«Los malos para ser interesantes tienen que tener luces»

La autora madrileña continúa la monumental tarea que empezó en el 2010, culminar en seis entregas sus «Episodios de una guerra interminable». La cuarta es una novela de espías, impostores y diplomacia

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Cuarta entrega de sus Episodios de una guerra interminable, Los pacientes del doctor García es una novela de espías y nazis, un thriller político, una reivindicación del papel de los republicanos burgueses y un varapalo a las democracias occidentales que hicieron posible la victoria de Franco y luego lo consolidaron en el poder.

-Como en las anteriores novelas de la serie, toma partido claramente por la República. Se la ha acusado de maniquea.

-En primer lugar, pienso que la objetividad es una quimera, no existe, porque escribir es mirar el mundo y contar lo que uno ve y no se puede exigir ni esperar que nadie, sea escritor o incluso historiador, abjure de sus principios, de lo que le parece que es bueno o es malo, justo o injusto. Por tanto, la objetividad es una quimera y no existe y cualquier intelectual honesto debe empezar por reconocerlo. Aparte de eso, creo que la función de un novelista no es ser neutral. Uno de los atributos fundamentales del narrador es la libertad. Es verdad que yo no soy neutral, pero creo que es muy anómalo que en un país con una cultura democrática y una democracia presuntamente madura y consolidada se exija neutralidad al novelista como garantía de no se sabe muy bien qué al narrar un conflicto entre demócratas y fascistas. Si de verdad creemos en los valores que preconiza nuestra Constitución, no entiendo la obsesión por la neutralidad.

-La crítica que hace de las democracias occidentales es demoledora.

-Efectivamente. Yo creo que el principal aliado de Franco no fue el Eje sino el Comité de no intervención de Londres, que impidió que la República pudiera armarse, que los envíos pagados legalmente con dinero republicano pudieran pasar la frontera. Fue tremendamente parcial porque cerró la puerta a la República, pero dejó abierta la puerta por la que el Eje abastecía a Franco.

-Los republicanos confiaban en que, tras la Segunda Guerra Mundial, con la derrota del nazismo, los aliados derribarían también a Franco.

-Realmente todas las novelas de la serie cuentan lo que fue la gran quimera, la gran entelequia de los republicanos, que siempre esperaron que después de la Segunda Guerra Mundial los aliados quitarían a Franco del poder. Pero en realidad el gran problema fue que a los aliados Franco les gustaba más que los demócratas españoles. Cuando la lógica de la Guerra Fría empezó a imperar fue la puntilla. Ahora es muy fácil decir, con la información que tenemos, que los republicanos fueron unos ingenuos, pero en los años 40 lo más razonable era pensar que sucedería lo contrario de lo que pasó. Esta es una novela con nazis, pero los malos más malos no son los nazis, que al fin y al cabo, representando el mal, siempre fueron leales con Franco, que era su aliado. Los que fueron desleales a la República fueron las democracias occidentales, que eran teóricamente sus aliados. Hicieron toda una serie de piruetas dialécticas, diplomáticas y políticas para, en definitiva, consagrar a Franco en el poder. La consecuencia fue que mientras en la segunda mitad de los años 40 en los países del Eje había democracia, orgullo nacional y Plan Marshall aquí no hubo absolutamente nada y así estamos.

-Reivindica a la burguesía republicana de izquierdas, que hizo posible la República.

-En la literatura española hay una corrección política encubierta que ha exterminado a una clase social, la burguesía republicana ha sido borrada del relato y eso es muy injusto porque sin burgueses republicanos no habría existido nunca la República. En la narrativa de estos tiempos, los republicanos son o víctimas o verdugos, pero además son incultos, ignorantes, manipulados, gente de pueblo que no tenía un duro, rencorosos que se dejan emborrachar por la violencia o engañados por fuerzas del mal. Si no hubiera habido profesores, intelectuales, catedráticos, filósofos, políticos, jueces republicanos no se habría podido levantar el Estado, no se habría podido redactar la Constitución en 1931. En esta novela vuelvo a contar una historia de resistencia, en este caso diplomática, que pervivió durante décadas. Y para contarla solo podía hacerlo desde esa clase social.

-Un personaje central es Clara Stauffer, que lideraba una red de evasión de criminales nazis desde España a Sudamérica.

-Lo que me motivó a escribir esta novela fue la figura de Clara Stauffer, que es muy compleja, muy interesante, llena de contradicciones y de ángulos. Por un lado, en su juventud triunfó como deportista de una forma acorde con los nuevos tiempos de libertad de las mujeres que corrían en la España de la República, que se hizo amiga de Pilar Primo de Rivera, fue una de las fundadoras de la Sección Femenina y llegó al tercer peldaño de la organización muy pronto. Cuando triunfó Franco y llegaron al poder lo que hicieron ella y sus amigas fue prohibir a las mujeres españolas todo lo que a ellas las había hecho como eran.

-¿Por qué es tan fascinante?

-Tenía doble nacionalidad y doble militancia, era nazi en Alemania y franquista en España. Pero lejos de asumir el papel pasivo que parecía más propio de las mujeres en ese tiempo, fue muy activa, actuó como enlace entre el Gobierno de Burgos y el de Berlín en diversas ocasiones y luego, después de la II Guerra Mundial, montó una organización que, según algunos estudiosos, fue la más importante de las que hubo de evasión de nazis. Aunque su amiga Pilar Primo de Rivera decía que la obligación de la mujer era servir, ella asumió un montón de responsabilidades. A pesar de que se dedicaba a cobijar asesinos, en su figura hay algo admirable, porque fue una mujer abnegada que vivió entregada en cuerpo y alma a su causa, fue como la madre de hombres que no tenían nada y a los que daba ropa, buscaba un trabajo y proporcionaba otra identidad, esa fue su obra, vivía solo para eso.

-Tanto Clara Stauffer como Otto Skorzeny, que también aparece en la novela, representan una especie de fascinación por el mal.

-No era un criminal de guerra, pero sí un paradigma del nazismo. Era muy fanfarrón, simpático y generoso con sus amigos, muy contradictorio. Esta novela me enfrentaba a dilemas morales muy considerables. Skorzeny me vino muy bien porque creo que los malos para ser interesantes en la ficción tienen que tener luces, porque en la vida real todos tenemos luces y sombras. Con Skorzeny no tuve que esforzarme porque venía así de fábrica.

-Guillermo, uno de los héroes de la novela, también tiene sombras.

-Gana mucho dinero gracias a sus negocios con los nazis. Los buenos tienen que tener sombras. Tanto Guillermo como Manolo aceptan enormes riesgos por el tipo de cosas por las que se compromete la gente normal, por lealtad y por amistad. Acaban siendo héroes un poco a la fuerza.

-La red actuaba con total impunidad en la España franquista.

-Más que eso, tomó partido y se puso abiertamente de su parte. Más que tolerancia era ayuda activa. Hay un dato muy significativo, no es solo que los nazis que vivieron en España murieran en la cama, sino que algunos como Léon Degrelle o Skorzeny se hicieron millonarios.

-Rescata la figura del médico canadiense Norman Bethune.

-Ese es un héroe verdadero. Es un médico que viene a Madrid desde Canadá con un avance científico fundamental, la transfusión de sangre congelada. Un hombre enormemente comprometido y generoso, que vino a España por amor a la causa de los republicanos. Es inconcebible que nadie sepa quién es en España y no tenga una calle en Madrid. Lo mismo pasa con la rebelión de 1946 que contó en El fin de la esperanza Marc Saporta. Cuando lo leí no me lo podía creer, creer, cómo aquellos chicos tuvieron el delirio de tomar Madrid con la esperanza de que la declaración de la ONU de diciembre fuera concluyente y echara a Franco del poder. Pero no fue así, porque solo fue un coscorrón, le dijeron: «No te dejamos entrar en nuestro club, pero sigue haciendo lo que quieras en España».

-¿Estos dos casos demuestran que en España falta memoria?

- Significa que en España se ha consolidado una versión del pasado reciente que solo ha incluido lo que conviene a esa versión. Cuando empecé esta serie dije que era muy llamativo que los resistentes antifranquistas no existan en España. Hay países en los que la resistencia duró muy poco y hay placas recordando a quienes la protagonizaron en todos los edificios. Aquí hubo una resistencia que duró 37 años, sin faltar uno, y cuando llegó la democracia se instaló un relato que decía que en nuestro país había habido unos señores estupendos, unos padres de la patria que tomaron decisiones por el bien de todos, que dijeron: «No pensemos en el pasado sino en el presente».

-¿Cuáles fueron las consecuencias?

Así se olvidó a los que se habían jugado la vida durante 37 años. Los resistentes antifranquistas salieron del relato, nadie los conoce y les agradece lo que hicieron. Ya va siendo hora de que la democracia española se normalice. La diferencia de España con otros países es que es una anomalía después del 45 y los responsables no fueron tanto los franquistas como los aliados, porque aplicaron aquí el famoso axioma latino, de repente el enemigo de su enemigo se convierte en su amigo. Entonces, España se convierte en una excepción en Europa, lo grave es que seguimos siéndolo. Somos el único país de Europa que no tiene una política pública de memoria, la única democracia que llega después de una dictadura y no comienza con una declaración solemne repudiándola, que se funda sin referencias a su pasado. La democracia española se fundó en el aire, sin raíces, sin referentes.

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