día vivimos en un mundo en el que una boda cuesta mucho dinero. Si es por hacer una fiesta, es una fiesta carísima y muy compartida. Yo me canso de ver a los novios saludar a tanta gente, y estar un año gestionando una boda para ver en qué iglesia, a cuántos invitamos [ríe]... Me parece una complicación que no la entiendo muy bien, es innecesaria. Cuando dos personas se quieren y quieren estar juntos, pueden organizar su presente y su futuro, pero todas esas celebraciones las encuentro un poco para contentar a mucha gente, pero no sé, no lo entiendo muy bien. Pero no importa tampoco.

-No, pero también tengo entendido que dijo que le gusta ser vieja y....

-No, no que me guste, es que no es que te guste. Es que no estoy a disgusto de ser vieja. Es decir, si he sido joven, tendré que ser vieja si vivo, es que es una cosa natural. Yo no he dicho que me guste ser vieja. Lo habrán escrito pero no lo he dicho; he dicho que no me disgusta ser vieja, porque es mi realidad, la del todo el mundo que ha sido joven antes, luego madura, luego casi vieja y luego vieja. Y luego seré viejísima si vivo más, pero es que una cosa así si me molestase sería una imbécil.

-¿Se vuelve una más valiente, o más rebelde, con la edad?

-No lo sé, yo creo que eso hay que tenerlo de principio. Y la rebeldía, creo que se es más rebelde cuando se es más joven, ¿no? Pero si tú tienes las cosas claras y vas clarificando todavía más en el tiempo, y estás dispuesta a llamar a las cosas por su nombre y en todo momento, es mucho más cómodo.

-¿Sabía que era inevitable que sus dos hijos se dedicasen al mundo del espectáculo, o en algún momento albergó la ingenua esperanza de que no fuese así?

-No es una esperanza eso. No sé por qué la gente piensa... Bueno, sí hay compañeros a los que he oído decir que no querían que se dedicasen a esto. Yo, chica, a mí esto me apasiona, entonces, ¿cómo voy a impedir que alguien se dedique a algo que me apasiona? Yo no les he empujado a ningún sitio, ellos lo han decidido por su cuenta, pero estoy encantada de compartir una cosa más. Y, sobre todo, que es lo que han decidido ellos, y que nadie les ha empujado a eso. Y que me parece una profesión maravillosa. Muy duro, pero, ¿qué no es duro hoy día? Todas las profesiones son duras.

-¿Qué es lo que más le cuesta a un actor escuchar del público?

-¿Del público? ¿Del teatro?

-Del público en general, quiero decir.

-Yo creo que lo que es más duro es el bajo nivel de exigencia que hay en la mayoría del público. Hay un bajo nivel. Hay una pequeña parte exigente, con razón, porque yo creo que el público tiene que ser exigente con lo que va a ver, decidir o compartir. Creo que hay un bajo nivel de exigencia.

-¿Cree que está asociado a un bajo nivel cultural o simplemente es falta de hábito?

- No sé adónde está asociado. Está asociado simplemente a que todo es como clónico, todo es muy igual, muy plano. Somos muchos y todo el mundo sabe hacer todo. En cualquier profesión vale todo. Y ese vale todo ha hecho más planos todos los valores profesionales de todo tipo, porque la gente es mucho más indulgente. Más que los hechos importa la palabrería, dónde estés, cómo estés, con quién te relacionas, las redes sociales, cuántos tienes en la redes sociales, y entonces podrás vender no sé qué cosa... Es una cosa que es muy distinta, y en eso a mí me parece que se ha perdido, sobre todo, calidad, en general en todo. Desde la comida hasta todo.

-¿Su última función será en un escenario o en un plató?

-No tengo ni idea, porque no he consultado con nadie que me lo pueda decir.

-¿Y si pudiera elegir?

- No, no, es que no tengo la idea de decir: «Bueno, yo voy a hacer esto, y en esto voy a poner el fin». No tengo una idea premeditada para mi fin. Mi fin será el que sea, pero yo no lo he escrito.

-¿Hay algún papel que aceptara en su momento y que no volvería a aceptar?

-Creo que todo es necesario saberlo. Aún lo que haya hecho que no me haya gustado, creo que ha sido positivo para darme cuenta de que eso no lo tenía que hacer nunca más. Siempre a lo largo de tu vida, imagínate la cantidad de trabajos que haces como para que todo sea maravilloso, ¿no? Todo es un camino con las dificultades lógicas, y esto es un ejercicio que trabajas con tus sentimientos, experiencia, respiración, con los cinco sentidos, y tienes que transmitirlo. Y, si una cosa no te gusta, te resulta mucho más difícil transmitirla, por eso hay que enamorarse de los personajes aunque sean horribles porque, si no, tú no los puedes transmitir.

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